Gratuidad con excelencia
¿Por qué las escuelas de gestión estatal no logran convencer a los estratos sociales medios, a pesar de que recuperaron terreno en cuanto a recursos y desempeño?
Desde hace ya un tiempo, las familias de clase media argentinas aspiran a la educación privada para sus hijos. Es curioso, pero la escuela pública no logra demostrar a los sectores sociales más acomodados que la educación gratuita es una opción.
La millonaria inversión que se viene realizando en los últimos años en las escuelas estatales no seduce, en primera instancia, a quienes pueden pagar una cuota. Sólo la consideran como una segunda opción cuando el estudiante fracasa en la privada o es excluido por problemas de conducta.
La calidad académica y la conformación social del alumnado son los principales argumentos que se esgrimen en relación con la elección. Los colegios de doble escolaridad suelen resolver, también, las cuestiones domésticas de padres “hiperocupados”.
Al tema habría que analizarlo desde una perspectiva más sociológica que educativa. Es que las instituciones públicas no sólo deben lidiar con el cambio de paradigma pedagógico, sino que se enfrentan con realidades sociales dramáticas.
Y si bien es cierto que el rendimiento en las pruebas estandarizadas suele ser mejor en alumnos de colegios privados, la diferencia está lejos de ser abismal. Los estatales, además, muestran mejoras significativas en los índices de repitencia en los últimos años, en relación con las privadas. Aunque, eso sí, siguen siendo altos.
Entonces, ¿por qué las escuelas de gestión estatal no logran convencer a los estratos sociales medios, pese a haber recuperado terreno en cuanto a recursos y desempeño? ¿Por qué la apuesta de las estatales a la equidad, a la accesibilidad y la inclusión (rasgos que algunos establecimientos privados no asumen) no son apreciados como valores?
Podríamos arriesgar que la brecha entre la base y el extremo de la pirámide social está intacta desde hace décadas. Parece, también, que los colegios públicos –a los que asisten siete de cada 10 alumnos en Córdoba– se mantienen en el imaginario social como “escuelas para pobres”, aunque no siempre lo sean.
No obstante, se advierte un deseo de gratuidad con excelencia que se refleja en la cantidad de aspirantes anuales a los colegios preuniversitarios y a los provinciales que se han ganado prestigio.
Así las cosas, con una imagen devaluada de la educación pública, los privados siguen siendo la meca en distintos estratos sociales. Es el caso de familias de sectores vulnerables que invierten en un colegio privado, aunque deban destinar la mitad de su salario a un arancel.

