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El saxofonista de la peatonal

"Carmelo" Giordano llegó de Italia, a los 4 años, después de la Segunda Guerra Mundial. Es tornero y trabajó en la industria automotriz, pero dejó todo por la música. Participó durante 45 años de la Banda de la Policía. Desde hace 15, toca el saxo en las calles de la ciudad de Córdoba.

06 de diciembre de 2014 a las 12:46 p. m.
El saxofonista de la peatonal
FELICIDAD. "Carmelo" Giordano es feliz tocando el saxo en la peatonal. "Si un día no voy, me agarra el bajón", asegura. Fotografías: José Gabriel Hernández.

“Pibe, si vos trabajás en la Kaiser, dedícate a los fierros. La música es tiempo perdido”. Carmine (“Carmelo”) Giordano (71) recuerda como si fuera hoy el consejo más equivocado que recibió en su vida, el de un profesor del Conservatorio Provincial de Música.

Si bien era cierto que los años 60 era la época de esplendor de las automotrices en Córdoba y que ingresar en la Industria Kaiser era la ambición de cualquiera, “Carmelo” amaba la música. Los sonidos lo acompañaban desde que era un niño cuando escuchaba tocar el trombón a su padre, un auténtico calabrés, que trajo a su familia a la Argentina, desde Italia. Carmine tenía sólo 4 años.

Giordano es una figura conocida en Córdoba. Hace 15 años que toca el saxofón en la peatonal o en el Buen Pastor. Es un hobby que le da satisfacciones. Todos los días levanta su maleta con el instrumento y despliega su arte frente a la Legislatura o en la calle 9 de Julio para interpretar clásicos de todos los tiempos.

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Abre su estuche de tapas duras y oscuras, coloca un cartelito plastificado donde, en una faz ofrece sus servicios para casamientos o eventos, y en la otra, aparece el recorte del periódico de su pueblo natal Trebisacce, en Cosenza, región de Calabria, al sur de aquel país. El diario habla de él, de “Carmelo”.

“Lo hago por placer, no me hace falta. Me quedé solo. Y digo: ¿qué hago acá en la casa? Así que me fui a la peatonal y tengo un montón de amigos”, cuenta.

“A mis hijos no les gustaba mucho la idea, les daba recelo”, plantea.  Y agrega: “Yo les decía que les dijeran a los amigos que su papá estaba loco. En serio”. A Giordano, la música y la calle lo hacen feliz. “Si un día no puedo venir, siento un bajón”, asegura.

La escuela y la tornería

Los Giordano tenían una plantación de naranjas en Trebisacce, que tuvieron que vender al finalizar la Segunda Guerra Mundial, cuando pensaron en buscar un destino donde vivir tranquilos. Eran tiempos duros. Durante el conflicto bélico, y para alistarse en el Ejército, el papá de Carmine dejó su trabajo en el ferrocarril y abandonó las redes de pescador. Así se marchó al frente de batalla.

En 1947, la familia liquidó todas sus pertenencias para asegurarse siete lugares en un barco carguero que tardó 40 días en llegar a la Argentina. En este país sudamericano ya vivía un pariente de su madre y alguno de sus abuelos. Eran cinco hermanos.

Cuando llegaron a Buenos Aires, los empleados de Migración, por desconocimiento del calabrés o por desidia, le cambiaron el nombre. De un minuto al otro pasó de ser Carmine a “Carmen”, nombre que nunca utilizó. Para simplificar, lo empezaron a llamar “Carmelo”.

Después de unos días en Buenos Aires, llegaron al barrio Nueva Italia, en la ciudad de Córdoba. Pronto su padre se dedicó a la venta ambulante de pescado, que compraba en el Mercado Norte y, luego, vendía fresco en la calle, en una canasta de mimbre que él mismo tejió.

“Carmelo” cursó la primaria en la que era la “Escuela 95 nacional”, en barrio Talleres. Pero el idioma lo traía a mal traer. “A mí me costó mucho, me quedé como dos años en la primaria, porque no sabía bien leer nada”, cuenta. Lo hacían pasar al frente, a leer en voz alta, y los compañeros se reían. En su casa se hablaba en calabrés. “Mi mamá, que se casó a los 15 años, se murió hablando el dialecto, nunca lo hizo en argentino”, recuerda Giordano.

“Era una burla que le hacían a mi mamá. Ahora no se acepta eso”, refiere. Fue el fútbol con los muchachos del barrio lo que lo ayudó a integrarse socialmente. “Ya me mezclé como si fuera uno de ellos y se olvidaron” de que era dextranjero, explica.

Una vez una maestra de su escuela se ofreció a ayudarlo con las tareas escolares a cambio de que “Carmelo” le hiciera los mandados. La idea escandalizó a sus padres que le dijeron que no permitiría que hiciera “trabajos de mujer”.

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“Si vos querés trabajar yo te llevo mañana mismo a un taller de tornería en La Cañada”, le dijo su padre cuando tenía 7 años. Así, empezó a concurrir a la tornerìa de otro italiano, de apellido Greco. El niño barría y limpiaba el torno.

