Quiénes y cuándo
Navidad. Identidad. Adivinanza. Cañita. Hablen conmigo. Daniel Salzano.
Navidad. El tiempo se dividía en antes y después de Navidad.
La ciudad estaba marcada a sangre por el boleto obrero, el León de Francia, el día de mi cumpleaños, los helados Laponia y la nueva cápsula del tiempo de Flash Gordon; pero, sobre todas las cosas, estaba marcada por la Navidad y la posibilidad de dispararle a la Luna con petardos.
A veces llegaban parientes de Marull y había que llevarlos a visitar la pileta del parque Sarmiento que, después de la de Ferro, en Caballito, era la más grande del mundo. Todo era desmesurado. Y todo era cierto.
El 24 por la noche rezábamos y comíamos tallarines al pesto hasta el momento en que el abuelo, il nonno, pedía un minuto de silencio en italiano y alguien le acariciaba la cabeza.
Después venía la fiesta propiamente dicha, que consistía en estrenar zapatos y en bailar en línea recta hasta chocar con la pared.
Las familias medían 14 metros de largo por dos de ancho, poseían en común un vago aroma a lavanda y almidón y, si los más chicos colaboraban en la foto, todos cabían abrazados debajo de la parra.
A las 2, la vida valía tanto como la última cañita voladora y a las 3, miraba a mi alrededor para advertir que todo, mágicamente, se había despoblado. Así debía ser la Luna. Ese era el momento en que advertía que la Navidad me gustaba porque Dios era un bebé.
Una noche en la que inesperadamente refrescó, abandoné la cama para ver si el Niño estaba bien tapado. Todo estaba en su lugar: la vaca, los pastores, San José, el burro y los camellos. Recorrí la casa con las luces apagadas y en calzoncillos. El tiempo se dividía en antes y después de Navidad. Y yo, sin saberlo, estaba caminando por el medio.
Identidad. Soy ese tipo que está ahí observando a los viejos campeones de Talleres, Instituto y Belgrano que, sentados debajo de una sombrilla en el área peatonal, comen papitas y aceitunas mientras mueven las manos como si acabaran de pescar un tiburón.
Soy ese tipo que está ahí, con la frente apoyada en el cristal de Rivadavia y 25 de Mayo. Fui un niño igual a todos los demás, pero esas coincidencias no figuran en el documento nacional de identidad.
Sabía distinguir entre un roble y un paraíso, entre Cabalén y Gradassi, y si me hubieran obligado a confesar con un cuchillo en la panza, hubiese dicho que quería ser como Tom Sawyer.
Soy ese tipo que lee el diario con la seriedad de un mariscal y los brazos bien abiertos. Una vez decidí dar la vuelta al mundo caminando y llegué hasta Sarachaga.
He dibujado el perfil de la ciudad cabalgando una moto de 98 cilindradas y guardo en la billetera una servilleta de mujer con los labios a punto de estallar.
A veces veía pasar caminando a Víctor Brizuela y a veces veo volver caminando a Rubén Torri. Soy ese tipo que se vuelve loco por los taxis, las mujeres y el café.
A veces digo a viva voz que los mejores cordobeses son los que están a punto de nacer y los que están a punto de morir, pero mi voz se pierde en el bullicio de la esquina como el ladrido del perro de la RCA.
Soy ese tipo que está ahí sin estar completamente solo o enteramente acompañado, escribiendo sin un plan establecido.
¿Quieren que les diga que soy ese tipo que está ahí dispuesto a quedarse para siempre? ¿Que cuando era rico usaba pantalones de franela? ¿Que soy un buen hombre? Nunca le tuve miedo a la poesía.
Soy ese tipo que está ahí y que, a su vez, es descripto por alguien que, a su vez, es descripto por alguien y así sucesivamente hasta llegar a Dios, saliendo de Rivadavia y 25 de Mayo y llegando a Sarachaga.
Adivinanza. Aquí está el espadachín mayor de la ciudad, Jerónimo Luis de Cabrera, que arrancó sin frenar desde Sevilla para clavar una estaca entre el cielo y barrio Yapeyú.
Aquí está el zaguán de la calle Rivera Indarte donde Ernesto Guevara, con la cara afeitada, martillaba los adentros de una Puma. Quería llegar a Lima con 10 litros. Aquí está tumbado boca arriba, como si lo hubieran congelado para hacerlo revivir en un tiempo mejor.
Aquí está Juan Sebastián Bach saltando por la ventana del conservatorio a la hora de la siesta.
Aquí están, debajo del asfalto, los esquíes de acero del tranvía.
