Un proceso común en toda América latina
La potencialidad movilizadora de las masas populares se destaca a la hora de explicar la apuesta de las elites criollas por la ruptura del vínculo con las metrópolis.
Analizar los procesos independentistas latinoamericanos de principios del siglo XIX requiere considerar factores explicativos relacionados con la común condición colonial y con el contexto del mundo atlántico en su conjunto. Y también especificidades propias de las diferentes regiones en las cuales, en el transcurso de ese siglo, los grupos de poder liderarían la construcción de dos decenas de naciones. Implica, asimismo, la articulación en el análisis de procesos de larga duración, coyunturas previas más recientes y acontecimientos desencadenantes.
Respecto de los cambios experimentados durante el siglo XVIII en el mundo atlántico, en general, y en el conjunto del mundo colonial americano, en particular, cabe destacar, en primer lugar, la consolidación de Inglaterra como primera potencia mundial, proceso acompañado por el progresivo desplazamiento de España, y en menor medida de Portugal, como metrópolis intermediarias en la remisión de manufacturas desde Europa Occidental hacia las colonias ibéricas. Este proceso experimentó una aceleración con la primera revolución industrial y, en los años previos a 1810, con el bloqueo continental napoleónico que impedía las ventas de textiles británicos en Europa, y con la destrucción de la armada española en 1805.
En segundo lugar, aunque el pensamiento de la ilustración no se redujo exclusivamente al ataque del antiguo régimen, la circulación de ideas propias de esa corriente intelectual puso en cuestión muchos de los fundamentos sobre los cuales descansaban las jerarquías y las desigualdades de sociedades estamentales que, en el caso latinoamericano, eran al mismo tiempo sociedades coloniales donde muchas diferenciaciones estamentales obedecían a criterios étnicos de clasificación.
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El impacto de esa circulación de la producción intelectual de los ilustrados se vio potenciado cuando, primero con la revolución norteamericana y luego con la francesa, esa programática política se vio plasmada en realidades revolucionarias que tornaban pensable la posibilidad de una transformación profunda de las estructuras de poder existentes.
En tercer lugar, las reformas borbónicas en la América española y la reformas pombalinas en el Brasil, en los dos casos diseñadas, durante el siglo XVIII, con la finalidad de mejorar los controles metropolitanos y optimizar la apropiación de las riquezas coloniales por ambas coronas ibéricas, lesionaron muchos compromisos y lealtades sobre los que secularmente se había asentado la dominación colonial.
Tanto la agudización de las presiones fiscales como el mediano desplazamiento de las elites criollas de diversos cargos en la administración colonial influyeron en esa dirección.
Situaciones diversas
Esos y otros factores comunes actuaron sobre estructuras regionales diversas.
Destaca, en ese sentido, la potencialidad movilizadora de las masas populares a la hora de explicar la apuesta de las elites criollas por la ruptura del vínculo con las metrópolis, por la defensa del statu quo colonial o, como en el caso brasileño, por un proceso independentista con un gobierno monárquico.
En efecto, los antecedentes recientes de la revolución social de los esclavos haitianos desde la década de 1790, y las rebeliones de pueblos originarios en los Andes centrales en la década de 1780, indujeron a las élites criollas en regiones esclavistas o con masiva mano de obra indígena, a defender la legitimidad monárquica y la subordinación a las autoridades ibéricas.
En cambio, en áreas geográficas donde ese peligro no estaba presente o era menor, las elites criollas actuaron principalmente motivadas por las tensiones que las enfrentaban con el orden colonial y por las oportunidades que la coyuntura presentaba para modificar ese vínculo.
Se explica de ese modo que las autoridades virreinales del Perú se convirtieran, con apoyo de propietarios criollos, en el centro de la contrarrevolución sudamericana con un frente en el norte y otro en el sur, adhiriendo las elites criollas al proceso independentista muy tardíamente, ya cuando los ejércitos rioplatenses y chilenos desembarcan en las áreas costeras.
En México, en tanto, oficiales criollos, con la adhesión de las clases propietarias novohispanas, encabezaron la represión de las masas campesinas revolucionarias y, sólo mucho después de lograr neutralizarlas, se pusieron al frente del proceso de ruptura con la metrópoli.
En Venezuela, los efectos disruptivos de la revolución sobre la estructura esclavista rompieron tempranamente el frente criollo en la primera etapa revolucionaria. En Brasil, la apuesta prioritaria de los plantadores por el mantenimiento de las jerarquías esclavistas se tradujo en una independencia bajo un régimen monárquico que sólo se volvió anacrónico con la crisis del esclavismo durante la segunda mitad del siglo, mientras que en Cuba factores similares explican la permanencia de la condición colonial hasta 1898.
Pero incluso en regiones donde ese potencial explosivo era menor, como en el caso del Río de la Plata, las elites de propietarios criollos, aunque sólo en unas pocas situaciones episódicas vacilaron en el proceso de ruptura con la metrópoli, tempranamente erradicaron las expresiones de radicalismo urbano, representadas por Moreno y sobre todo por Castelli; y de radicalismo rural, representadas principalmente por Artigas.
* Profesor a cargo de la cátedra de Historia de América II, director del Doctorado en Historia, Facultad de Filosofía y Humanidades, UNC.

