Temas del día:

Argentina en el espejo

El peronismo, cuyos gobiernos pueden ser de izquierda o derecha, pero jamás insípidos e incoloros, divide a quienes se identifican con el concepto “progresista”. Claudio Fantini.

02 de enero de 2011 a las 12:01 a. m.
Claudio Fantini*
Argentina en el espejo

Italia suele ser un espejo de la Argentina. Hasta las imágenes de quienes implican el reverso en materia política, también tienen los mismos rasgos, señales y muecas. Ejemplo: dos corrientes de la izquierda argentina se ven reflejadas en dos vertientes conservadoras del catolicismo italiano.

El gobierno de Silvio Berlusconi sobrevivió vergonzosamente a un voto de censura comprando a tránsfugas y traidores. A pesar de haber ganado la votación parlamentaria, quedó al borde de la agonía. Entonces, el Vaticano se lanzó a su rescate, invocando “valores no negociables”.

Los liberales de Gianfranco Fini, los legalistas de Antonio di Pietro y la centroizquierda de Walter Veltroni y Francesco Rutelli quisieron poner fin a la gestión de Berlusconi debido al mal gobierno y a su oscura alianza con el déspota libio Muammar Khadafy, sus turbios negocios con el autócrata ruso Vladimir Putin, sus juegos sucios para eludir el control de la Justicia, la truculencia con la que controla el Parlamento y su vida frívola plagada de escándalos y noches prostibularias.

Pero para la cúpula eclesiástica, todo eso es secundario. Lo central, eso que constituye la esencia y no debe mezclarse con lo periférico, es que Berlusconi defiende “los valores no negociables” que sostiene el clero. Para el papa Joseph Ratzinger y para el cardenal Tarcisio Bertone, ni liberales ni socialdemócratas tienen posiciones claras contra el aborto, la eutanasia, los métodos anticonceptivos y otros ítems sobre lo que ambos jerarcas consideran “valores no negociables”.

Cuando en nombre de esas cuestiones “trascendentes” para la historia la Iglesia reclama a los 35 legisladores democristianos liderados por Pier Ferdinando Casini que apoyen a Berlusconi, muchos se resisten a pesar de estar en la misma trinchera de “Il cavaliere” en esas “batallas claves de esta etapa de la historia”.

Para muchas agrupaciones católicas, es incoherente respaldar a quien compra apoyos legislativos con sobornos, prebendas y favores, además de estar manchado de corrupción pública y privada y de exhibir una ética personal de muy baja intensidad.

¿Quién es coherente y quién no lo es? ¿La cúpula vaticana, que juzga como cuestiones menores la arbitrariedad, la corrupción, el juego sucio y la inmoralidad de Berlusconi, en nombre de un acierto superior; o los democristianos, que ven en ese apoyo una incoherencia provocada por el desvarío ideológico?

Reflejos locales. De este lado del espejo, el peronismo, cuyos gobiernos pueden ser de izquierda o derecha, pero jamás insípidos e incoloros, divide a sectores que se identifican con el concepto "progresista".

Los que siguen al Partido Socialista de Hermes Binner y a Proyecto Sur de Pino Solanas, entre otros, y adhieren a muchas políticas del Gobierno y a la orientación general de la economía, consideran que casos como el de Ricardo Jaime y tantas obras públicas con concesionario fijo y puesto desde el despacho de Julio De Vido prueban que, obviamente, existe “un robo para la corona”.

Cuestionan también los turbios vínculos con multinacionales de la minería más controvertida y con el zar del juego Cristóbal López, además de un liderazgo personalista, agresivo y arbitrario hasta el autoritarismo. Y priorizan la realidad de la pobreza que genera la inflación, al diluir el efecto distributivo del crecimiento, por sobre el relato oficialista y su descripción de una Argentina improbable.

A este progresismo situado en la oposición, el progresismo oficialista lo acusa de ser funcional a “la derecha” o ser, lisa y llanamente, “la derecha”. A su vez, el ala izquierdista del oficialismo alterna entre dos posiciones respecto al lado oscuro del Gobierno. Por un lado, aduce que la historia prueba que a todos los liderazgos populares se los acusó de corrupción para destruir sus proyectos libertarios, y también justifica las arbitrariedades y el personalismo autoritario por entender que están al servicio de una causa superior.

Por otro lado, se aferra a esa causa superior para señalar que todo lo demás no son más que contradicciones inevitables. La corrupción, por caso, pasa a ser un rasgo constitutivo de la política y, como tal, un dato menor que no debe apartar la mirada de lo principal. Desatender lo central por desviarse en lo periférico, es el típico error de la izquierda “pequeña burguesa”, que sirve a los intereses del gran capital, archienemigo del campo popular.

Todos los sectores que en la Argentina se identifican con el concepto “progresista” apoyan la política de derechos humanos y coinciden en priorizar inclusión y distribución. Pero el progresismo opositor, igual que los democristianos que aborrecen a Berlusconi, no aceptan la teoría ideológica de lo central y lo periférico, considerándola una artimaña propagandística para minimizar corrupciones y arbitrariedades, mientras que a la hora de juzgar inclusión y distribución, priorizan la realidad por sobre el discurso y el cliché.

En cambio, los oficialistas justifican dejar de lado la parte oscura del Gobierno en virtud de esa causa superior, resaltada con la misma convicción con que, en el reverso del espejo, el Vaticano defiende a un millonario de poca moral en nombre de los “valores no negociables”.

*Director del Departamento de Ciencia Política de la UES 21