Chocolate y golpes de Estado
A 84 años del golpe de Estado contra Yrigoyen, una buena parte del país ya sabe que no quiere una patria de prepo.
La ciudad de los feriados es casi una letanía de la quietud. En esas calles en reposo, es posible atravesar los barrios con la mirada mansa, mientras se deja fluir alguna evocación.
En eso andaba el taxista, unas siestas atrás, tirando de la punta del ovillo de un recuerdo de otro día patrio.
“Era un 9 de julio, creo que de 1977. Iba subiendo Alta Córdoba hacia la estación del ferrocarril Belgrano a buscar pasajeros. Eran como las 3 o 4 de la madrugada y estaba por llegar un tren. Hacía un frío bárbaro. De pronto, me encuentro con un retén del Ejército, que ya había parado a dos o tres taxis más. Me hicieron bajar y, a mí y a los otros taxistas, nos sirvieron una taza de chocolate bien caliente y un criollo. ‘¡Feliz Día de la Independencia! ¡Viva la Patria!’, gritó el oficial que estaba al mando, y hubo que gritar también”.
“Ahí nomás, nos dijo: ‘Bueno, vamos, vamos... Terminannndo’. Me salieron ampollas en la lengua, pero al chocolate había que tomarlo... y rápido”.
Los días y los años, muchos, fueron así: gente de las Fuerzas Armadas se pensaba en condiciones de enseñarnos a los demás a ser argentinos, a sentir la Patria.
El problema profundo no era un chocolate de prepo, sino que de prepo tomaban la conducción del país y nos llevaron tantas veces a la vereda contraria de lo que podía pretenderse como Patria tibia que nos abrigara a todos. En nombre de la Patria, ejercían la antipatria.
El sábado se cumplirá otro aniversario del golpe de Estado ejecutado el 6 de septiembre de 1930 contra el gobierno democrático y popular de Hipólito Yrigoyen.
Las armas siempre habían jugado un papel determinante en la lucha por el poder, pero aquella asonada se convirtió en un símbolo de la violación de la legitimidad política.
Después de décadas de fraude y manipulación, la razón democrática de ser del país se había autenticado con la Ley de Sufragio Universal por la que tanto había luchado aquel bravo y lejano radicalismo.
Entonces, la manera que encontraron los sectores desplazados del poder político (que, como siempre, conservaron el económico) fue lanzar a los uniformados a las calles como sus perros de presa.
Se trataba de “restaurar el país perdido”, como se dirá una y otra vez. Efectivamente, era el país que habían perdido los poderosos en manos de las mayorías (aún hay quienes entonan lamentos por aquella Argentina de hace un siglo, sólo próspera para un puñado).
Hubo fusilamientos, entonces, como los habría tras el golpe a Perón, un cuarto de siglo después, hasta llegar a la tenebrosa voluntad de genocidio de la última dictadura.
¿Tanta intoxicación ideológica y mesianismo les habrá dejado ver alguna vez a los represores de entonces que fungieron como los instrumentos para hacer del país un botín al que le echó manos gente a la que poco le importaba y le importa la Patria de todos?
También, corresponde plantearlo, cierto mesianismo de izquierda terminó siendo funcional a los intereses de esas élites. Así como que, quizá por estar presente en todo el país, es decir, en contacto con la realidad profunda, de las fuerzas armadas es el Ejército que a veces acompañó a movimientos populares, como el intento revolucionario del radicalismo de 1905, o el golpe de 1943 que derivó en la gestación del peronismo.
Al cabo de 84 años del golpe de 1930 y a 31 de la última retirada militar, una buena parte del país ya sabe que, de prepo, no quiere una Patria; ni siquiera un chocolate caliente en un feriado patrio.

