Borges, del populismo al antiperonismo
Las relaciones de los escritores con la política han sido en todas las épocas, y especialmente en el siglo 20, muy complejas; jamás fueron lineales ni pacificadas por coyunturas menos conflictivas. Antonio Oviedo.
Estas reflexiones surgen a partir de la nota de Pablo Anadón, publicada el domingo 10 de marzo en esta sección. Según su título, glosa "una vieja página de Borges" (aparecida el 10 de mayo de 1971 en el diario La Razón ) en la cual el gran escritor argentino reivindica una vez más su recalcitrante antiperonismo. Dirige sus ironías, ora despiadadas, ora insolentes, a Perón, a su condición de "nuevo rico", al autoritarismo del peronismo, a "su aire de familia con el fascismo italiano", a la corrupción moral y económica, a la censura o al velorio de Eva Perón, usado por su esposo "para fines publicitarios".Es cierto: Borges mantuvo a rajatablas un rechazo visceral que perdura incólume desde 1946, cuando es designado inspector de aves y corrales por "algún peronista borgeano –afirma socarronamente Ricardo Piglia– que habría leído 'El arte de injuriar'". Lazos conflictivos. Las relaciones de los escritores con la política han sido en todas las épocas, y especialmente en el siglo 20, muy complejas; jamás fueron lineales ni pacificadas por coyunturas menos conflictivas. Si se pudiera hablar –en el marco de la literatura argentina– de una escena, por así llamarla, inaugural respecto de tales relaciones, esa sería la que, descripta por David Viñas, transcurre hacia 1897 en la sala de Redacción del diario La Nación , cuando Mariano de Vedia le presenta al general Roca, visitante ocasional, a un Leopoldo Lugones de 23 años, cuyas ideas anarquistas apuntaban a hacer saltar en mil pedazos el orden social y no eran ni por asomo las del jefe indiscutido de la oligarquía. Pero en ese intercambio de frases cortas, de gestos afables, incluso de un mutuo y tácito reconocimiento ("entre el viejo jefe y el joven genio", aclara Viñas), se dibuja con trazos todavía muy débiles, aunque elocuentes, una futura confluencia muy problemática, repleta de incongruencias, malentendidos y rupturas, de la literatura y la política, que Lugones encarnará hasta su suicidio en 1938 y que luego Borges prolongará con sus propias oscilaciones.Hay, en Borges, más de Lugones de lo que el propio Borges supo alguna vez aceptar. Subyace una suerte de malestar difuso o, por qué no, una mezcla de distancia y proximidad que no osa decir su nombre y que parece nutrirse de ambigüedades y desvíos. En síntesis, es un desacuerdo consigo mismo que no termina de resolverse o de entregar sus facetas más íntimas. Esta dualidad, siempre en el caso de Borges, se manifestó con sentidos opuestos en función de momentos diferentes de su biografía. Fidelidades opuestas. En la década de 1920, Borges proclama su admiración hacia Rosas y critica, sin contemplaciones, a Sarmiento, amén de haber escrito en 1918 un poema donde exaltaba la Revolución Rusa; pero, además, existe una clara afinidad con el yrigoyenismo por razones familiares (sin dejar por eso de ser políticas) y por la atracción que la barbarie, lo primitivo, el coraje, el desprecio hacia las normas, en fin, "la chusma de las orillas" (que votaba a Yrigoyen), ejercieron sobre Borges y que fue entrando a sus libros hasta moldear la economía y la densidad de un tono que es inconfundiblemente el de su escritura. Si bien Borges, en su prólogo de 1934 a Paso de los Libres (donde Arturo Jauretche evoca la sublevación radical de 1933 en Corrientes), ensalza un nuevo logro de la gran tradición gauchesca (lejos del empalagoso Don Segundo Sombra ), a posteriori se insinúa un lento repliegue que, tras su negativa a integrar Forja, desemboca en dos años clave: 1946, con el episodio de su designación, y 1947, con un texto escrito junto a Adolfo Bioy Casares: La fiesta del monstruo , un verdadero hito del ya inocultable antiperonismo borgeano. Recreado a través de una escritura cuya contundencia retórica no ha sido igualada en la literatura argentina, el grotesco envuelve y deja como en un segundo plano, aunque sin expulsarlo, a su "contenido" político. Piglia, quien ha elaborado quizá una de las lecturas más originales e inteligentes sobre Borges, lo califica de "texto límite", que une El matadero , de Echeverría, y La refalosa , de Hilario Ascasubi. Sus páginas, agrega, despliegan "la fiesta atroz de la barbarie popular contada por los bárbaros". Una zona de la cultura que en absoluto fue ajena a Borges, al contrario, le atañe a una parte importantísima de su obra; esta, sin embargo, forjó otros cauces que abandonaron los anteriores para darle preeminencia a una visión que se expresa en otras dos fechas consecutivas. 1963: afiliación al Partido Conservador, el que, 10 años después, acaso porque "a la realidad, como diría el propio Borges, le gustan las simetrías", participaría en la fórmula del peronismo... Y 1964: publicación del magnífico Poema conjetural , que enuncia el monólogo de Laprida antes de ser asesinado "por los montoneros de Aldao" (como reza el epígrafe) y cuya quinta línea ("Vencen los bárbaros, los gauchos vencen") cierra, con el mismo verbo al comienzo y al final, la aventura del Borges populista. Claroscuros. Esta petite histoire busca –y encuentra– su justificación mediante el aporte de elementos y antecedentes que no dejen a Borges clausurado en un recorte temporal, del cual sólo pueden extraerse interpretaciones unilaterales o despojadas de los matices que arroja una experiencia de innumerables direcciones, en la que la literatura, la historia y la política se han anudado con un dinamismo y una intensidad que disuelven o trastocan con frecuencia sus respectivos límites. La nota de Pablo Anadón descansa en una simplificación: el antiperonismo testarudo de Borges que, así presentado, es un estereotipo hueco, y levantarlo como tal suena extemporáneo, si no se examinan los vaivenes que atravesaron sus múltiples interrelaciones. Esta vieja página de 1971, señala Anadón, es un episodio de la vida política de Borges.En rigor, la vida política de Borges es un desprendimiento de su vida literaria; esta última es la que da cabida a sus geniales libros y a sus claroscuros políticos.
*Escritor, director de la Biblioteca Córdoba

