Filmar acá películas de acá
El director de la exitosa "De caravana", Rosendo Ruiz, ya un hito en la historia del arte y la cultura de Córdoba, esperó con paciencia la oportunidad de un primer largometraje.
Asaba pollos, los condimentaba; freía papas, empanadas; empaquetaba, cobraba. Lo hacía todos los días desde que había llegado a Córdoba, a los 14 años. Pero ya tenía más de 30, y un sueño que parecía demasiado a contramano: filmar películas; filmarlas aquí y, además, que fueran de aquí. Menuda quimera la de Rosendo Ruiz.Se había recibido de licenciado en Cine en la Escuela de Artes de la Universidad Nacional de Córdoba. Aunque el camino de la realización, como en tantas cosas y desde hace tanto tiempo, conducía a Buenos Aires. Rosendo se rebelaba. "Por qué, por seguir una vocación, tengo que irme y dejar mi familia, mis amigos, mi gente. No es justo que uno se parta así", refunfuñaba en esos días, mientras juntaba más bronca.Pero una brisa silenciosa ya estaba agitando las pantallas cordobesas y argentinas. "Y te saliste con la tuya, nomás", le dijo Mina, una de esas muchas tías con sus caras marcadas por el tiempo que estuvieron junto a él cuando llegó a San Juan con De caravana bajo el brazo. "El sanjuanino que vuelve con una película", decía uno de los diarios de la capital provincial.En la proyección estuvo presente una legión de parientes y tantos de sus vecinos y amigos de la infancia, es decir, aquellos que en las noches de verano que se reunían en la calle frente a la casa de los Ruiz (General Acha 88 de barrio Sarmiento, en Chimbas) para ver las imágenes que Rosendo lanzaba sobre la lona blanca con que su padre cubría del garaje contra el malhumor del viento zonda.No eran imágenes animadas, pero sí contaban historias: "A mí siempre me gustó mucho dibujar. Tomando a personajes como Don Gato, Scooby Doo, contaba mis propias historias. A los 10 años me construí un proyector de madera que tenía adentro una luz y una lupa. Entonces empecé a dibujar mis historias sobre cintas de máquinas de escribir, y las pasaba cuadro por cuadro. Sobre esa tela se veía espectacular", recuerda Rosendo.En esos días, imaginaba un futuro de hacedor de películas animadas. Mientras tanto, junto a los chicos del barrio era uno más de los que jugaban a la pelota hasta que la luz del sol se apagara sobre el campito. Además, casi desde que se recuerda niño, como sus tres hermanos mayores (Roberto, Nury y Betty), ayudaba a su padre en su fábrica y reparto de soda. Lavar los sifones, rellenarlos y también repartirlos eran sus tareas.Hasta que un día, el siguiente al que Rosendo cumplió 14, Roberto y María Angélica, sus padres, decidieron marcharse a Córdoba con toda la familia.Telón para la infancia. Empezaba otra escena. Fiebre de cine en Córdoba –¿Alguna vez llegaste a dejar de pensar en que un día harías películas? –Nunca. Cuando terminé la Escuela de Cine empecé a hacer teatro en La Cochera. No sólo era una manera de canalizar la energía, sino de aprender, porque en la escuela prácticamente no había formación actoral. Mi objetivo final no era el teatro sino el cine. El cine atrapa de distintos modos, como por ejemplo, desde el punto de la fotografía. Para mí la creación de personajes es lo que más me atrae. –Fue en La Cochera donde conociste compañeros importantes en tu ruta, como "el Laucha" (Gustavo Almada, que encarna a uno de los personajes más importantes de "De caravana"). –Sí, armamos un grupo con el que comenzamos a filmar en un set que montamos en mi casa de Saldán. Hicimos Una manga de negros , un mediometraje que se estrenó en 2005 con el que participamos de varios festivales, como Mar del Plata, Texas, Florianópolis. Filmábamos los fines de semana durante tres meses. –No sólo estaba allí la semilla de la película, sino también, de algún modo, la credencial que la haría posible. –El proceso de De caravana fue largo. Tenía un presupuesto de alrededor de un millón de pesos. El Instituto de Cine (Incaa) declaró el proyecto de interés, pero el dinero nos lo darían cuando termináramos la película. El gobernador Schiaretti nos apoyaba, pero nosotros tuvimos que elaborar el plan de fomento que se articulara con el Incaa. Nosotros, digo, por los otros dos proyectos cordobeses, Hipólito y El invierno de los raros (dos largometrajes cordobeses que también vieron la luz en 2011). –A mediados de la década pasada, ya era evidente la intensidad de la actividad audiovisual en Córdoba. Faltaban estos pasos. –Estaba explotando la olla. Se habían hecho muchos cortos y mediometrajes y varios habían ganado premios, incluso internacionales. Entonces, entre la Secretaría de Cultura de Córdoba y el Incaa organizaron unas clínicas para capacitar en la realización de largometrajes. "Esta es la nuestra", dijimos. Mientras tanto, no habíamos dejado de ensayar para encontrar los personajes de la película. –¿Por qué antes no se podía? ¿Porque el Incaa no le llevaba el apunte al interior