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¿A quiénes les damos las armas?

Esta es una sociedad desar­mada. Las armas que están dando vueltas, se las reparten entre las fuerzas oficiales y los delincuentes. Alejandro Mareco.

07 de octubre de 2012 a las 12:01 a. m.
Redacción La Voz
¿A quiénes les damos las armas?

"De pequeño, yo tenía un marcado sentimiento armamentista; tanques de lata, de cromo y níquel, y unos graciosos reservistas de plomo, a mano pintados, con morriones colorados, que eran toda una delicia para mi mente infantil (...) yo me creía, como creía en el honor del paso del batallón dentro de mi habitación; era todo un general dirigiendo la batalla...". Es parte de la letra de Soldaditos de plomo , de Víctor Heredia. En otra parte, se pregunta: "¿Qué nos pasó? ¿Cómo ha pasado?". Mientras, reclama un ejército popular y deja caer un "la" menor con toda la estridencia de uno de los acordes más favoritos de los compositores. No es muy difícil sentirse poderoso con un arma en la mano. Lo puede decir, a la inversa, aquel que estuvo apuntado y se ha sentido tan frágil. La gente de Prefectura y Gendarmería de la Nación puso en escena un conflicto que en su origen estuvo concentrado en la liquidación de sus salarios con descuentos inesperados e inapropiados (que se suma a una escala de remuneraciones también largamente deprimida), pero que después –aun tras la reversión de los descuentos– está tentado a subir un peldaño más.Este es un país, y al país lo hacemos todos. Se supone, antes que nada, que lo hacemos los civiles –bah, los argentinos de calle–, como parte de una sociedad que ha decidido entregarle el manejo de las armas, del poder de fuego, a instituciones que, se supone, salvaguardan a la sociedad en general.¿A quién le damos las armas? ¿A gente a la que, como vocero, la representa un tipo de anteojos oscuros que, obviamente, no quiere mostrar sus ojos? Pues bien, es hora de que se entienda que en el país todos deben mostrar sus ojos cuando jueguen a la historia, aunque sea la historia del momento. Esta es una sociedad desarmada. Las armas que están dando vuelta se las reparten entre las fuerzas oficiales y los delincuentes; es decir, al menos hasta lo que conocemos, no somos un país como Estados Unidos, con proliferación de armas entre sus habitantes. El tema –al menos para uno– no es sencillo de dilucidar: ¿a quién le damos las armas? ¿A esta gente de Prefectura o Gendarmería que por una equivocada liquidación de sueldos, con su pequeño poderío armado, genera la sensación de que unas cuantas pistolas nos pueden generar quebranto institucional y nacional? Las armas sólo las pueden sostener y usar las instituciones de la República: es decir, de la democracia.Las armas no son sólo un valor en sí mismo, aunque sean el mayor instrumento de poder (en esta tierra y en este instante, las potencias del mundo siguen siendo guerreras, es decir, las armas resuelven conflictos por imperio de la fuerza); son una manera de organizar una sociedad. Siempre habrá otra alternativa: podemos usar la razón. Vivimos en un subcontinente en el que las armas no sólo han conquistado el poder, sino que nos han quitado la vida. Y uno, alguna vez, le ha preguntado a un oficial del Ejército qué se siente haber sido patético esbirro de José Martínez de Hoz. Y no lo sabía, a pesar de tanta voz impostada y tanta sangre vertida. Sangre de entonces, sangre vertida, decía Víctor Heredia. A lo mejor estamos madurando, porque desde voces radicales como la de Mauricio Macri, expresaron su sensación adversa a este abuso de fuerza armada. A lo peor, no, y le damos oídos a sujetos que no muestran los ojos. Se insiste: las armas sólo las pueden sostener y usar las instituciones de la República, es decir, de la democracia.