"Hay que cambiar de actitud, no hay que llamarlos delincuentes"
Ladrón es secretario de la Pastoral Penitenciaria. Este viernes, más de 100 religiosos y numerosos laicos participarán del VII Encuentro Nacional de Pastoral Penitenciaria.
El padre Javier Ladrón de Guevara (50) se atusa la larga barba y se anticipa al chiste que, forzosamente, relaciona su apellido con su profesión. “Todo el mundo me conoce como ‘el cura Ladrón’... estaba cantado que terminaría en la cárcel”, asume con una sonrisa.
Siempre se lo ve de buen humor. O sabe disimular los reveses que supone el trato continuo con internos. “No me cuesta nada cumplir con mis obligaciones”, enfatiza el sacerdote. “Al contrario. Y, si es por ‘miedo’, más le tengo a los que están afuera que adentro”, añade.
Su tarea específica es la contención espiritual de 300 y pico de menores alojados en los siete correccionales que hay en Córdoba. La viene realizando desde hace una década y media, con “innúmeras satisfacciones”.
Pero Javier Ladrón también es el Secretario Ejecutivo de la Pastoral Penitenciaria, que abarca a las 26 diócesis de la Iglesia Católica en Argentina. Hoy por hoy, se halla plenamente abocado al séptimo encuentro nacional, que se desarrollará desde el viernes próximo hasta el martes en el Convento de San Alfonso, Villa Allende, bajo la advocación “Tengan los mismos sentimientos que Cristo”.
El objetivo pastoral, a muy largo plazo pero inquebrantable, es cambiar la actitud de la comunidad hacia el preso y del preso hacia sí mismo. “Tenemos que reencontrar el camino, ya no para nosotros sino para las futuras generaciones”, coinciden Ladrón, el capellán en Bower, Andrés Toledo (41) y decenas de voluntarios que asisten en las cárceles.
Desde la experiencia, coinciden en que la parte humana, e incluso la religiosa, es la que rinde mejores frutos. “Dios funciona muy bien en la cárcel porque hay una enorme necesidad de su presencia”, explica Toledo. Este y otros aspectos de la actualidad social y criminológica serán abordados en el próximo cónclave. Sobre eso hablamos con Javier Ladrón de Guevara.
“Vendrán más de 100 colegas, de las 26 diócesis que hay en Argentina, todo un número para nosotros. No participarán evangélicos ni otros credos, porque no es una reunión interreligiosa sino diocesana”, dice entusiasmado.
Cuenta que compartirán experiencias que muestran que “es posible dialogar y tener los mismos sentimientos de Cristo con respecto a ladrones, prostitutas y tantos seres despreciados por la sociedad”.
–¿Cómo se hace para dialogar con un delincuente?
–Por empezar, no diciéndole “delincuente”. Hay que cambiar la actitud, tomando como partida un cambio en el lenguaje. Nosotros les llamamos “personas privadas de la libertad” o “hermanos”, simplemente. El desafío es pensar y decir distinto.
–Un cambio de sustantivos no alcanza para revertir el continuo auge del delito y el temor que esto genera...
–Por supuesto que no. No se trata de filosofar ni de teologizar. Pero el mundo de la encarcelación no es bello ni florido sino todo lo contrario, y tampoco soluciona nada. Esta realidad también es estadística pura. Las cifras muestran no sólo el auge de la violencia callejera o de los delitos contra la propiedad. Están mostrando que la prisión no surte el efecto que la sociedad espera de ella. A esta altura, creo que todos lo sabemos. Pero no somos capaces de revertir la situación. Es un proceso muy largo, que parte de una verdad absoluta: sólo el amor corrige. Dios hizo el mundo sin cárceles.
–¿Qué habría que hacer, entonces?
–Es tan obvio, que hasta me da apuro decirlo. ¿Quiénes pueblan las cárceles? Los vulnerables; son los únicos que terminan entre rejas. El médico mendocino Abel Albino tiene un estudio que incluso detecta cuántos hermanos internos han sufrido desnutrición infantil. Ahora dígame cuánta gente rica y bien alimentada está presa. Hay que trabajar antes del delito, y mucho. Y, cuando se produce, no pensar en “castigo” sino en resocialización.
Conductas fructuosas
–¿No hay programas suficientes?
–Mmm... No hay continuidad o no hay recursos. Es raro que ambas cosas se den juntas. ¿Cómo puede rehabilitarse una persona que no tiene trapo de piso ni lavandina para higienizar su celda? Si sabemos que las rejas no paran nada, ¿qué estamos haciendo para prevenir el delito? Por ejemplo, ¿quién se ocupa de las familias de los internos? ... Lo que estos “perciben” suele ser su única o principal fuente de ingreso. Esos grupos familiares quedan a la deriva. No debería sorprendernos el grado de reincidencia, ya que corre parejo con el rechazo de la sociedad al ex convicto.
–Un colega suyo, capellán en Bower, asegura que "Dios, y la escuela funcionan muy bien en la cárcel" .. .
–(Risas) ¡Tal cual! No sirve dar sólo malas noticias, sobre todo habiendo buenas. Hace tiempo que venimos viendo un cambio muy paulatino, pero sostenido, en el servicio penitenciario. Hablo por Córdoba, desde luego. Aunque siempre hay que estar con el ojo atento, para evitar abusos, debo decir que los hermanos privados de su libertad son tratados con más respeto. Son considerados “personas”. Y los familiares que vienen a visitarlos. También hay que destacar el éxito de los programas educativos. Las maestras que designa el Ministerio cumplen una excelente faena.

