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Crónica. Años de bohemia y utopías

Una viaje en el tiempo para contemplar algunas escenas de la vida bohemia cordobesa de la década de 1970.

17 de octubre de 2025 a las 11:01 p. m.
Eduardo Montibello
Años de bohemia y utopías
Días Contados. Ilustración de Juan Delfini.

Todos en el bar sabíamos que, cuando queríamos conseguir un buen precio por un libro, teníamos que ir a la librería de don Samuel, que era el que mejor pagaba los libros usados.

Don Samuel estaba acostumbrado a tratar con escritores, poetas, filósofos y todo tipo de bohemios, quienes, cuando no les alcanzaba el dinero ni para tomar un café o cuando tenían que salir con una chica o preparaban una francachela, le llevaban libros y, en ocasiones, hacía buenos negocios con una primera edición o uno raro.

Una mañana estaba en el bar conversando con mi amigo Luciano cuando llegó Lencinas, un flaco que escribía cuentos. Había publicado un libro costeado por él mismo en una pequeña editorial, pero no había vendido nada y comenzó a charlar sobre su estilo.

Él decía que era realista o naturalista, que le gustaban los temas cotidianos y citaba una frase que repetía con bastante frecuencia últimamente, de la chica que le había corregido el texto: que no hay nada más potente que la realidad.

Después mi amigo Luciano le dijo que había leído una crítica que consideraba el mejor género el de terror; entonces yo le dije una cosa que había leído: la diferencia entre terror y horror. El terror da miedo, asusta; y el horror primero asusta y después asombra. Son matices, le dije.

Un rato más tarde, Lencinas nos dijo que iba a venderle a don Samuel un ejemplar de La vida breve de Juan Carlos Onetti en la hermosa edición de tapas verdes editada por Sudamericana en 1968. Esa edición me gustaba especialmente por la ilustración de la tapa, un hombre que daba la impresión de la soledad, la tristeza, la desesperanza de la gente en la gran ciudad.

Medio lobo estepario

Nos dijo que tenía que salir con una chica que había conocido en una charla sobre Roberto Arlt en la Facultad de Filosofía y Humanidades, que habían tomado unos vinos en un bolichón, que charlaron mucho, que él se había emborrachado, que le había hablado de Herman Hesse y que la chica le había dicho que ella era medio lobo estepario y que creía que se iban a llevar bien.

A la tarde lo encontré y me contó que le había vendido el libro a don Samuel, pero que había conseguido un laburito, un reparto de guías de la ciudad que hacía una editorial y de los tomos donde se publicaba la lista de gente que estaba atrasada en los pagos de las cuotas.

Tenía que llevárselos a los comerciantes para que no ofrecieran créditos a personas que estuvieran atrasadas en los pagos. No le había llevado mucho tiempo porque había tirado todos en los cestos de basura. Con lo que ganó volvió a la librería y compró de nuevo La vida breve que había vendido a la mañana. El viejo librero se había enojado y le dijo que, la próxima vez que le hiciera eso, se lo cobraría al triple.

La suerte de 5 mil pesos

Otro día me contaron que Emilio, el Moro, como le decíamos a un filósofo habitué del bar, le había vendido a don Samuel por cinco mil pesos un ejemplar muy valioso del gran filósofo Francis Bacon, editado en el siglo XVII, y que el mismo día don Samuel lo vendió a un comprador de Buenos Aires por 75 mil.

Emilio era un filósofo reconocido que trabajaba en un puesto en la repartición pública. Vivía en la casa de unas tías donde tenía parte de una biblioteca de unos 10 mil volúmenes, y de vez en cuando vendía algún ejemplar valioso.

Había escrito varios libros, pero no conseguía un puesto en la universidad por su vida disipada. Participaba con nosotros de borracheras, charlas e infinitas conversaciones.

