Yo amo a mi basura
Detrás de todo basural, hay un gran pueblo. En esa mezcla estamos todos: funcionarios ansiosos, opositores ambiciosos y vecinos poco dispuestos a echar a la basura su propia naturaleza. Edgardo Litvinoff.
Ya está. Ya pasó. Tranquilos. Basta de hacer leña del árbol caído; que, en definitiva, es más basura.
La adjudicación a Innviron para tratar los residuos sólidos de la ciudad de Córdoba se cayó, fue un fiasco. No pudo ser. La cosa no iba. Digamos que hubo una "confusión", para no entrar en detalles exasperantes.
Sin embargo, más allá de las torpezas políticas o de los contratos ambiguos, hay una realidad inocultable: amamos la basura. Nos encanta revolcarnos en ella. Queremos más.
Ya ni siquiera se trata de los que dejan papeles en la calle, de los que taponan desagües, de los que podan y arrojan todo a un baldío, de los carritos que nutren los basurales barriales, de los escombros de las obras, de las colillas de cigarrillos apagadas en el piso, de las tiritas de plástico que abren las etiquetas de cigarrillos, del plástico que recubre la etiqueta de cigarrillo, de los boletos de ómnibus abandonados al bajar del colectivo, de los envoltorios de caramelos y chicles y chupetines, o de los lobotomizados conductores que suponen que el mundo exterior a su vehículo -menos su vehículo- es un vertedero controlado, al que se puede arrojar de todo abriendo un poco la ventanilla.
Admitámoslo: nos encanta vivir tapados de mugre, porque la suciedad es natural. La limpieza, no. Los que se higienizan con regularidad siempre están al borde de caer en la obsesión.
Amamos coleccionar inutilidades que después tiramos: diarios, revistas, casettes, discos compactos, DVD, juguetes rotos, tarros de pintura por la mitad. Nuestros perros defecan siempre en jardines ajenos.
Nos gusta la TV basura, la comida basura y los contratos basura.
En realidad, el castigo divino no fue por comer la manzana, sino por tirar el cabito al piso -y eso que era un residuo orgánico. Desde entonces, estamos condenados a soportar nuestros propios desechos y detritos para recordar lo humanos que somos y lo lejos que estamos de la higiénica, blanca y brillante divinidad.
Las ciudades del mundo que consiguen controlar este fenómeno lo hacen, justamente, porque lograron vencer a sus instintos con toneladas de racional civilidad. Al menos por ahora, no hay muchos signos de que eso vaya a suceder por acá.
Los concejales y los funcionarios se juntarán, discutirán y quizá acuerden un nuevo sistema para tratar los residuos de la ciudad. Pero es difícil que todo cambie como por arte de magia.
Detrás de todo basural, hay un gran pueblo. En esa mezcla estamos todos: funcionarios ansiosos, opositores ambiciosos y vecinos poco dispuestos a echar a la basura su propia naturaleza.

