Cartas
Reflexiones de la escritoria Eugenia Almeida. Más información en Días Contados.
Coincidencias
Es extraño cómo el mundo a veces parece funcionar respondiendo a nuestras inquietudes. Como si hubiera un enlace sutil entre lo que uno piensa y lo que nos llega.
Hace unas semanas, entrevisté a un grupo de profesionales que coordina un taller de escritura de cartas en la cárcel. Una vez por semana, las mujeres que quieren participar se reúnen para compartir ese espacio. Leen, conversan, escriben.
Pensaba en ellas, en cómo van marcando el papel para decir lo que sienten, lo que desean, lo que necesitan, lo que las agobia.
Pensaba en cómo será escribir una carta sabiendo que es imposible moverse, cambiar de lugar, desplazarse.
Pensaba que allí, en la cárcel, una carta evidencia lo que es: la convicción de que hay alguien del otro lado. Un conocido; un desconocido.
La carta es un gesto de confianza; la confianza en que alguien será su destinatario y recorrerá con los ojos lo que hemos escrito.
Un río de palabras
Mientras preparaba la nota sobre la cárcel, me llegó un e-mail . Hernán Ronsino, novelista al que aprecio y admiro, me proponía desde, su rol de editor, una escritura a cuatro manos con la colega Inés Garland.
La idea era escribirnos cartas tomando al río como eje, ya fuera como referencia real o como metáfora. Un intercambio epistolar para ser publicado en la
Revista Carapachay
. Aguas, ríos, barcos; todo eso jugando en la matriz de la escritura.
Inés y yo no éramos las primeras. Ya habían aceptado esa invitación Carlos María Domínguez y Juan Duizeide; Iosi Havilio y Carmen Cáceres; Christian Kupchik y Camilo Sánchez. Escribir. Crear un diálogo. Hablar del río y del oficio.
Lo que más me gustó de la invitación fue que Ronsino no dijo “intercambio de e-mails ”. Usó la palabra “cartas”. Y ocurrió algo extraño: aunque tanto Inés como yo entendimos que el intercambio iba a ser vía internet, cuando recibí el primer e-mail , lo imprimí y me tomé unos días para contestar.
Andaba con esas dos hojas en mi mochila. A veces las sacaba, leía algunas líneas. Estuve una larga semana pensando en Inés, sin conocerla, sin haber tenido con ella más contacto que esa carta que yo iba respondiendo en silencio, esperando el momento de poder sentarme a escribir.
Y unos días después (unos 10 días después) llegaron dos e-mails casi juntos: tanto Inés como Ronsino me preguntaban si había recibido la carta que abría el juego a nuestro intercambio.
Respondí de inmediato. Pedí perdón. Expliqué lo que me había pasado: el formato carta estaba tan internalizado en mí que no se me ocurrió avisar que la había recibido, como hago automáticamente con cualquier e-mail . Me porté, sin querer, como si hubiera recibido, realmente, una carta en papel enviada por el correo.
Y eso me hizo reflexionar sobre las diferencias entre las cartas y los e-mails .
La inútil urgencia
Los e-mails parecen tener un carácter de urgencia que, de no respetarlo, puede convertirnos en parias. A veces uno tiene la sensación de ser alguien importante: un neurocirujano, por ejemplo. Un neurocirujano que está de guardia en una noche en la que toda la población tiene algún accidente cerebro vascular. Porque, si no, ¿cómo se explica esa urgencia desenfrenada? Esa exigencia inhumana de hiperconexión. Como si alguien fuera a desfallecer del otro lado o a perder su existencia si uno no responde de inmediato.
Personas (desconocidas) que se ofenden porque uno no contesta un e-mail el mismo día que lo recibe. Gente que no admite la existencia de zonas sin buena conexión a internet (por ejemplo, mi barrio). Detectives vocacionales que van chequeando la vida (ajena) online para luego poder decir: “No podés no haber visto mi e-mail porque vi que hay un nuevo post en tu blog”. Delicias del espionaje chiquitero.
