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No hay ley que te asegure una vida digna

“La mayoría de la gente quiere tener una vida digna… la muerte puede esperar”, coincidieron un capellán y un médico en uno de los debates relacionados con el derecho del paciente a morirse en paz. Rosa Bertino.

19 de mayo de 2012 a las 12:01 a. m.
Rosa Bertino (Especial)
No hay ley que te asegure una vida digna

"La mayoría de la gente quiere tener una vida digna… la muerte puede esperar", coincidieron un capellán y un médico en uno de los debates relacionados con el derecho del paciente a morirse en paz. "Todas estas leyes son para distraernos… yo pretendo llegar primero a fin de mes y, después, al fin de mi vida", ironizó una mujercita mientras se hurgaba los bolsillos.Aunque una cosa no quita la otra, los tres tienen razón. En teoría, hoy podemos decidir desde el sexo, la procreación y la convivencia, hasta la forma de morir. Pero nadie nos garantiza cómo vivir medianamente bien. Ningún ministerio te asegura el funcionamiento de las herramientas que provee la democracia. En teoría, hay pleno derecho a libre expresión y circulación; a la salud, la justicia y la educación públicas. En la práctica, nadie puede impedir que los otros griten más alto y digan macanas; que corten calles o dispongan paros salvajes; que se magnifiquen la pavada y las falsas idolatrías. No hay ley que nos salve del imbécil, que suele serlo de tiempo completo y nos amarga la existencia. Festejantes El Gobierno nacional ha impuesto un clima de legislación y celebración constante, muy acorde con nuestra manera de ser. En todas partes se levantan palcos y escenarios. León Gieco y Charly García van a necesitar un reemplazo de cuerdas vocales. Multitudes alborozadas baten palmas y consideran que eso es ser feliz, al estilo Palito Ortega y aunque la dicha expire a la mañana siguiente, cuando tengan que tomar ómnibus que no pasan o se caen a pedazos, no consigan turno con el médico y el colegio privado ya les insuma un sueldo completo. País maravilloso. Durante mucho tiempo, la Argentina fue un país famoso por la (des)propor-ción entre psicólogos y habitantes. Nadie tenía tantos por cabeza, salvo Nueva York, donde la demografía y el producto bruto interno son muchísimo más elevados. En la actualidad, el extranjero que pasa por Córdoba suele "maravillarse" por la cantidad de barrios cerrados. Pero también por la de jóvenes en las esquinas, pese a que la educación es libre. Obvio, el problema pasa por otro lado y nadie lo va a tocar en una canción. A la visita, le cuesta creer que una universidad tan antigua y prestigiosa como la de Córdoba, sea gratuita. Y que, además, no implemente ningún sistema de cupos, con base en los requerimientos sociales. ¿Para qué quieren tantos psicólogos?, preguntan. O cuál es la salida laboral de tantos comunicadores y diseñadores. A esta altura, casi nadie responde con gusto. Pero está claro que el problema no es la gratuidad –que bien usada fomenta la inclusión– sino las falencias de políticas educativas o su falta de continuidad.