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Un encuentro con Luciano Benjamín

Muchos se preguntan qué hacer, si gritarle, si valdrá la pena atacar a ese hombrecito nonagenario que conserva el destello vil de su rostro como último reducto de indignidad.

30 de agosto de 2015 a las 12:01 a. m.
Un encuentro con Luciano Benjamín

Lo primero que hago es averiguar si tiene permiso para estar ahí. Tiene. Sólo para estar ahí, confirman desde la Justicia federal. Al resto del tiempo, lo pasa en su casa, con rigor marcial, tal como lo indica su prisión domiciliaria por los crímenes cometidos en Córdoba durante la dictadura. Que son muchos. Fue condenado 10 veces a cadena perpetua por delitos de lesa humanidad. Y sigue enfrentando causas.El salón de espera del sanatorio, en el Cerro de las Rosas, está atestado de gente. Cuando él aparece con paso firme –un, dos, un, dos–, para algunos pocos pasa inadvertido. Pero la mayoría lo observa, sorprendida, con temor y furia.Camina todavía erguido, aunque el peso de los años lo empuje y le doble la columna. Él se esfuerza para que no se note. Viste un traje azul, impecable. Pañuelo en el bolsillo, blanco como su pelo.Llega por el pasillo y, al que lo tantea con desprecio, él le sostiene la mirada, fija, con decisión, jugando a ver quién será el primero en bajarla. Será un anciano desvencijado, pero esos ojos no han perdido la capacidad de intimidar.Se sienta en un rincón, lo más lejos posible del movimiento y de las fotos, contra una ventana iluminada.En esos minutos de espera, nadie se acerca a insultarlo directamente. La gente murmura, a veces en voz alta para que él lo note. Que no se sienta tranquilo.Muchos se preguntan qué hacer, si acercarse a gritarle algo, si valdrá la pena atacar a ese hombrecito casi nonagenario que conserva el destello vil de su rostro como último reducto de indignidad.Saben que él se hace fuerte con los escraches, que porfía en reivindicar lo indefendible, que el tiempo por sí solo no le brinda escrúpulos a quien nunca antes los tuvo.Es extraño ver a un genocida en la espera de una consulta médica, vaya a saber por qué motivo de qué patología que revele algún rasgo de humanidad en ese cuerpo que parece no tenerla, a tanta falta de práctica.Vaya a saber si él cree que es libre. No importa. Para todos los que se dieron cuenta de su presencia, el viernes pasado, en la gran sala de espera del segundo piso de ese sanatorio en el Cerro de las Rosas, la atmósfera era repulsiva. Sin que nadie lo dijera. Luciano Benjamín Menéndez es uno de los pocos habitantes de Córdoba sobre quien no existen dudas acerca de quién es, qué hizo, qué merece por eso.Que su prisión domiciliaria y sus visitas al médico se ajusten a derecho no quita lo que ello provoca en el resto de la sociedad, que demuestra tener toda la civilidad que él no tuvo con sus víctimas.Vaya a saber qué castigos lo esperan más allá de esta vida, ya que la de ahora no le deparó el que muchos hubieran deseado.Mientras tanto, acaso, él tenga que dormir estas noches con los ojos de todos los que el viernes le sostuvieron la mirada. Para recordarle que ninguna libertad domiciliaria viene libre de desprecio.