Hoy, piratas somos todos
Salir rajando del trabajo o de donde sea; treparse a un colectivo a Buenos Aires; tomar otro de vuelta, rogándole más al dios de la UTA que al de la lluvia, para que no haya paro de transporte. Volver somnoliento al trabajo, o a donde sea, pero con la satisfacción de haber visto el magnífico show de Roger Waters. Rosa Bertino.
Salir rajando del trabajo o de donde sea; treparse a un colectivo a Buenos Aires; tomar otro de vuelta, rogándole más al dios de la UTA que al de la lluvia, para que no haya paro de transporte. Volver somnoliento al trabajo, o a donde sea, pero con la satisfacción de haber visto el magnífico show de Roger Waters. "Decime, nene, ¿ése no es el que cantaba we don't need no education …?", arriesga la sexagenaria progenitora, arrastrando los pies como el robot de Metrópolis.
El filme mudo de Fritz Lang que inspiró parte de la movida de las décadas de 1970 y 1980 vaticinaba una sociedad de masas, homogénea y robotizada. Pocos están dispuestos a reconocer hasta qué punto acertó Fritz Lang, y menos a asociarlo con uno de los tantos y multitudinarios encuentros deportivos o audiovisuales.
"Ese" Roger Waters. Efectivamente, es "ese" Roger Waters. La señora no entiende cómo un músico que en los '80 ya sonaba medio reiterativo puede estar tan vivo como para dar nueve recitales al hilo en Buenos Aires.
Pero más le importa averiguar cuánto gastó el nene. La cifra casi la voltea: ¡800 pesos! Tras la discusión, a la madre le quedó claro que “esta juventud” no tiene futuro… porque no le hace falta. Total, presente tiene de sobra. Ella debía ahorrar para ir al cine o comprarse un long play (LP) de Elvis Presley y conoció Buenos Aires en su luna de miel. El chico se queda pensando en que nadie entiende a los viejos.
Internet y después. La señora sentía curiosidad por saber qué les dan a los Mick Jagger, los McCartney, los Roger Waters y otros mayorcitos para que se sigan trepando a un escenario y vendiendo entradas. La respuesta es evidente: les dan plata, mucha. Casi la misma que antaño ganaban sin tener que trabajar tanto, cuando existía una industria discográfica. Internet terminó con eso. Es increíble la naturalidad con que hijos y nietos entran en sitios como Cuevana para bajar (gratis) películas sin estrenar.
La lucha entablada por los entes reguladores y los propios estados contra la piratería electrónica está perdida de antemano. Una enorme masa de usuarios cree que piratear o hackear no tiene nada de malo. Aun así, hay países y países. Esta semana, en Chile detuvieron al gerente local del mencionado portal argentino. Tiene 26 años, edad ideal para estar convencido de que todo lo que quiera está o le estará permitido. Hay que ver cómo los mayores se prenden de esa postura, acaso sin importarles la cantidad abrumadora de pornografía o pedofilia que se mueve por Internet. Pero somos libres, ¿no? Sobre todo para consumir.

