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Un liberal auténtico

Vargas Llosa es uno de los máximos referentes latinoamericanos del liberalismo político en el sentido más amplio. Claudio Fantini.

08 de octubre de 2010 a las 12:01 a. m.
Claudio Fantini (Periodista)
Un liberal auténtico

“Es un gran escritor, aunque no estoy de acuerdo con su posición política”. Siempre hubo algo miserable en esta muletilla tan repetida por la izquierda latinoamericana. Como si doliera reconocer su inmenso talento literario a un hombre que piensa distinto. Las derechas recalcitrantes directamente despreciaban a Pablo Neruda, sin reconocerle su genialidad poética, pero los liberales genuinos  reconocían en el chileno su inmensidad creativa, sin aclarar que no acordaban con sus odas al estalinismo a pesar del genocidio y los Gulags del dictador soviético.

Los  prejuicios ideológicos, tan mediocres como todos los prejuicios, muchas veces gravitaron sobre los Nobel de Literatura (Borges constituye el lugar común de los ejemplos) y por eso a muchos sorprendió la distinción a Vargas Llosa. En el caso del autor de La ciudad y los perros, esa gravitación pudo finalmente librarse del  sectarismo mezquino que, en lo político, lo maltrató hasta la difamación.

Quienes como Mario Vargas Llosa se formaron en el marxismo, al dejar de serlo, marchan por dos sendas opuestas. La mayoría de los ex marxistas se convierten en fervorosos nacionalistas, o nacional-populistas de clara matriz autoritaria; pero los que no van en ese rumbo suelen convertirse en auténticos liberales. Una rara avis en América Latina, donde la mayoría de los liberales son partidarios de la libertad de negocios sin controles ni regulaciones del Estado, pero son conservadores en los demás aspectos de la vida social y política.

Giovanni Sartori llamó “libertistas” a esos liberales demediados. Pero no es el caso del escritor peruano, quien con una inmensa honestidad intelectual ha librado batallas en soledad contra el moralismo y los oscurantismos religiosos. Enfrentó a los poderes eclesiásticos y conservadores en los terrenos de la educación, el divorcio, la planificación familiar, el desarrollo libre de las ciencias, etcétera.

Como un liberal consecuente con la filosofía que nace con John Locke, apoyó el matrimonio homosexual y defendió a todas las minorías estigmatizadas y marginadas por el rigor de los prejuicios.

Siempre lo hizo en soledad, detestado por conservadurismos y por izquierdas que cultivan poses morales desde las que juzgan, anatemizan y condenan.

También se diferenció de los liberales fallidos que apoyaron regímenes como el de Pinochet, por ser libremercadista. Para un auténtico liberal no hay dictaduras buenas y dictaduras malas, sino dictaduras y democracias.

Pocos describieron tan nítida y desgarradoramente el espíritu brutal de la dictadura, como lo hizo Vargas Llosa en La fiesta del Chivo, novela histórica a la que definió como “una mentira con conocimiento de causa”. En ella retrata, mezclando realidad y ficción, al dictador dominicano Rafael Leónidas Trujillo. Pero a través del tirano megalómano que reinó en esa mitad de la isla La Española, describió el perfil del dictador latinoamericano, de modo tal que hablando de Trujillo habló también de Castro, Stroessner o Somoza.

Desde la intemperie. Obviamente, su mirada al mundo no estuvo siempre libre de obnubilaciones y errores. Por caso, no supo ver la diferencia entre la guerra que libró Bush padre cuando Saddam Hussein invadió Kuwait, con la aventura imperial y belicista que Bush hijo y la secta extremista que integraban Dick Cheney, Donald Rumsfeld y Paul Wolfowitz justificaron mintiendo sobre arsenales químicos.No obstante, siempre se pronunció desde la honestidad intelectual. Puede incurrir en errores o ingenuidades, pero no por haber vendido su pensamiento a tal o cual posición. Expresa siempre lo que piensa, quedando en campos de batalla donde no hay trincheras ni bandos donde parapetarse.

Tomás Abraham reprochó una vez a Ricardo Piglia lo que puede reprocharse a legiones de escritores ideologizados: siempre disparan bien parapetados y cuentan con tribus dispuestas a defenderlos.

Quizás el reproche del filósofo haya sido desmedido para el caso de Piglia, pero desnuda con precisión la “falta de coraje” del disparo intelectual efectuado desde parapetos tribales. Pues bien, Vargas Llosa siempre disparó sus ideas y posiciones desde la intemperie; exponiéndose a ensañados linchamientos.

Desde Conversación en La Catedral mostró su aversión a la injusticia y al autoritarismo. Desnudó ante el mundo la explotación criminal de las empresas caucheras en África y en la Amazonia. Desnudó su vida en Como pez en el agua. Y enfrentó a muchos que lo idolatraban por su derrape en Irak, cuestionando imposiciones arbitrarias de Israel que expolian y causan sufrimiento a los palestinos.

Por la tolerancia. Sus ensayos y su compromiso concreto con la política, que lo llevó desde un fallido intento electoral en Perú hasta el respaldo a su amigo Sebastián Piñera (un liberal que jamás apoyó a Pinochet), sin lanzar el más mínimo ataque contra el centro-izquierda chileno al que siempre respetó, lo encuadra en lo que Lionel Trilling describió en su libro La imaginación liberal, como valores humanistas esenciales: "La tolerancia como virtud; la ley como mecanismo de justicia; las ideas como motor de progreso, y la literatura como instrumento para enriquecer la vida humana". l