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En los próximos años sabremos más quiénes somos y cómo llegamos a ser lo que somos. Gustavo Blázquez.

25 de mayo de 2010 a las 12:01 a. m.
Gustavo Blázquez*
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En los últimos años, antropólogos y antropólogas mostramos cómo los rituales cívicos contribuyen a inventar tradiciones locales, a olvidar y recordar historias, a experimentar identidades, a movilizar capitales económicos, políticos, culturales. Hechos de imaginarios recuerdos, fuegos artificiales, papel prensa, desfiles, inauguraciones, festejos como los del Bicentenario reinstauran el aura de los números redondos e imponernos la obligación de los balances.

Para cumplir este mandato ritual y mirar a Córdoba en el Bicentenario desde una perspectiva antropológica, propongo utilizar, basándome en el precepto metodológico del “estudio en caso”, a la propia antropología como pretexto para pensar Córdoba. ¿Qué puede decirnos el desarrollo en nuestro medio de una disciplina académica, originada en el contexto euro-norteamericano de fines del siglo XIX, sobre “nosotros”?

Si algún día, futuros naturalistas leyeran la historia de la UNC como anillos de un añoso árbol, descubrirían a 2010 como el año en el cual la antropología se transformó finalmente en carrera de grado. Después de tanta ausencia, y a casi tres décadas de la recuperación democrática, una marca mucho más fuerte en la vida de un árbol universitario de casi cuatrocientos años de antigüedad, la Facultad de Filosofía y Humanidades de la UNC abrió la Licenciatura en Antropología.

Este hecho es el producto de complejos procesos socio-históricos y del trabajo acumulado de generaciones de investigadores relacionados con la universidad pública. Observando esta historia, reconocemos cómo el desarrollo de la disciplina está sujeta a los avatares de las políticas educativas y de ciencia y técnica de diferentes gobiernos y cómo el cultivo continuado de relaciones democráticas durante las últimas décadas alentó la expansión de una ciencia interesada en analizar las diferencias. La creación de maestrías, subsidios de Fomec, Conicet y otras agencias, las reformas del Museo de Antropología son algunas marcas reconocibles por futuros dendrocronólogos.

¿Cómo continúa esta historia? ¿Qué nuevos caminos recorrerá esta antropología a la cordobesa? ¿Cuáles serán los efectos de la creación de la carrera universitaria interesada en ampliar la diversidad del discurso humano? ¿Qué nuevos trabajos serán capaces de generar los próximos antropólogos y antropólogas? Si bien la teoría cultural no es predictiva, los científicos imaginamos futuros posibles y trabajamos para hacerlos nuestro presente.

A partir de la expansión de la antropología en Córdoba, imagino que en los próximos años comenzaremos a saber más sobre quiénes somos, cómo llegamos a ser quienes somos, quiénes son los otros que nos inventamos para poder ser nosotros, qué diferencias hacemos y cómo hacemos las diferencias los diferentes nosotros que habitamos Córdoba. Estas producciones deberán ser capaces de cuestionar las representaciones que tenemos de los otros y de nosotros mismos y hacernos entender que la naturaleza no es el destino y la cultura es política. Este futuro florido depende de un ecosistema democrático y justo, única posibilidad de que la universidad no se transforme en un árbol caído, un cuerpo muerto, donde ya sólo pueda leerse el pasado.

*Antropólogo, director del seminario “Celebrar la nación”, en la UNC