El día después
Detrás de la estadística de las víctimas fatales por choques de tránsito, aparece otro drama: el de quienes sobreviven pero sufren graves heridas.
“Fue una travesura. Sacó la moto sin permiso y venía rápido. Por eso chocó”, cuenta Leonel Tapia, hermano de Iván, un adolescente de 15 años que está internado en el Hospital de Urgencias, de la ciudad de Córdoba, desde el viernes 16 de diciembre de 2016.
Aquella tarde, el adolescente salió de su casa de barrio Nuestro Hogar III, al sur capitalino, y tomó por la avenida principal con la moto. Quiso pasar a otra, cuyo conductor no lo advirtió, por lo que terminaron por chocar.
En el impacto, Iván terminó pegando contra la verja de una casa.
El fuerte golpe le produjo lesiones irreversibles en el bazo y contusiones en los pulmones, además de un traumatismo de cráneo (no llevaba casco) y raspones en sus brazos.
“Los que lo vieron dicen que, apenas pasó, él se levantó e intentó sacar la moto de ahí. Después quedó sentado en la vereda, inconsciente. Él no se acuerda de nada”, explicó su hermano que ahora se turna con su padre para ir a cuidarlo a la terapia intensiva.
- ESPECIAL: Mirá más notas en Monitor Vial
Hoy, Iván continúa internado recuperándose de la cirugía en la que le extirparon el bazo. La intervención quirúrgica podría haberse evitado si el angiógrafo del Hospital de Urgencias no estuviese roto hace dos años.
Este aparato de rayos x permite obtener imágenes en tiempo real del sistema vascular.
Al no funcionar, los médicos no dudaron en operar, ya que ese tipo de lesiones requiere rápida intervención para evitar hemorragias internas, por lo que no había tiempo para llevarlo a otro hospital.
Ahora, Iván deberá ponerse una inyección por año y de por vida, para reemplazar la función de ese órgano y generar defensas.
“Yo sé que la saqué barata”, dice, mientras mira a su hermano con un gesto de culpa.
Cirugía
Días después del siniestro vial, el adolescente tuvo picos de fiebre producidos por infecciones. No obstante, su recuperación es buena, según indican los médicos.
En medio de la sala de recuperación, compartida con otro paciente, Iván reposa en la camilla vestido con una musculosa y un short y tapado a medias con las sábanas. Cuenta que está haciendo el secundario en un acelerado y que juega al fútbol en las inferiores del club Talleres.
“Ahora por un buen tiempo no voy a poder entrenar, hasta que esté bien recuperado”, se lamenta. Es el segundo de cuatro hermanos, y el choque al que sobrevivió marcó a toda la familia.
“Creo que desde ahora nadie va a usar moto en casa”, confiesa.
“En casa tenemos un auto que yo utilizo para ir a la escuela de suboficiales y la moto queda para el que la necesite, generalmente la usaba él para ir a entrenar”, acota su hermano.
El caso de Iván es uno de los tantos que recibe a diario el Hospital de Urgencias, el principal centro de emergencias de la ciudad de Córdoba (y de la provincia), donde la mayor parte de los pacientes llega como consecuencia de un siniestro vial (los médicos lo diferencian de los “accidentes” ya que en la mayoría de los casos hubo una imprudencia).
Cada año, según la estadística que elabora el propio hospital, alrededor de 10 mil motociclistas en promedio son atendidos por algún impacto de tránsito.
Muchos de los que llegan con lesiones graves, sobre todo con traumatismos de cráneo, quedan con secuelas y son pacientes que requieren rehabilitación neurológica especial.
Drama sobre drama
Norberto Brusa, uno de los jefes de guardia del hospital municipal, explica que, detrás de la gravedad de estos casos clínicos, sobreviene otro drama: el de las familias que terminan por cambiar todas sus rutinas porque los lesionados requieren de cuidados constantes.
Es que en muchos casos, por cada lesionado grave, son dos personas activas las que de un día para el otro pasan a tener una rutina pasiva: quien chocó y algún familiar que dejó todas sus actividades para brindar cuidados.
Porque aunque en un principio son varios los que se acercan al hospital, por lo general cuando la internación se prolonga en el tiempo sólo quedan aquellos familiares más directos cerca del lesionado con heridas muy graves o irreversibles.
“Hoy tenemos casi el 50 por ciento de las camas ocupadas con pacientes secualizados. No podemos seguir el tratamiento acá en el hospital, pero las familias tampoco pueden o quieren llevárselos a sus casas, entonces quedan acá”, cuenta Brusa mientras recorre los pasillos.
Poca rehabilitación
En este punto, aparece una cuestión clave: gran parte de estos pacientes no cuenta con obra social, lo que dificulta mucho poder realizar una rehabilitación intensa como la que necesitan.
En una de las habitaciones, una enfermera acaricia la mano de un hombre de 36 años, que parece tener la mirada perdida.
“Sólo responde a órdenes básicas. Hace casi un año que está acá y de vez en cuando viene a verlo su exmujer. Si hiciera rehabilitación, podría estar mucho mejor”, explica el médico.
Estos pacientes, internados durante larguísimos meses –algunos con secuelas de por vida–, son la otra cara de la tragedia diaria en el tránsito cordobés.
“Esas camas ocupadas por pacientes crónicos nos están quitando capacidad de atención a pacientes agudos, que es para lo que está destinado el hospital”, agrega la médica Cristina Gómez, directora del Urgencias.
Gómez sostiene que allí hay un equipo compuesto por enfermeras, nutricionistas, fonoaudiólogos y fisioterapeutas que enseñan a las familias los cuidados necesarios que requiere un paciente secualizado para que pueda volver a su casa.
Pero señala que todo esto no alcanza para la rehabilitación que ellos necesitan.
Prevención
Brusa asegura que muchos de estos casos graves podrían ser evitados con educación y campañas de prevención.
Porque, pese a que el equipo médico del hospital está muy bien capacitado y que incluso es el único de la provincia que tiene un neurocirujano de guardia las 24 horas, nada será suficiente en la cadena del tratamiento de un accidentado.
El antes del choque es la clave.
“El trauma, que es la enfermedad por la que pasan nuestros pacientes, requiere de un sistema con cuatro ejes: atención prehospitalaria (ambulancia), hospitalaria, rehabilitación y extensión comunitaria”, resume el médico.
Brusa, experto en emergentología, hace hincapié en la importancia del trabajo de extensión comunitaria, que implica educación, concientización y prevención.
“Si yo le enseño a la comunidad cómo debe llamar en forma correcta al servicio de emergencia, qué datos dar, etcétera, estoy acortando el tiempo en que llega la ambulancia y quizás esos minutos salvan a un paciente de quedar discapacitado o de la muerte. El Estado debe tomar medidas destinadas a este tipo de acciones de prevención”, concluye, antes de ir a ver a otro paciente.
Porque en el Urgencias la siniestralidad vial no da descanso.