Aquí está Nelly Nelly con medias de seda y zapatos de tacos altos en la noche de su 15º aniversario. Aquí estoy yo bailando con ella, como un relámpago del cielo. Oh Nelly Nelly, te extraño mucho todavía. Aquí está el trampolín de la pileta de la Asociación Redes Cordobesas. Aquí está el agua que levantaba cuando intentaba caer de cabeza tras haberle dado dos patadas a la Luna.
Aquí está el Hugo, el Huguito, que si no habla con los gatos, habla con los gorriones. Primero me pide un cigarrillo, después lo fuma apoyado contra el quiosco de revistas que está frente al bar Sorocabana, y después desaparece.
Aquí está el Pasaje Nueve Noventa, donde pagué cinco pesos para ver a una mujer desnuda de frente y de perfil. ¿Cómo te llamás, pibe? Me llamo Daniel. Vení que voy a enseñarte. No hubo caricias en aquel combate. En la radio cantaban Los Panchos. No, no concibo que todo acabó. ¿Cómo te llamás, pibe?
Aquí está. Empieza con C y termina con A. Adivinen.
Cañita. Los basquetbolistas del cuaternario cordobés tenían la cintura de una morsa, fumaban al final del primer tiempo y en su secretísima masmédula estratégica, lo que verdaderamente hacían era jugar al fútbol con las manos, sólo que el arco era redondo y estaba ubicado por encima del nivel del vertedero.
En el básquet del cuaternario, los jugadores altos no existían, porque los lungos, se sabía, eran pavos, frágiles y lentos. Menos Cañita. Cañita medía 205 centímetros de estatura, jugaba en Talleres y era frágil y lento, pero no era pavo.
Cañita era el último en bajar del acoplado (Talleres se desplazaba a bordo de un camión arenero de Los Cuatro Hermanos) y, cuando posaba sus fantásticos championes sobre la vereda, se producía el mismo silencio que cuando King Kong se enfrentaba a los aviones desde la torre más alta de Manhattan.
De todas las versiones domésticas que descansaban al pie de su leyenda, había dos que gozaban del especial consenso de la tribuna: 1) su estatura se debía a una inversión de remedios suministrados durante los años de fuego de la poliomielitis, y 2) su mamá, durante el embarazo, había visto morir una jirafa.
Pero nadie decía una palabra sobre la calidad de su juego. A veces Cañita metía un doble como quien pone una moneda en la alcancía y la gente aplaudía como si el muchacho se estuviera curando.
Una vez, en un baile de Carnaval, la orquesta de Jorge Arduh le dedicó un tango. Cañita, el hombre más alto de la ciudad, tenía los párpados pesados y los bajó un instante. Lo vimos todos. Entonces se acabó el tango.
Después Talleres dejó de tener equipo de básquet, Cañita entró a trabajar a la Renault, y nosotros crecimos empeñados inútilmente en alcanzar el nivel del vertedero. Jorge Arduh es el único que sigue jugando.
Hablen conmigo. ¿Les llama la atención, les duele como un clavo cuando ven en Chacabuco y Rondeau cómo los pibes aprenden a ser unos canallas?
¿Han notado que últimamente ya no se ve a los novios brillantes ni a los padrinos tirar manchancha, y la gloria del amor se reduce a dar una vuelta a la manzana tocando la bocina detrás de un Kaiser Carabela? ¿Están cansados del sonido de la nueva tristeza? ¿Han dejado de presentir a Dios en cada minuto del día, en cada día del año? ¿Temen haberse confundido de ciudad? ¿A veces se preguntan cómo es que les tiembla tanto el brazo? ¿Dónde fueron a parar aquellas personas vehementes e inspiradas que hablaban con total naturalidad del día de mañana? ¿Saltan sobre un pie para que caiga y sólo caen relatos de la infancia? ¿Fueron incomparables para el rifle, el fútbol, el canto, el amor y la pizza con morrones?
¿Extrañan los olores del viejo mercado? ¿Se despiertan y sienten que están girando sin querer en el círculo de los círculos? ¿Tiran del carro para afuera pero sienten que los lleva para adentro? ¿Temen convertirse en ancianos en un país que se ha quedado sin ancianos? ¿El futuro ha dejado de esperarlos, las mujeres de adorarlos, los hijos de admirarlos? ¿Levantan la linterna y no ven venir la poesía? ¿No consiguen querer de nuevo, caminar de nuevo, levantar el brazo con el puño severamente indignado? ¿Sólo existe el presente, y lo demás, inclusive pulso de mujer y viento de otoño, se han fugado?
Entonces, hablen conmigo.

