La gente buena no viene con repuestos
Por desgracia, los buenos son los menos.
El año pasado, una pasante colombiana dejó sin respuesta a un docente de la Blas Pascal. Quería saber por qué nos quejamos tanto y si es una cuestión genética. "Yo vine a la Argentina creyendo que era una característica de los porteños, pero me encuentro con que los cordobeses también se quejan, todos, de todo, todo el tiempo", precisó la bogotana. Al rezongo lo hemos naturalizado, como se dice ahora. "La cosa es más bien hormonal", rumió el profesor para sus adentros, con una lógica típica de los 40 años. Luego se dio cuenta de que la mayoría de su entorno tiene buen sexo, pero igual anda dando manotazos al aire.
En la juntada con amigos, hizo un rápido sondeo para saber qué o quién podría mejorarles la calidad de vida. No le sorprendió que coincidieran en que la camaradería laboral, y una buena vecindad, importan tanto como cama, comida y plata.
En cambio, los compañeros de trabajo y los vecinos son un designio divino... o un fatalismo social.
Suena el timbre. A la injusticia local y mundial, el derrame de petróleo y los cortes de tránsito, no los vamos a solucionar. Montones de cosas nos exceden. Si encima hay mala onda en la cuadra, estamos fritos. A riesgo de que esto se convierta en una columna de Edgardo Litvinoff, convengamos que nada te levanta tanto el ánimo como el vecino que tiene la vereda limpia, junta la caca de su perro, no anda a los bocinazos, sonríe como si alguien lo estuviera filmando y no es un quejoso profesional. Y sólo toca el timbre para recordar dónde se junta ropa y alimentos para la Villa Tal o el Paraje Cual, y el donante será recibido con mate, charla y pasta frola. Con eso basta y sobra.
Por ahí viene un plus inesperado, como las señoras mayorcitas que están ensayando Chicago , a las órdenes del "Lalo" Nores, en zona fronteriza y dando muestras de confraternidad. El estreno obligará a rozarse con los de "allá abajo", cerca de la casa parroquial. En una de ésas, nos va mejor de lo esperado. Las abuelas en calzas negras los dejarán tan absortos que no se les ocurrirá hacer otra cosa más que mirar.
Un vacío aquí. Por desgracia, los buenos son los menos. Y vinieron sin repuesto. La partida de uno de ellos deja un hueco enorme, como el tronco del árbol que nadie se preocupó por reemplazar. "Así desearía morir yo, como Daniel Allende, querido por todos", lagrimeó el quiosquero. Llevaba más de 50 años viviendo en el mismo barrio, donde lo conocían y lo querían hasta las piedras. Fue el médico y el cirujano de medio mundo, desde el cartonero al colega; conservaba la cerca tan limpia como el alma; nunca le faltaba tiempo para una consulta o una conversación; jamás llamó para reprochar o pedir, sino para preguntar en qué podía ayudar. Daniel Allende murió tranquilamente el 20 de junio, Día del Padre y de la Bandera. Justicia poética. Lástima que se perdió Chicago .

