Europa las quiere destapadas
No hay caso, la condición femenina maneja la agenda. La mujer es parámetro de libertad, o de falta de ella. Rosa Bertino.
En la franja sexagenaria y algo más, todavía hay gente que cree o dice vivir en el "Mundo Libre". El término surgió allá por los años 1950, con la Guerra Fría y en contraposición a los países de la "Cortina de Hierro". Lo que son las cosas En aquella época, los musulmanes no existían para nosotros. Emergieron a partir de los enfrentamientos israelíes con naciones o coaliciones árabes, de 1967 en adelante. Más todavía con las Guerras del Golfo, sucedidas a partir de la década de 1980, con directa o indirecta injerencia norteamericana.
La introducción busca saber cuándo el Islam pasó a ser la mala palabra que reemplazó a comunismo. A ese credo pertenecen más de mil millones de personas. Son musulmanes, que significa "someterse completamente a Alá". En general, las mujeres usan un pañuelo o chador. El velo islámico resurgió a medida que se sentían hostilizados.
En el siglo pasado, y antes también, muchos hambreados o perseguidos marcharon a Occidente. Porque les queda más cerca, o porque tienen conocidos allí, lo cierto es que el éxodo hacia Europa aumentó hasta convertirse en un grano para naciones que habían conquistado el laicismo. Esto es, separar al Estado de la religión, que bastante les había hecho padecer en el pasado.
Mujeres ¿machistas? Nunca imaginó, el "Mundo Libre", lo que iba a ocurrir. Francia y Bélgica ya tomaron severas medidas en contra del uso de la burka y el nikab, no sólo en colegios y establecimientos sino en toda la vía pública. Es una severa restricción a la libertad individual. Las multas pueden ascender a 130 euros y una semana de prisión. Ambas prendas cubren a la mujer de pies a cabeza, dejando una mirilla a la altura de los ojos. Aunque el mandato es ancestralmente masculino, ellas las usan porque quieren. La franco-iraní Kenza Drider admite que debió imponerse a sus hijos y marido, cuando quisieron impedirle que "saliera así a la calle". No obstante, no pasan de dos mil las activistas que se visten así en Europa.
No hay caso, la condición femenina maneja la agenda. La mujer es parámetro de libertad, o de falta de ella. La explicación europea es que arropadas e inidentificables son inseguras para el resto, y para sí mismas. No dicen nada de los peinados flogger, que dejan sólo un ojo expuesto. Tampoco de las tribus urbanas cuyo uniforme consiste en babuchas, bufandas y camperas con capucha.
El problema es otro, obviamente, y no lo vamos a discutir acá. Aunque cada cual debería poder quedarse y ser feliz donde están sus raíces, la cuestión religiosa es apenas un tamiz. Pero que nadie piense que las damiselas semidesnudas, que abundan en nuestras veredas y revistas, son un emblema de la superioridad occidental y cristiana.

