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La versión oficial de uno mismo

A veces dan ganas de ser un transgresor y probar, por ejemplo, una ensalada de frutas con durazno.

17 de noviembre de 2013 a las 01:45 p. m.
La versión oficial de uno mismo

La vida en versión oficial no es fácil. Para empezar, no se puede comer una ensalada de frutas completa. Así lo recomendó el viernes la Secretaría de Comercio Interior de Guillermo Moreno. El motivo: el alto precio de duraznos, pelones, damascos, ciruelas, uvas y cerezas.

Ya era bastante aburrido comer una ensalada de fruta con 60 por ciento de manzana, como la suelen preparar en bares y restaurantes. No quiero pensar ahora.

Ser un ciudadano oficial requiere también gastar casi siete pesos al día para comer. Es una pena que sea tan poco, porque según el Indec mi sueldo aumentó, en porcentaje, el doble que la inflación. A este ritmo, el año que viene viajo un mes a Europa y compro una 4x4.

De todos modos, yo como por siete pesos al día. Cuesta un poco de esfuerzo, porque hay que amasar el pan según las recetas de “Pimpi” Colombo, la subsecretaria de Defensa del Consumidor. O, en todo caso, hay que dirigirse hasta el punto de distribución del molino más cercano para comprar la bolsa de harina al precio oficial.

No es para tanto, teniendo en cuenta que para conseguir los productos que me permiten comer con siete pesos al día, suelo viajar seguido al Mercado Central de Buenos Aires.

No es tanto problema si voy en el tren Córdoba-Retiro a precio subsidiado (50 pesos), aunque tardo unas 20 horitas.

Y si no, averiguo el cronograma de visita de los camiones con “Pescado para Todos”, “Milanesas para Todos”, “Lácteos para Todos” y “Ropa para Todos”, listo para seguirlos y hacer la cola. Hay que estar atento.

Hasta el mes pasado, también me paraba en la puerta del súper a esperar a alguna de las células dormidas de “Mirar para Cuidar”, a ver si así podía comprar a los precios sugeridos en el acuerdo de los 500 productos congelados, que en Córdoba eran unos 300 pero que de todos modos costaba bastante identificar.

Confieso que a veces me lleva tres días enteros cocinar a siete pesos por jornada, por lo que al final me confunde un poco saber para qué día estoy cocinando, si me toca comer esa comida en ese momento o si estoy preparando una que debería haber comido el día anterior.

Ser un ciudadano oficial también aplica con la canasta popular de útiles de 54 pesos, adquirida en febrero pasado aunque casi destruida por el uso a fines de marzo. Mis hijos tienen prohibido gastar los lápices o perder la goma de borrar. Para no decepcionarme, uno de ellos empezó a escribir con el carbón que sobra del asado.

A veces dan ganas de ser un transgresor y probar, por ejemplo, una ensalada de frutas con durazno. Pero no me dejo caer en la tentación. Hay que dar el ejemplo.