Recuerdo una noche de pleno invierno que salimos del Nuevo Japón, el tugurio que acostumbrábamos a ir más que nada por esnobismo, y en medio de la avenida Colón se sacó los zapatos y las medias, apoyó los pies en el frío asfalto y decía que había algo que le molestaba mientras gritaba mirando hacia los edificios ¡Viva don Luis de Góngora y Argote, a usted le rompí el ocote.

Emilio era muy distraído y permanentemente se olvidaba cosas, y el día que vendió el Bacon tuvo una distracción increíble. Cuando salió de la librería se dirigió a la parada del ómnibus porque tenía que ir a la casa de un amigo.

Era la época en que se pagaban los pasajes con dinero. Subió al colectivo, entregó el billete de cinco mil pesos al chofer y no esperó el vuelto. Se bajó del ómnibus, fue a la casa del amigo pero, cuando quiso regresar, no tenía el dinero y tuvo que volver caminando.

Cosas de filósofos

El tiempo pasó y no sé cómo sucedió pero consiguió un puesto en un importante instituto de Madrid y fue reconocido a tal punto que fue nombrado vicepresidente del Ateneo Científico Cultural y Artístico de Madrid.

Lo volví a ver en el Congreso Internacional Extraordinario de Filosofía que se realizó en Córdoba en 1997. Llegaron a Córdoba filósofos de todo el mundo: Australia, Perú, Italia, Francia, Colombia, Estados Unidos. Recuerdo a Miro Quesada de Perú; Newton da Costa de Brasil, considerado un genio de la filosofía, por entonces el único que estudiaba y desarrollaba el tema de Lógica Paraconsistente.

Recuerdo a los filósofos franceses analizando teoremas. Emilio disertó en la Facultad de Ciencias Químicas sobre un periodo de Ortega y Gasset como fondo del idealismo alemán. Tal era su conocimiento y la claridad de sus conceptos que fue aplaudido en varias oportunidades.

Yo lo acompañé varias veces. Se cuidaba un poco más de las borracheras pero seguía distraído: se olvidó pilotos y paraguas cuando hubo varios días de lluvia. Yo me tragué el congreso feliz como un niño.

Shakespeare para planchar

Pero la anécdota más desopilante de la que me enteré en el bar me la contó Bachi, un amigo que apreciaba mucho la cultura alemana, especialmente la poesía.

Era muy pulcro: siempre de traje, corbata y bien peinado. Teníamos ideas opuestas sobre varios temas y sobre política, pero en esa época no había llegado la dictadura y todos conversábamos independientemente de la ideología.

Me dijo que una tarde le había prestado a Ramírez, un amigo de él, un ejemplar de las obras completas de William Shakespeare de la editorial Aguilar, que tenía los libros en tapa de cuero y en papel biblia, y que al día siguiente Ramírez llega al bar, le devuelve el libro y le dice: “Ya lo leí”.

Bachi le dijo que era imposible que leyera las obras completas de Shakespeare en una noche, que Goethe leía una sola obra por año del autor de Romeo y Julieta por el efecto que le causaba.

Ramírez le contestó que hacía poco había hecho un curso de lectura veloz y le había dado muy buenos resultados, que podía leer 30 páginas por minuto.

Bachi me comentó que el libro tenía la tapa quemada, como derretida, y le preguntó a Ramírez qué le había pasado cuando vio las letras doradas de la tapa deformada.

Sin darle importancia al asunto, Ramírez le contestó que esa mañana no tenía ni una camisa planchada, que había tenido que poner la camisa sobre la mesa y que, cuando enchufó la plancha, no sabía dónde apoyarla, así que la colocó sobre el libro.

Mientras esperaba que se calentara el agua para el café, se olvidó de levantarla. Los ojos de Bachi, normalmente serios y concentrados, esa vez parecían tener un brillo pícaro, como diciendo bueno, qué se le va a hacer, son cosas que pasan.

Así eran aquellos años llenos de bohemios y utopías.