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Esto recién comienza…

Este compromiso no se terminó el 15 de julio de 2010, sino que se nos impone con urgencia dadas las innumerables necesidades que aún tienen algunos miembros del colectivo LGTB en nuestro país.Eduardo Mattio.

16 de julio de 2010 a las 12:01 a. m.
Eduardo Mattio*
Esto recién comienza…

Para muchos miembros del colectivo LGTB en la Argentina, julio de 2010 permanecerá arraigado en la memoria por muchos motivos.

Será el mes en el que muchos constatamos con dolor que vivíamos en una comunidad quebrada, sorpresivamente ajena, donde ciertos sectores sociales, presos de un temor casi ancestral —ese que llamamos homofobia—, expresaron sin empacho muchos de los prejuicios que tenían para con nosotros. Con diversos argumentos —religiosos o seculares— numerosos conciudadanos insistieron en la necesidad de reconocernos una ciudadanía diezmada.  Algunos de ellos marcharon contra nuestras demandas; otros escribieron, se organizaron, juntaron firmas, se expresaron públicamente a favor de una idea de familia en la que no hay lugar para nosotros ni para nuestros hijos. En todos los casos, aseguraban que nos respetaban, pero desconocían que pudiéramos aspirar a ciertos niveles de igualdad en razón de nuestra diferencia.

En el mejor de los casos, aunque admitían que es preciso reconocernos ciertos derechos —en algún sentido, los menos urgentes, los contractuales—, desconocían nuestro deseo de fundar nuestras propias familias y de recibir del Estado la protección que merecen; o mejor, eliminaban de palabra la existencia efectiva de aquellas familias que ya hemos formado —por cierto, no muy diferentes de las suyas.  Será el mes en el que sentimos más de cerca lo que significa ser un apátrida o un desclasado.

Como los judíos obligados a llevar una estrella amarilla en el pecho o como los negros que debían permanecer en el sector trasero del colectivo, o sin ir más lejos, como las travestis que en nuestro medio son expulsadas desde pequeñas del seno familiar, son maltratadas por la policía, o no tienen pleno acceso al sistema educativo o al servicio de salud públicos; como todos ellos, de pronto, probamos en la carne que parte de nuestra comunidad nos desconocía.

Pese a eso, julio de 2010 también será asociado en nuestra memoria a otros recuerdos más gratos. No sólo al de haber accedido a una canasta de derechos civiles que ya merecíamos. Será también asociado a una experiencia de crecimiento político, impaciente y vigoroso, de todo el movimiento LGTB local, que no sólo redunda hoy en el esperado reconocimiento de muchas parejas y familias homoparentales verdaderamente existentes. Será vinculado a la solidaridad imprescindible de muchos compañeros y compañeras de otros movimientos sociales, a la discusión genuina de la pertinencia y alcances de nuestras propias agendas políticas, al sacrificio de muchos compañeros y compañeras que desde la primera hora vienen luchando por la satisfacción de estas demandas.

En fin, será unido además a un compromiso que no cesa el 15 de julio de 2010, sino que se nos impone con urgencia dadas las innumerables necesidades que aún tienen algunos miembros del colectivo LGTB en nuestro país. Aún son muchos los compañeros y compañeras transexuales, travestis, transgéneros, gays, lesbianas y bisexuales que no solo carecen de algunos derechos civiles o sociales elementales, sino que están privados del “derecho a tener derechos”. Por todo eso, por lo que todavía nos espera, está claro que esto recién comienza…

*Profesor Asistente en la Facultad de Filosofía (UNC), miembro de Alternativa LGTB.