Algo más sobre el dique San Roque
El viejo paredón aún persiste, con la firmeza de las obras hechas con seriedad y pericia, capaces de resistir los ataques de los eternos fiscales del resultado del esfuerzo ajeno. Prudencio Bustos Argañaraz.
El señor Javier Llorens inicia su segunda nota sobre el viejo dique San Roque aludiendo al "gusto y la estima" de conocerme, para proceder, acto seguido, a intentar descalificarme. Y como he sido aludido, me veo obligado a responder. La nota fue publicada en La Voz del Interior el miércoles 8 de junio último (enlace corto: http://bit.ly/jczdV5). Cuestiona mi "transparencia" por llamarme historiador sin tener grado académico en Historia. Respondo que a ese título lo puso el diario. Y lo puso bien porque, según la Real Academia, historiador es la "persona que escribe historia", oficio en el que creo tener acreditada alguna trayectoria.También critica que no haya manifestado que mi "prosapia familiar está emparentada con los Funes Díaz", lo que me quitaría ecuanimidad y me convertiría en un "panegirista" de los principales actores de esos años. Mi vinculación con esa familia reconoce antepasados comunes que vivieron hace más de cuatro siglos. Si tan lejanos vínculos me impidieran ser ecuánime, me vería privado de escribir sobre cualquier tema de la historia de Córdoba, pues pertenezco a una familia que está aquí desde la fundación de la ciudad.Además, Félix Funes no estuvo involucrado en el proceso, según Llorens por pertenecer al "patriciado cordobés" y ser cuñado de Miguel Juárez Celman y Julio Argentino Roca, lo que resulta sorprendente, habida cuenta de que se había retirado de la empresa en 1889 y que la causa se inició en 1892, cuando los Juárez habían caído del poder y se hallaban en el ostracismo. Más aún, sus allegados eran perseguidos con saña, de lo que el proceso del dique es un claro ejemplo. La actuación del juez. Acusa también al juez Antenor de la Vega de prevaricato por haber sido socio de un club –que a ese momento ya no existía–, cuyo presidente era hermano del cuñado del socio de Juan Bialet Massé. Si ése era un argumento para recusarlo, en una ciudad de 80 mil habitantes como era entonces Córdoba, habría que haber traído jueces de afuera y mantenerlos encerrados. Parece no haber leído la sentencia, cuyos 49 considerandos son de tal contundencia que no dejan lugar a dudas. Y no fue, como dice Llorens, porque Federico Stavelius no tuviese título revalidado, sino porque no sólo no tenía título alguno sino que sus argumentos eran inconsistentes y falsos. Los únicos que habían visto grietas eran él y su acompañante, Cristian Kürzer, otro falso ingeniero. El 10 de septiembre de 1892, los ingenieros Duvoy, Lenglet, Decker, Sesmero González y Cuadros, profesores de la entonces Facultad de Ciencias Físico-Matemáticas, desautorizaron esas mentiras al declarar que "no hay base posible de discusión, puesto que ellos (los agrietamientos) no existen".Stavelius respondió sobre su falso título diciendo que era miembro de la Institución de Ingenieros Civiles de Londres, a lo que Bialet Massé replicó que ello "no significa otra cosa que tener unos pesos para pagar la cuota de entrada y las cuotas mensuales. Allí, ni verifican títulos ni los dan. Los agentes del cemento Portland inglés son capaces de presentar al señor Stavelius hasta al Colegio de Cardenales", afirmó. Esto quedó demostrado en el juicio que le inició por perjurio y ejercicio ilegal de la profesión.Durante la crisis de 1890, nuestra moneda fue devaluada un 50 por ciento, mientras el precio del oro subió a valores descomunales, lo que precipitó el golpe militar de ese año. Ello explica que el costo inicial de 775 mil pesos subiera a poco más de cuatro millones de pesos nacionales (no pesos oro, como dice Llorens, pues la convertibilidad se había dejado sin efecto). En su informe de agosto de 1900, luego de consignar que el dique San Roque era por entonces el más grande del mundo, el ingeniero Belisario Caraffa añadía: "Ha costado mucho menos que cualquier otro, siendo también superior en este sentido a las obras análogas", es decir, el dique complementario Mal Paso y los casi 200 kilómetros de canales de riego. En cuanto a las intervenciones que requirió, se debieron al estado de abandono en que se lo dejó tras la caída de Juárez Celman, como se afirma en los siete informes oficiales realizados entre el 22 de febrero y el 7 de junio de 1892. Ello provocó un "cúmulo de detritus", que dañó las bóvedas de los desarenadores y trabó las compuertas, a lo que se sumó "la gran cantidad de piedra y tierra que han arrojado al río al construir el terraplén del ferrocarril Córdoba noroeste". Stavelius tasó en más de 400 mil pesos el costo de las reparaciones, mientras que Bialet Massé y Casaffousth, desde la cárcel, ofrecieron realizarlas por cinco mil pesos.No sólo continuó el dique brindando sus servicios, sino que soportó sin problemas, como explicó el ingeniero Fernando Sánchez Sarmiento el 10 de marzo de 1926, las cargas adicionales para elevar el paredón en tres metros, llevándolo a los 36 metros. Poco después, el 6 de junio, La Voz del Interior denunciaba "el estado de destrucción y abandono" en que se encontraba el dique, al que calificaba como "un orgullo para la ingeniería nacional y un honor para la capacidad constructiva del país". Destacaba "la eminencia del combatido murallón, como si hubiera enlatado más su corona, para que no mancillara el oprobio de la piedra bruta". El 3 de julio de 1944 fue inaugurada la nueva represa, destinada a aumentar la capacidad del embalse en 90 millones de metros cúbicos. Pero el viejo paredón aún persiste, con la firmeza de las obras hechas con seriedad y pericia, capaces de resistir los ataques de los eternos fiscales del resultado del esfuerzo ajeno.

