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Alfredo Casero, en el paredón

Se expresó mal, sin embargo logró mostrar eso que tan caóticamente pretendía explicar. El músico y actor señaló el rasgo más oscuro del kirchnerismo: la creación de un aparato de propaganda y difamación.

26 de octubre de 2013 a las 12:02 a. m.
Claudio Fantini | Periodista y politólogo
Alfredo Casero, en el paredón

Lo que hizo fue, en definitiva, decir lo que hay que decirles a las máquinas de adoctrinamiento y a los pelotones de fusilamiento. A eso se atrevió Alfredo Casero. Fue confuso. Sus palabras fluyeron a borbotones. Mezcló desordenadamente temas y cuestiones, saboteando la linealidad de su propio razonamiento. Se expresó mal, sin embargo logró mostrar eso que tan caóticamente pretendía explicar. El músico y actor señaló el rasgo más oscuro del kirchnerismo: la creación de un aparato de propaganda y otro de difamación.Buceando el maremágnum de vivencias y pensamientos sobre el que navegó su diálogo con Jorge Lanata, se ve con nitidez la descripción del agobio que le produce el bombardeo de mensajes que establecen el bien y el mal, bendiciendo y satanizando a los demás.También es perceptible el paredón de ejecuciones mediáticas, donde se acribilla de difamaciones y descalificaciones a quien exprese una visión diferente de lo que muestra el monóculo oficialista.La fuerza de lo que decía no estaba, por cierto, en la claridad de su discurso. Tampoco en el programa donde hablaba. La fuerza estaba en el propio Alfredo Casero. Un artista inmensamente creativo, innovador y original, con una larga carrera sin manchas de vulgaridad ni conformismo.Es raro escuchar a alguien que, sin posar de nada, cuestiona la prédica de quienes, posando de superioridad moral, bajan línea desde púlpitos políticamente sacralizados.Casero habló sabiendo que desde esos púlpitos y desde cientos de sitios organizados en la Web le dispararían a mansalva, como ocurre cada vez que se denuncia la maquinaria de silenciar mediante el miedo y la intimidación.Obviamente, lo acusarían de actuar para "la corpo". Pero no dijo nada que lo posicionase mejor en el canal que emite el programa donde actúa y donde lo estaban entrevistando. Casi que lo contrario.Tampoco favoreció a la oposición en la antesala de las urnas. Al fin de cuentas, lo que denunció Casero es periférico, cuando no inexistente, en el discurso de la dirigencia opositora. Las fuerzas políticas antikirchneristas centran sus ataques en cuestiones económicas, un área donde casi nadie está en condiciones de tirar la primera piedra.Lo mismo pasa con la corrupción, otro blanco de la crítica opositora. El carácter vertical y personalista del liderazgo de Cristina también es blanco predilecto de una oposición diseminada en cacicazgos, donde la veleidad de cada gran jefe y la falta de debate en sus pequeñas tribus son más regla que excepción.Lo que denunció Casero tampoco es central en el discurso de los medios críticos. Algo grave, porque todo lo demás se vuelve anecdótico junto a lo que implica la existencia de un aparato de difamación.

Miedo intimidante

Ni la oposición ni la prensa crítica reaccionaron cuando comenzó el armado de la gran máquina de fumigación, destinada a eliminar el disenso desde sus primeros brotes. Sucede que también en la oposición y en los medios críticos predomina la equivocada idea de que, para que haya censura, tiene que estar prohibida la expresión libre de cuestionamientos y denuncias al poder político.

A esta altura de la historia, es casi estúpido pensar que, si en un país hay diarios que critican y programas donde pueden decir lo que les plazca aquellos que disienten, es porque no hay censura.

La prohibición era el instrumento de las viejas dictaduras. También la usaban los totalitarismos, pero esos sistemas engendraron una modalidad más sofisticada y eficaz de combatir la expresión de disidencias: fumigar con descalificaciones, anatemas y ridiculizaciones al que disiente, para intimidarlo e intimidar a los demás, mostrando el alto precio que se paga por criticar al gobierno.

Esa es la forma actual de la censura. No hace falta que haya un estado totalitario para que se aplique. En esta etapa de la historia, hay Estados de derecho que recurren a instrumentos totalitarios. Por caso, Estados Unidos con el ciberespionaje masivo.

Casero señaló específicamente un programa de televisión, emblemático entre los que ejecutan pogromos, y al coro que multiplica el efecto del linchamiento. Pero eso es sólo la punta visible de un iceberg gigantesco.

El cuerpo oculto de ese aparato fumigador está en la Web. Ni la prensa crítica ni la oposición reaccionaron cuando se creó en el país la estructura de “guerrilla informática” que el chavismo instaló en Venezuela. La red quedó plagada de francotiradores, publicaciones y blogs que lapidan al portador de expresiones críticas.

No cuestionó que muchos artistas, intelectuales y periodistas defiendan al gobierno, algo totalmente lógico y legítimo. Denunció el pogromo y el linchamiento contra quienes expresan un pensamiento contrapuesto al que se pretende superior.

El ciberespacio está infestado de pelotones, listos para fusilar el prestigio y la imagen pública de quien disiente.

Después se sumaron francotiradores vocacionales y linchadores

amateurs

en las dos veredas enfrentadas, infectando aun más de odio censurador la Red y los medios abiertos. Pero el origen no fue accidental. Lo creó y financió el Gobierno, sin que reaccionen ni oposición ni prensa crítica.

Por eso Casero quedó solo ante el pelotón de fusilamiento. No fue un dirigente opositor quien salió en su defensa, sino Juan José Campanella. Con la autoridad que le dan su talento, lucidez y honestidad intelectual, el cineasta también desafió al aparato fumigador: “Estoy de acuerdo con todo lo que dijo, aquí se castiga al que piensa distinto”. Punto.