Adolescentes a merced de la violencia
Se está convirtiendo en un penoso hábito abrir el diario de cada lunes y constatar que, entre viernes y domingo, se produjeron nuevas muertes de jóvenes y adolescentes en barriadas populosas.
Ya no se trata de los hechos de sangre vinculados a la comisión de delitos contra las personas o las propiedades, sino de manifestaciones de una violencia casi suicida que tiene por ámbito un paisaje social de postergación y desesperanza. Pero los que mueren son cada vez más jóvenes, menores de 25 años, como los casos que suelen darse con abrumadora frecuencia en barrio Marqués Anexo. Ya no sólo crece la cifra de muertes violentas –90 durante 2013 sobre una media de 65 a lo largo de los últimos años–, sino que baja de manera alarmante la edad de las víctimas, que suele situarse entre los 16 y los 17 años.Las causas suelen ser oscuros rencores, viejas disputas, historias ínfimas de Capuletos y Montescos sin Shakespeare alguno que las narre; y el disparador, la impotencia, la certeza de que nada podrá cambiar en el horizonte de mañana, de que todo se ha perdido ya.Están las armas, sí, pero los que se matan son los hombres, con armas o sin ellas y lo seguirán haciendo mientras las condiciones que generan la violencia persistan.Lo que está matando a nuestros jóvenes, como a otros muchos en Latinoamérica, es la convicción de que el radar no los registra, que son los nuevos desaparecidos de una sociedad empeñada en mirar hacia otro lado, mientras el Estado en todas sus formas ratifica su incompetencia dilapidando enormes recursos que llegarán sin orden ni concierto para arrojar más paladas de tierra sobre la tumba del trabajo y el esfuerzo.Vastos conglomerados como la sucesión de asentamientos que engloba Marqués Anexo se han convertido, por imperio de las circunstancias, en espacios extraterritoriales a los que la Policía elude o transita sin comprender lo que allí se juega.Una política de seguridad, se sabe, implica más que prevención y represión y exige el ataque a las causas de la violencia. Educación, capacitación, reinserción, empleo genuino, son conceptos que poco y nada tienen que ver con lo meramente policíaco.Pero si se mienten las cifras de la pobreza y se convierte a esta en una mera tributaria electoral encadenada a la dádiva, mientras los sumergidos asisten al despiadado ejercicio de la corrupción ajena, toda esperanza estará pérdida.Vale, sin embargo, recordar que hasta la noche más negra suele dejar paso a la claridad. La nota de tapa de este mismo diario refería el pasado domingo el milagro de una orquesta de cuerdas juvenil que ensaya en el entorno nada idílico de Villa La Tela.Deberíamos formular los más fervientes votos para que la noticia haya sido leída y debidamente asimilada por policías, funcionarios y hombres de la Justicia. Y por cada integrante de una sociedad que no tendrá futuro mientras insista en barrer bajo la alfombra su deuda social.

