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Aquel luminoso mediodía en el parque

Megacausa. El gran juicio no sólo conmovió el fuego de la historia reciente sobre la que estamos parados y que aún echa sus ardores en el presente; también lanzó una flecha hacia el porvenir. 

20 de agosto de 2017 a las 12:01 a. m.
Aquel luminoso mediodía en el parque

El jueves 25 de agosto amaneció con vocación de metáfora. El sol se desplegaba esplendoroso sobre el cielo del parque Sarmiento, en la ciudad de Córdoba, como si hubiera llegado el día final de un largo, frío y oscuro invierno.

Sí, había llegado la hora luminosa para una memoria doliente y despierta que arrastraba las sombras de uno de los más retorcidos espantos de la historia de vivir y morir en Argentina.

Ese día, los atroces crímenes cometidos en La Perla y en otros centros clandestinos de detención de Córdoba, que ofenderán por siempre la memoria de la humanidad, alcanzaron por fin un poco de la redención de la Justicia, al cabo de 40 años de impunidad.

Como atraídos por la luz, los racimos de multitud (unas 10 
mil personas) pusieron sus co­razones a latir hacia el edificio de la Justicia federal. Se mezclaban sobrevivientes del espanto, corazones atravesados por el viejo dolor que nunca ha dejado de doler y nuevas generaciones que fueron a saludar que la porfía de la memoria y la verdad alcanzara la consecuencia de la Justicia.

Justo en lo alto del mediodía, el presidente del Tribunal, Jaime Díaz Gavier, levantó la mirada, buscó los ojos de Luciano Menéndez y anunció una nueva condena perpetua en la colección del hombre que tuvo en sus manos la vida y la muerte de miles de cordobeses. Hasta la sala llegó el eco del estallido en el parque.

De las 35 condenas perpetuas que solicitaron los fiscales, 28 fueron rubricadas por el tribunal. Es una cantidad impactante y describe que Córdoba fue uno de los territorios más asolados por aquella legión de lobos que secuestró, torturó, asesinó e hizo desaparecer.

El veredicto no sólo vino a cas­tigar a los culpables, sino tam­bién a darles el amparo de la verdad a las víctimas. Eso es algo que sólo la Justicia puede hacer, a través de un juicio con respeto a las garantías de la ley.

La claridad del concepto de terrorismo de Estado sobre el que se asentó el fallo es el escudo con el que debe defenderse esta sociedad y todas las sociedades del mundo frente a la posibilidad de que una experiencia tan extrema y tan arrasadora de la condición humana pudiera repetirse.

Ha pasado casi un año de aquel luminoso mediodía (se cumplirá el viernes). El gran juicio no sólo conmovió el fuego de la historia reciente sobre la que estamos parados y que aún echa sus ardores en el presente; también lanzó una flecha hacia el porvenir, hacia la construcción de la patria que vendrá.