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Las que tejen a 10 manos

La alfombra de bordo es una tradición cordobesa. Esta labor conjunta se remonta a la época de la colonia, y subsiste gracias a Clarita Díaz y sus alumnas. Cada pieza demanda un año, dos, o parte de una vida. Pero dura para siempre.

30 de junio de 2013 a las 09:13 a. m.
Rosa Bertino (Especial)
Las que tejen a 10 manos
“Orfebres” de la lana. Su muestra llena la planta baja del Cabildo. Adriana Bigoni, Mónica Quevedo, Teresa y Clarita Díaz Cardeilhac rodean a su maestra, Clara Díaz Crespo (segunda de la izquierda) | (Ramiro Pereyra/La Voz).

A las alfombras de bordo hay que verlas para creerlas. Antiguamente conocidas como “alfombras de altar”, son piezas refinadas y rústicas a la vez, absolutamente bucólicas. Cada una está habitada por rundunes, hortensias o clavelinas; loros, tortugas o cardones; por el recuerdo de la infancia y las vacaciones en el campo. Tienen mucho del norte cordobés, tan recóndito y santiaguino. El tamaño las habilita para cubrir una cama o un mueble, pero ahora se les da un uso eminentemente decorativo.

El que las ve, queda impresionado por su belleza… y por el laburo. “Antes sobraba tiempo y hacía frío; había que entretenerse, y abrigarse”, elucubra Clara Rosa Díaz Crespo, más conocida como Clarita Díaz. Esta “niña” cordobesa se ganó el reconocimiento nacional e internacional por mantener una tradición que se hubiera extinguido sin remedio. Un tapete puede llegar a demandarle “unas 1.500 horas de trabajo”.

Multiplicado por una docena, o más, nos da media vida dedicada a esta artesanía.

Una mano arriba, otra abajo. Por sus proporciones y características, hacen falta varias manos para completar una alfombra de bordo. Nunca menos de cinco, o seis. La autora es una; las demás se rotan para sostener el cañamazo, orientar, alentar. Diez ojos ven mucho más que dos. "En mi casa siempre había una canasta con merenguitos, para retribuir a quienes se acercaban con ideas o a bordar", rememora Clarita, en alusión a la Estancia de Maza, entre Ischilín y Cruz del Eje. Allí produjo lo mejor de su obra.

Magníficamente desplegadas en el Cabildo, las alfombras devenidas tapices son admiradas por un público que, en general, desconocía su existencia.

Clara Díaz presenta a sus discípulas, Adriana Bigoni, Mónica Quevedo, Teresa y Clarita Díaz Cardeilhac. Mercedes del Solar arriba más tarde. Según sus tenaces hacedoras, las alfombras no exigen habilidad especial, sino paciencia e instinto gregario. “Hay que poner una mano arriba y otra abajo (del cañamazo) y pasar la aguja o un alambre anudado con lana”, instruye Clarita.

No todas las alfombras llegan a formar parte de una exposición. Las menos vistosas quedan en la casa, en algún altar. Lo importante es que han sido bordadas a coro, y que unen siglos de historia. Sin duda, esta práctica desembarcó con los españoles, por cuyas venas ya corría sangre morisca. Aunque no hay referencias precisas, al parecer sólo en Perú, Bolivia y centro de Argentina se arraigó la hechura del bordo.

No tiene nada que ver con el telar, ni con otras disciplinas textiles. Es la manera local de decir “borde” o “reborde”, o aludir a una sobreelevación.

De Cárcano a Infante. Las alfombras se tejían en las casonas solariegas, para llenar las siestas interminables o amenizar los atardeceres. "Y porque con algo había que taparse", insiste Clara Díaz. Pero las monjas, en particular las Catalinas, le enseñaban a sus pupilas, que provenían de hogares más humildes. "Ramón J. Cárcano valorizó las artesanías criollas", subraya Clarita. En sus libros, Efraín Bischoff y Víctor Manuel Infante hacen referencia a la Escuela-Taller de Tapices y Puntillas Coloniales, fundada por el gobernador cordobés, y a una muestra de 1916. Décadas después, Infante "redescubre" las alfombras, cuando ve una en las escalinatas de la Catedral. Don Víctor la colgó en el Museo Tejeda. Por entonces, ya conocía los trabajos de Clara Díaz, Mercedes Pizarro y Amalia Garlot.

En 1978, el Tejeda monta la Primera Exposición de Alfombras de Altar “de todo el país”.

El escritor Manuel Mujica Lainez, que vivió en Cruz Chica y frecuentaba la sociedad cordobesa, fue el primero en posar ojos porteños sobre una alfombra de bordo. Quedó fascinado. “Manucho” abrió las puertas de Buenos Aires y Clara Díaz hoy tiene más seguidoras allá, que acá.

Ya expuso en el Museo de Arte Hispanoamericano Isaac Fernández Blanco, y en el de Arte Decorativo. Recién ahora tiene la consagración cordobesa, con la muestra en el Cabildo. Una veintena de tejedoras despliegan allí sus alfombras, refugio de la Historia, elogio del trabajo manual.

La práctica de la alfombra de bordo desembarcó con los españoles, por cuyas venas ya corría sangre morisca

Aunque no hay referencias precisas, al parecer sólo en Perú, Bolivia y centro de Argentina se arraigó la hechura de este tipo.