Absolutamente inútil explicar que una vez al mes programo todos los posts del blog. Inútil e irrelevante. ¿No es peligrosamente fascista una sociedad que desconfía de las personas que no estamos 24 horas online ?
Hay algo en las nuevas plataformas de comunicación que parece reclamar urgencia. La falta de respuesta inmediata se interpreta (sobreinterpreta) inmediatamente sin ninguna consideración de un contexto que se desconoce (estoy durmiendo, me estoy bañando, estoy dando clases, estoy manejando, estoy en un hermoso oasis donde no llega la hiperconexión).
Una carta no es un e-mail . No se parecen en nada. Una es un río. El otro, un remolino en el río.
El tiempo detenido
Las cartas se relacionan con la paciencia. Y con la extensión del deseo. Un deseo que siempre reclama espacio para crecer: Si no hay espacio, no hay deseo; no hay tiempo para que se despliegue.
Las cartas implican recibirlas y esperar. Leerlas. Releerlas. Llevarlas con uno. Vivir un lapso en el que uno está solo y está con el otro. Un tiempo que funciona con engranajes de presencias en ausencia.
En su primera carta, Inés Garland me hablaba del río, siempre nodal en su vida. Yo, que soy más bien de la piedra, de la montaña, del viento, me puse a pensar en momentos en los que el río hubiera sido el eje de los días. Y una sola palabra me vino a la boca. “Paraná”.
Y entonces, la carta de Inés me trajo recuerdos: una semana a orillas del Paraná, aprendiendo a pescar “armados chanchos”, devolviendo al agua los doraditos, esquivándole los dientes a las palometas, moviéndome al compás del bote, dejándome estar en una cadencia que aún hoy me serena.
El Paraná y mis 8 años. El olor de los pescados en las redes. La piel curtida de mi tío Héctor recogiendo la línea. La mezcla hecha en casa para espantar los mosquitos. La radio sonando en la oscuridad de un farol. El ruido, ese hermoso ruido del río moviéndose en la noche como una serpiente en el monte.
Papeles del pasado
Y le contaba a Inés en mi respuesta que ese mismo tío –Héctor, el primo de mi madre– me escribió muchos años después para decirme que tenía un puñado de cartas para darme. Que cuando eran adolescentes, él y mi madre se habían escrito y que él había guardado esos papeles. Y que, tanto tiempo después, creía que yo iba a querer leerlos para recuperar algo de mi madre, que había muerto cuando yo todavía estaba en la escuela. Y dije que sí y él las envió y recuerdo perfectamente del día en que el cartero, hace más de 10 años, se acercó a la tranquera para entregarme un sobre enorme de papel madera.
Y sentí un cierto pudor al leer esas cartas. Pero al mismo tiempo fue descubrir cómo era la mujer que había sido mi madre. Leer eso y reconsiderar todas las versiones que hacemos sobre los demás, creyendo que los conocemos, creyendo que sabemos sus razones y sus motivos.
No sabemos nada de los otros. Nunca. Nada. Apenas, con suerte, con mucho esfuerzo, sabemos algo de nosotros mismos. Y no siempre.
Tramas
Decía que es extraño cómo el mundo a veces parece funcionar respondiendo a nuestras inquietudes. Cómo fueron llegando en estos días cosas relacionadas con las cartas. De qué modo un trabajo te lleva justo al lugar donde empezás a preguntarte si realmente sos lo que crees ser o si es sólo un espejismo.
Y cuando estás en esa incertidumbre, esa búsqueda, llega la segunda carta de Inés y, en el último párrafo, una frase brilla. Garland se pregunta: “¿Qué importancia tiene quién soy yo?”. Y me regala esa pregunta.
Me siento a escribir otra nota, para el diario. Empiezo una vez, empiezo otra vez, no hay nada que fluya. Hasta que anoto, en un papel, el título: “Cartas”.

