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Tienen 82 años y muchas ganas de terminar la escuela primaria

Nemecia y Sisto son alumnos de segundo grado de la Escuela Domingo Sarmiento.

07 de julio de 2010 a las 12:01 a. m.
Mariela Martínez (Corresponsalía)
Tienen 82 años  y muchas ganas  de terminar la escuela primaria
(LaVoz).

Río Tercero. El reloj indica que faltan apenas unos minutos para las 20. No hace falta saber que el termómetro marca tres grados para saber que hace mucho frío.

Esas bajas temperaturas no son un obstáculo para Nemecia Cardoso y Sisto Torres, alumnos -ambos de 82 años- que cursan el segundo grado de la escuela primaria en un centro de educación para adultos en Río Tercero.

Asisten al colegio cerca de su casa, en el barrio Monte Grande donde viven, uno de los más alejados del centro de la ciudad. Allí funciona uno de los tres anexos que tiene la escuela nocturna Domingo Sarmiento de esta ciudad, que dicta el primario para adultos de tres años, en el marco de un plan de alfabetización nacional.

En realidad, el tiempo que le demanda a un adulto culminar con sus estudios depende de cada alumno.

Las ganas de Nemecia y Sisto no escasean, pero tal vez deban ir algún año más de lo previsto, comentan sus docentes.

Sentados en primera fila, Nemecia y Sisto no sólo coinciden en la edad de 82 años, sino también en las dificultades que los abrazaron a lo largo de la vida.

Ambas historias estuvieron marcadas por la pobreza y por las urgencias de ir a trabajar a temprana edad, en vez de estudiar.

"Yo hice hasta segundo grado, después mi mamá no podía con todo y me dijo que tenía que cuidar a un nene para ayudar un poco", recuerda con lucidez Nemecia, que acredita una historia de sacrificio y trabajo.

Sentado muy derecho y disciplinado, pero relajado, Sisto cuenta que también trabajó desde muy pequeño: "Entre trabajar siempre y atender a mi papá que estaba solo, no tuve la suerte de estudiar".

Siempre se puede. El consejo de Sisto es que "siempre se puede", aunque agrega que "tener paciencia es importante". Los primeros pasos escolares para él fueron lentos y difíciles porque nunca había recibido instrucción alguna.

"Pero de a poco arranqué, después terminé leyendo en un acto", relata con el orgullo que sólo se siente después de alcanzar una meta, tal vez impensada a esta altura de la vida.

Junto al pizarrón, Isaías Bazán, el maestro de los alumnos más grandes de la clase, reconoce que admira "el ánimo, la voluntad y la decisión" que tienen cada día, para que en vez de quedarse tranquilos en sus casas, ponen empeño y entusiasmo para aprovechar al máximo el tiempo, pese a restricciones y al cansancio después de una vida marcada por el sacrificio.

"Son una belleza como personas, el espíritu de ellos contagia. Es difícil encontrar gente tan predispuesta para llegar a un objetivo que les faltó en la vida, como estudiar", califica el docente.

Ambos ya saben leer y escribir, un paso gigante tras una vida sin saberlo. Tanto Nemecia como Sisto tienen hijos y nietos. Ahora, ambos viven solos.

Los dos atesoran una ambición común: la de estudiar hasta que su salud se los permita. Tal vez un par de ejemplos para imitar en cualquier edad de la vida.