Por confiada, me robaron la cartera
Los prejuicios raciales son, en general, infundados y enturbian la convivencia. Ojalá todos pudiéramos contar anécdotas sobre la sorpresa que nos dio alguien de quien habíamos recelado. Rosa Bertino.
Una columna de la española Rosa Montero, ambientada en el comedor de una universidad germana, se ha vuelto muy popular. Paulo Coelho la recomendó de manera especial. Sin ánimo de polemizar, podríamos decir que el brasileño curte una onda muy parecida a la de nuestro Roberto Galán, quien predicaba más besos, abrazos y apareamientos como forma de mejorar las relaciones. Pobre Galán, él fue un simple animador, un "grasa" en quien nadie supo reconocer un estilo que la new age no tardaría en explotar con más rédito que un pozo de petróleo. La vida suele ser injusta. Volviendo a Rosa Montero, su columna se titula "El Negro" y cuenta lo sucedido a una alemana, quien primero se escandalizó al ver que un africano le ocupaba el lugar y comía de su bandeja; luego decidió ser tolerante y compartir el almuerzo con el intruso. Se sentó y le bajó la mitad de la comida al negro, sin que éste dejara de sonreír. Al levantarse, la alemana descubrió su abrigo y cartera en la mesa de al lado: se había equivocado de lugar. Tarde para pedir disculpas, pero no para cambiar de actitud frente a los inmigrantes subsaharianos. Si a usted esta historia le suena conocida, es porque hace un tiempo circuló una muy similar, relacionada con un paquete de galletitas y un viajero (también oscuro) sentado al lado en el avión o en la sala de embarque. Como sea, la moraleja sigue siendo válida: los prejuicios raciales son, en general, infundados y enturbian la convivencia. Ojalá todos pudiéramos contar anécdotas sobre la grata sorpresa que nos deparó alguien de quien habíamos recelado por su facha o vestimenta. Las hay, por supuesto, pero también abundan las otras. La mía, por ejemplo, sucedida en plena siesta en un modesto suburbio y mientras esperaba a una amiga. Ni iguanas había en la calle. Abrí el auto para que se ventilara y se me acercó un muchacho que buscaba una dirección. Justo a mí, que me encanta dar explicaciones. Me sacó la cartera limpita. Le supliqué que me devolviera el carné de conducir, porque me lo acababan de renovar. Me contestó: "Tomá que te lo voy a dar". Lo que más me dolió fue la mirada burlona, como diciendo "qué vieja boluda…". La línea que separa desconfianza de ingenuidad es muy delgada, y los mayores la traspasamos con frecuencia. Nos cuesta asumir el país en el que nos hemos convertido. A diferencia de los europeos, no desconfiamos del extranjero. Peruanos, bolivianos, paraguayos o coreanos tendrán sus bemoles, pero no acaparan las crónicas policiales ni los arrebatos callejeros. Nosotros solitos nos amargamos la vida.