o porque el interior no estaba en condiciones? –La vez que nos llamaron del Instituto para que defendiéramos nuestro proyecto ante un jurado, alguien de la producción nuestra dijo algo del interior postergado. Uno de los jurados nos respondió: "¿Alguno ha visto alguna vez un cartel que diga: 'Prohibido presentar proyectos de gente del interior'". Sonó pedante, claro, pero también sentí que tenía parte de razón, que un poco el problema era nuestro. Es como si alguien en Cruz del Eje dijera: "Los únicos que filman son los de Córdoba Capital". La estructura aquí también es centralista, pero no te podés quedar esperando que te vayan a buscar. –De todos modos, ahora el clima parece distinto. –Se está viendo una mayor federalización. Ojalá que no se corte. Incluso en este momento hay nuevos proyectos cordobeses que ya ganaron el concurso del Incaa y que están a punto de salir. El otro día me pasaban el dato de que de unos 25 mil estudiantes de Cine y artes audiovisuales que hay en el país, unos cinco mil están en Córdoba. Es impresionante. Claro que viene mucha gente de otras provincias. –"Filmar acá películas de acá", ¿es también la bandera de tus próximos proyectos? –Claro, la idea no es sólo hacer películas en Córdoba sino que hablen de Córdoba. No se trata de hacer muchos planos de un auto pasando por La Cañada, es decir, una película turística. Pero sí, por ejemplo, mostrar espacialmente la ciudad. El cine es hermoso no sólo porque te cuenta una historia sino que también te muestra una cultura. A través de películas coreanas, chinas, iraníes, uno se puede asomar a otros mundos... –Y así como están las cosas, le gente conoce más de las costumbres y ciudades de los estadounidenses... –Yo conozco más de Nueva York que de Mendoza, y eso que soy sanjuanino. Es una vergüenza que pase eso. –Ese es el cine como instrumento de dominación. –De la producción mundial de cine, Estados Unidos realiza el seis por ciento; sin embargo, se queda con el 90 por ciento de la oferta. Por ejemplo, hace unas semanas El Gato con Botas entró al país con 290 copias, es decir, con una potencia avasallante. Casi ya no llegan películas francesas, alemanas, italianas como antes. Pero no sólo pasa acá, por ejemplo en Toulouse, Francia, he visto la cartelera copada. –Esa prepotencia hace que la mayoría se acostumbre a un lenguaje narrativo, y después se aburra con las demás propuestas. –Es así. A mí no me gusta el cine norteamericano: mucho plano, mucha música, mucho montaje. Te ponen el primer plano de una cara y de fondo un violín que te hace emocionar. Trata de llevar de la nariz al espectador. Para mí el cine no es eso, sino un arte que te invita a dialogar, que da espacio para el espectador. –En "De caravana" usaste muchos planos secuencia (en continuidad, sin cortes), que exigen más del actor y de la cámara, una marcación más jugada. –Yo buscaba la película ahí, en las escenas. Otros prefieren buscarla en la edición. Fue un riesgo que decidimos correr. Tampoco usamos música extradiegética o ambiental. La música que se escucha es la que proviene de los lugares donde transcurren las escenas.
–Todavía hay mucha gente que tiene prejuicios sobre el cine argentino, sobre todo frente al que no es hijo de producciones millonarias. ¿Cuál creés que ha sido la clave de tu película?
–En el Instituto nos decían: “¿Cómo hizo una película independiente cordobesa para llevar 20 mil espectadores con sólo tres copias? Cualquier director porteño haría un pacto con Belcebú”. Creo que la gente se comió el amague de que no era cine argentino sino cine cordobés. Como si se tratara de algo nuevo. Bah, a lo mejor es sólo mi fantasía...
De caravana no pasó y se fue, sino que regresó a los cines porteños, recogió más atención y mejores críticas, e incluso volvió a un par de salas cordobesas. Superó los 30 mil espectadores, toda una cifra para una película amasada durante años sólo de sueños. Incluso, los buenos comentarios vinieron en festivales internacionales.
Rosendo Ruiz (44 años) vive en Alberdi con Inés Moyano, su compañera y socia en la productora El Carro, y el pequeño Alejo. Y casi todos los días de su vida sigue tomando parte del curso de “La Rueda”, el delivery ubicado en bulevar San Juan y Mariano Moreno, la segunda sucursal de un puñado de comedores con los que soñaba su padre. Desde hace unos años, al lado abrió un pequeño cineclub, Cinéfilo, donde todos los días a las 20 se proyecta una película y luego se debate. “Aprendí más aquí, que con todos mis estudios”, dice.
Todavía asa y condimenta pollos; fríe empanadas; empaqueta o cobra. Nunca, desde que ayudaba en la sodería, dejó de trabajar en los emprendimientos familiares. Aunque ahora puede tomarse el tiempo de viajar a algunos de los lejanos lugares a los que lo invitan, mientras se deja entusiasmar por nuevos sueños, pues ya sabe que se pueden ver ciertos en una sala a oscuras.
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