Arkhipov y la suerte de la Argentina
El 2 de julio de 2004, el diario español El País publicó unas reflexiones de Emilio Lamo de Espinosa tituladas “El marino Arkhipov y la suerte del mundo”. Carlos Sánchez.
El 2 de julio de 2004, el diario español El País publicó unas reflexiones de Emilio Lamo de Espinosa tituladas "El marino Arkhipov y la suerte del mundo". La historia, de manera muy resumida, es la siguiente: en plena crisis de los misiles de Cuba, el 27 de octubre de 1962, ocurrió un grave incidente entre un destructor de la Marina de Estados Unidos, que junto a otras fuerzas cumplía con la misión asignada por el presidente John Kennedy de hacer efectivo el bloqueo comercial a la isla, y un submarino soviético, hecho que estuvo a punto de generar una conflagración nuclear que habría llevado al Hemisferio Norte a desaparecer del mapa. Ese día, el Estado Mayor de Estados Unidos había ordenado la invasión a Cuba. Se contaba con 2.952 dispositivos nucleares. Pero, en la mañana de esa jornada, hubo un encuentro entre un convoy de cargueros soviéticos, presumiblemente cargados con misiles y escoltados por submarinos B-59. Uno de los destructores norteamericanos dio el alto a uno de esos cargueros y su escolta, lo cual llevó a que el submarino lanzara un disruptor de sonar.El capitán del destructor creyó que era un torpedo, por lo que ordenó lanzar cargas de profundidad.El submarino, al igual que los otros dos que lo acompañaban, estaba a su vez provisto de torpedos con cabeza nuclear. Los tres contaban con la opción dada por Nikita Khrushchev de usarlos sin pedir nuevamente permiso. Y parecía haber llegado el momento de hacer uso de esa opción, puesto que las cargas explotaron junto al casco. El caos reinaba en el submarino. Llevaban 17 horas sumergidos, faltaba el aire, los marineros se desmayaban y los oficiales gritaban al capitán que lanzara los torpedos. Para ello, la reglamentación soviética exigía que los tres principales oficiales de la nave dieran su visto bueno. El capitán apoyó la decisión de lanzarlos, al igual que el segundo oficial, pero el tercero, el comandante adjunto Vasili Arkhipov, votó en contra y logró calmar al capitán.Las cargas de profundidad cesaron debido a una orden de Washington y el submarino salió a la superficie. Al día siguiente, Khrushchev retiraba los misiles de Cuba a cambio de la retirada de los norteamericanos emplazados en Turquía.El marino Arkhipov, zarandeado por cargas de profundidad en aguas del mar Caribe y sometido a toda clase de presiones, tuvo la serenidad y la valentía suficientes para tomar la decisión correcta y así salvar a buena parte de la humanidad, o quizá a toda. ¿Y la Argentina? El ciudadano argentino también se ve hoy en buena medida zarandeado por incertidumbre, intranquilidad, falta de información o información incorrecta, inseguridad, pobreza, conflictos de todo tipo, antinomias permanentes. Éstas son las cargas de profundidad que –lanzadas por estructuras, leyes, mercados, poderes, fuerzas en general– parecen no dejar salida a las "personas comunes". La suerte parece no depender de esas personas. Sin embargo, sería un error llegar a esta conclusión. Una lección que nos deja la historia contada es que la suerte de la Argentina, así como lo fue la de la humanidad en circunstancias más graves, depende de personas comunes, en definitiva, ejecutoras de la gran historia. Es preciso que se sobrepongan a las incertidumbres y temores y actúen con la decisión del marino ruso.Otra lección, tan importante como la anterior: como requisito indispensable, las personas comunes deben disponer de la mayor información correcta posible. De ésta, son responsables la educación y los medios de comunicación social.

