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Más de lo que las palabras dicen

La permanente vitalidad que tienen los modismos reside en que suplen con creces una palabra o giro.

23 de julio de 2013 a las 02:00 p. m.
Más de lo que las palabras dicen

Por medio de la lengua, los seres humanos expresamos el pensamiento. Buscamos las palabras exactas para que quede reflejado nuestro mundo interior y para que nuestro interlocutor nos comprenda. Unimos términos en frases que, en su contexto, adquieren un sentido específico.

En nuestro idioma, existen los modismos, que son expresiones cuyo significado no se deduce de las palabras que las forman. Dice el doctor en Letras Martín Alonso: “Entendemos por modismo una locución popularizada, peculiar de la lengua respectiva, intraducible, inalterable y con cierto sentido metafórico. Ejemplos: A ojos vistas. Acostarse con las gallinas”.

Agrandado. "Tiene muchos humos", "tiene unos humos…", decimos con frecuencia para referirnos a alguien que se ha tornado vanidoso o, en términos más llanos, a alguien que se agrandó.

Este modismo procede de una costumbre que tenían las familias romanas distinguidas. Ellas adornaban el zaguán de sus viviendas con bustos de sus antepasados. Asimismo, quemaban incienso para venerar a los muertos y a las divinidades. Con el paso del tiempo, este humo y la intemperie oscurecían las esculturas, y aquellas casas que tenían las imágenes más renegridas representaban mayor tradición. Se consideraban más presuntuosas aquellas esculturas que tenían más humo adherido.

No es un dato menor, en este contexto, lo que es el humo en sí: es un gas con mucho volumen y color, que es impactante, pero que tiene muy poco peso y es efímero. De la misma manera, una persona que tiene humos está inflada de algo tan liviano y escurridizo como el aire.

Sobresaliente. "Ser un as" es un modismo que significa sobresalir de una manera notable. Alude al as de las barajas, que es la carta que más valor tiene en su palo, la que lleva el número uno y la que vence a las demás. Por el contrario, hace siglos, esta expresión significaba lo opuesto. Cuando a alguien se le decía que era un as, representaba una ofensa, puesto que "as" era una abreviatura de "asno".

El sentido con que empleamos hoy esta frase tiene sus raíces en la Primera Guerra Mundial. En ese contexto, los aviadores de Francia llamaban as (en francés, significa “as” de las cartas) al piloto del escuadrón que derribaba el mayor número de enemigos. La prensa española se encargó de reproducir este término y así adquirió el sentido con el que se emplea en nuestros días.

La permanente vitalidad que tienen los modismos reside en que suplen con creces una palabra o giro que el hablante entiende como inexpresivo para lo que quiere significar. Además, en muchos casos aportan un tono eufemístico (tener humos) o enfático (ser un as), es decir, ayudan a decir más de lo que las palabras dicen.