“No me sirvió: cuando salí, seguí robando”
Juan (el nombre es ficticio) estuvo dos años y medio encerrado en el Complejo Esperanza.
Dice que cuando salió, siguió en el mundo de la delincuencia y las drogas. "No me sirvió para nada estar en el Complejo. Cuando salí, seguí robando y consumiendo drogas", cuenta Juan.Sólo cambió cuando encontró el amor de su esposa y de su hijo. "Cuando mi mujer quedó embarazada, decidí cambiar; ella me rescató", asegura.Sobre los talleres, dice que no le sirvieron para dedicarse a ningún oficio. En los dos años y medio de encierro, no aprendió lo suficiente como para dedicarse a la electricidad o a la madera, por ejemplo. Tampoco terminó el secundario. Consiguió trabajo gracias a un tío, en una empresa que hace el mantenimiento de espacios verdes para la Municipalidad de Córdoba.Maltrato. "¿Sabés las veces que cobré ahí adentro? Millones de veces me hicieron bolsa", dice sobre el trato que recibía de los guardias, a quienes debían llamar "maestros".Además, estuvo "una banda de veces en aislamiento". La celda de aislamiento es una práctica prohibida pero común en el Complejo Esperanza, que ha sido denunciada incluso en informes de Naciones Unidas.Cuenta que un día estaba mal y se cortó los brazos. "Me doparon y al otro día me desperté en el aislado", recuerda."En general, te daban entre tres y seis días, estaba todo el día encerrado, comía adentro en una piecita donde no se podía hacer nada, sólo me dejaban salir para ir al baño", cuenta. Es decir, los guardias ni siquiera lo dejaban ir al colegio."Yo ya salí hace un par de años, pero dicen que está peor, los chicos del barrio dicen que el trato empeoró", cuenta.Añade que los guardias comían asado durante las horas de trabajo y también se alcoholizaban. "Algunos nos pegaban borrachos", dice.Además, asegura que nadie le decía qué se podía hacer y qué no. "Los maestros no te dicen nada. Aprendés de mirar; sino, te pegan. No te enseñan nada de conducta", agrega.

