Mucho derecho y poca obligación
“Antes uno estudiaba o trabajaba”, enfatiza el electricista, ante el oído atento de la patrona. Rosa Bertino.
"Antes uno estudiaba o trabajaba", enfatiza el electricista, ante el oído atento de la patrona. Ambos desgranan anécdotas referidas a los pares que dejaban el colegio. Lo más común era que el padre los metiera enseguida en el taller de algún conocido, para que aprendieran el oficio. O de "chico de los mandados" del almacenero. Si era mujer, la mandaban a estudiar corte y confección u otras habilidades otrora exclusivamente femeninas. A los 15 días, uno de cada dos abandonantes estaba pidiendo la reincorporación.
El otro terminaba haciéndose de un oficio, que en general se convertía en su medio de vida. Como el electricista de marras. Pero hay un dato que no suele salir a colación: aquellos desertores habían hecho una excelente escuela primaria. Eso marca una diferencia con la realidad actual y con el polémico intento de eliminar el examen de ingreso a la escuela Manuel Belgrano, dependiente de la UNC.
Dado que el primario de las escuelas públicas y/o periféricas ha desmejorado, el sorteo vendría a ser una forma de "equiparación". Cuestión de suerte. A todas luces, el criterio raya lo absurdo: no entrará el mejor, ni siquiera el que más se esforzó, sino el que tuvo suerte. Tampoco hay noticias de que los docentes de ese y otros establecimientos universitarios hayan propuesto brindar cursos gratuitos e intensivos para aspirantes al Belgrano. No sería mala idea ni se les va a chamuscar la gloria por hacerlo.
Más bien impera la noción, muy propia de esta época, de que la "igualdad de oportunidades" se garantiza con ingresos masivos e irrestrictos, asegurando la gratuidad de la enseñanza y del boleto, proveyendo económicos apuntes con resúmenes de libros caros y tediosos y alentando la cronicidad. En ningún momento se habla de obligaciones. Sin embargo, ni la Asignación Universal por Hijo (AUH) ni la negociación de faltas y materias con tal de retener al alumno logran revertir la deserción y la sobreedad en el nivel medio. La cosa pasa por otro lado. Problema nuestro. Los opinantes en educación o salud pública terminan echándole la culpa al Estado. Este viene a ser lo que el "imperialismo yanqui", "la sociedad" y "el sistema" en nuestros años mozos. O "el Otro" de Tato Bores.
Con la misma vara, podríamos preguntar: ¿significa que el crecimiento de boliches, alquiler de cabañas, recitales de rock y uso de celulares obedece a una política del Estado? Obviamente, no. Tomemos el caso de Ana, vecina de Villa El Libertador, con 20 ejemplares años de empleada doméstica. Tanto ella como su patrona hacen lo imposible porque “el Richard y la Lorena” no abandonen el colegio.
La institución también pone lo mejor de sí. “Pura ‘tele’, ‘celu’ y ‘joda’, doñita; no agarran una carpeta ni por broma”, lloriquea Ana.
A su vez, hace rato que no se oye discutir estrategias docentes para enseñar en el actual contexto juvenil. Como si la tarea gremial se limitara a pedir aumento y disponer medidas de fuerza.

