Buenas noticias para John Lennon
¿Qué hacía John Lennon, un inglés, en el corazón de un adolescente de un lejano rincón del sur sometido a una dictadura? Alejandro Mareco.
Volvía de la escuela con mi guardapolvo casi blanco, apenas blanco. Había terminado de rendir y aprobar una materia de quinto año que no recuerdo y en mi casa se almorzaba a las 12 y cuarto: ¡hum, qué bueno!, después dormiría una de esas siestas incomparables que vienen con la sensación del deber hecho y de la conciencia tranquila (que siempre no es otra cosa que una sensación, pues depende de qué entendemos por deber y por conciencia). Pero no, no era un buen día; más bien era un día horrible: habían asesinado a John Lennon. Para llorar, uno no tenía nada más a mano que un tocadiscos color naranja y el Álbum Blanco de Los Beatles, y una larga siesta por delante para preguntarse y preguntarse qué era esto llamado mundo. Uno ya se había preguntado qué era esto llamado patria, en la que se asesinaba, se saqueaba, se mentía con desparpajo oficial y extraoficial. Y si uno, con 17 años, andaba por la calle, no sólo se encontraba con que la gente disimulaba sino que había quienes, también, instigaban. “Dime con quien andas y te diré quién eres”, podría decirle a uno alguna autoridad de su escuela, con la misma entonación de “algo habrán hecho”. Y uno andaba con John Lennon (y con Lito Nebbia, Charly García, “el Flaco” Spinetta...). Era 1980 en Bell Ville y uno llevaba su corazón empapado de dolor del espanto del que sólo participábamos unos pocos, mientras el resto hacía como que bailaba en el Titanic. Pero Los Beatles seguían cantando; como que nunca dejarían de hacerlo. Y lo que cantaban era una hazaña, no sólo por la calidad con que lo hacían, sino porque fueron un paréntesis en la era de la boludez (no se puede decir lo mismo, por ejemplo, de los Rolling Stones, que 60 años después siguen creyendo que el rock es sólo una manera de recaudar dinero, concepto –el rock star – que le dejaron como herencia a la inmensa mayoría de las bandas que siguieron, tal vez porque ninguna tuvo el suficiente talento como para atreverse a pensar que con la música se podía cambiar el mundo). A pesar del exitoso examen, como siempre en mis regresos, llegué con tres heridas: la de la muerte, la de la vida, la del amor. Pero la noticia de que una puta bala había acabado con John me tumbó en la siesta sin almorzar. ¿Qué hacía John Lennon, un inglés, en el corazón de un adolescente de un lejano rincón del sur sometido a una dictadura? John nació una noche en la que los alemanes bombardeaban Inglaterra. Fue hijo de la generación de la guerra más cruenta de la historia. Es simple entender por qué creció soñando con la paz y por qué alguna vez convocó a imaginar un mundo sin fronteras. Se enamoró hasta la guerra (cultural) de una japonesa, cuando no era bueno ver a blancos reunirse con amarillos. Y hasta dejó por unos años el negocio de la música (ni grabar ni actuar) cuando nació el hijo que tuvo con la maravillosa (subrayado) Yoko Ono. En los ’90, había quienes señalaban simplemente a John como un tonto, un soñador extinguido; claro, era una época que pretendía extinguir los sueños y los soñadores. Pero hay buenas noticias para John: seguimos soñando, y sobre todo aquí, en un lugar del sur del mundo que nunca conociste.

