Aquel oscuro objeto del despojo
Generaciones de argentinos habíamos dibujado las Islas en el cuaderno y preguntado a la maestra cómo era posible un mundo tan injusto. Alejandro Mareco.
Éramos el país más “blanco” de Sudamérica, según el jactancioso decir del ministro del Interior de la dictadura, Albano Harguindeguy, uno de los miembros destacados de aquel elenco de asesinos. Así pensaban y sentían muchos argentinos –y muchos aún lo hacen–, sobre todo los que vivían cerca de las orillas del gran puerto, donde abundan quienes se consideran un eslabón perdido de Europa, incluso desde mucho antes de la oleada inmigratoria. Hasta que hubo un día, en un barquinazo de la historia, en el que quedamos en guerra con poderosos del Occidente cuyos valores capitalistas y cristianos el gobierno militar decía defender. Y mientras el mundo blanco nos daba la espalda, el apoyo, aunque fuesen sólo gestos, comenzó a aparecer en la América morena. En el otoño de 1982, cuando la guerra contra la vieja potencia colonial y su aliado removió lo profundo, resurgió el valor de los lazos históricos y culturales entre los pueblos latinoamericanos. Pero mientras hundían al Belgrano y los colimbas les ponían el pecho a las balas, el ministro de Economía (Roberto Alemann) salía a socorrer bancos ingleses y a sostener a rajatabla las fórmulas neoliberales que se estaban cayendo a pedazos y asfixiando la vida de la gente trabajadora. Así pasó que, dos días antes del desembarco en las Islas, una gran huelga y manifestación obrera puso en evidencia la devastación social provocada por la dictadura. La derrota no podía significar más que el final de un régimen que, convengamos, tenía planes de grandeza: más allá de la batalla contra las organizaciones armadas insurrectas, que cuando asumieron los militares estaba casi definida, debían silenciar y, desde ya aniquilar, cualquier otra voz y hacer que el pueblo y sociedad se sumara, estupefacto, a la tarea con el respaldo de lo que en su momento alguien llamó “la prensa canalla”. Claro, otra de las grandes batallas era ganar el Mundial ’78 de la mano de César Menotti (pieza clave para la dictadura). El día en que nos rendimos, perdimos mucho más que las Islas. La dictadura comenzó a batirse en retirada, sí, pero algo en la esencia del pueblo quedó de rodillas, aun cuando la democracia trajo vientos de primavera. No sólo quedó lastimado el amor propio, sino que el aluvión de revelaciones y la desmalvinización que siguieron (muchos estaban interesados en volver a acomodar al país al lado de quienes acabábamos de combatir) hicieron que un manto de vergüenza ocultara la legitimidad de los intensos sentimientos vividos. Es que generaciones de argentinos habíamos dibujado las Islas en el cuaderno y preguntado a la maestra cómo era posible un mundo tan injusto, regido por la prepotencia y la sinrazón. Ese mundo lo teníamos con nosotros allí al final del sur; es decir, el sitio en el planeta donde nos ha tocado ser un pueblo. Somos la gente del sur. Estos 30 años que han pasado nos encuentran en otra situación. Este es un país que ha recuperado buena parte de su autoestima, y no lo hace solo, sino en el seno de una América latina consustanciada con las luchas de cada pueblo. Si queremos concentrar un poco el panorama, digamos que pertenecemos a una Sudamérica que avanza en cuanto a la conciencia sobre su lugar en el mundo y, como corresponde a los compañeros de ruta histórica, se hace parte de nuestro desvelo. Esta Argentina, y esta América latina, ya no son ese oscuro objeto del despojo. En el siglo 21, somos capaces de hacer una historia nueva.