“Si eras paisano, ahí nomás entrabas; era como una garantía. Mi mamá no quería dinero, sino que me enseñaran bien el oficio. Después el dueño me daba algo, igual”, recuerda “Carmelo”.

Esa era la rutina: a la mañana iba al colegio, al turno intermedio. Y a la tarde, al taller.

En cuarto grado seguía con problemas en el estudio, pero no quería quedarse de grado. Como ya sabía algo de tornería se le ocurrió regalarle a la maestra, de apellido Gómez, un anillo que hizo con una moneda. “No estaba muy prolijo y dijo que le molestaba un poco”, festeja. Finalmente, fue promovido a quinto.

“A mi papá siempre le dijeron que había que respetar porque era un país que no es nuestro. Hay que respetar la bandera, nunca hablar mal del gobierno”, agrega.

Una vez en el colegio, recuerda, le pidieron llevar dibujada la bandera argentina. “Le pregunté a mi papá y la pintamos bien. Los demás del curso no se acordaban. Así que me pusieron como ejemplo a mí. ‘Este niño no es argentino y miren los colores de la bandera’. Y me saqué un 10. Son cosas que no se olvidan”, relata.

La Kaiser o la banda

Siguió en la tornería hasta dos años después de terminar la primaria. Entonces se presentó a la Industria Kaiser Argentina a pedir una solicitud de ingreso, pero como tenía sólo 15 años no lo aceptaron. A los 18 volvió y fue su oportunidad. Allí trabajó de tornero mecánico; en aquellos tiempos, el oficio era casi un arte.

Permaneció allí dos años. “Carmelo” dice que se ganaba “mucha plata”, trabajaba incluso sábados y domingos. Renunció a cambio de cuatro sueldos. Muchos le decían que estaba loco, pero él quería comprarse un instrumento para ingresar en una orquesta grande.

“Me decían, ‘no pibe, ¿cómo vas a pedir la renuncia, con todos los que quieren entrar?’. Yo renuncié porque la música era mi pasión”, refiere. En su casa aprendió a tocar con un saxo usado. Su papá, que  ejecutaba el trombón, era fanático de la música, al igual que se hermano. Ellos le enseñaron.

A los 20 ganó un concurso para ingresar en la banda de la Policía, adonde iba a ensayar con el mameluco de la Kaiser. Había visto un aviso en el diario y le encantó la idea de soñar en grande.

Después de un examen algo complicado ingresó a la banda, como oficial principal, mientras trabajaba. A los 22 años se alejó de los autos, se nacionalizó argentino y se dedicó a pleno al instrumento.

“Me dediqué a la música. Yo me hice la casa. Mi papá no quería que trabajara más porque tenía que cuidarme los dedos. Todos los jueves había concierto en la plaza San Martín, veníamos todos a tocar. Hice feliz a mi papá y a mi mamá”, cuenta.

Ensayaba a diario, y ganaba muy bien. Un día, recuerda “Carmelo”, se encontró con aquel maestro del Conservatorio que le había aconsejado que no se dedicara a la música porque se moriría de hambre. “Una vez me lo presentaron y era el maestro éste. Y yo ganaba tres veces más que él, que era una eminencia, era solista de la Sinfónica. Pero para dar consejos…”, se ríe Giordano.

Casi toda su vida la pasó rodeado de música. Se casó con una mujer de Laguna Larga, quien ya falleció, y tuvo tres hijos. Se jubiló en la Banda de la Policía, 45 años después.

Regreso a las raíces

Volvió a Italia una vez, invitado por la comuna de su Trebisacce natal. “Es una cosa de locos, de soñador”, dice.

En 2007 “Carmelo” mandó una carta manuscrita al alcalde del pueblo, desde donde había partido a los 4 años y nunca había regresado. En la misiva le explicaba que deseaba retornar a su país después de 65 años, a conocer el lugar donde nació.

“Yo me fui después del bombardeo del 47 y quería tocar las paredes de mi casa. Les dije que toco con mucho amor el himno nuestro, el himno italiano”, relata. Y sigue: “Cuando yo les mandé eso, ellos que son muy nacionalistas, se conmovieron. A los cinco meses me escribieron, me dijeron que lo iban a tener presente”.

No fue tan rápido. Pasó un año sin contacto, hasta que una mujer del Ministerio de Justicia que pasaba siempre por la peatonal, y con quien entabló amistad, se ofreció a escribir para reforzar el pedido a Trebisacce.

“Mis hijos me decían ‘pagate el pasaje, si vos tenés’. ¡Y sí tenía, pero quería que me lo pagaran ellos! De un momento a otro me llamaron: ‘Carmine, ¿cuántos días quiere venir?’ Yo le digo: ‘dos días’. Y me dijeron: ‘No, dos días es poco’. Así que me fui un mes. ¡Yo no creía! ¡Era un sueño!”

Fue el 2 de enero de 2009, el día que emprendió el camino para reencontrarse con sus raíces.

“Cuando estaba en Italia toqué el himno italiano. Cada vez que veía a una persona grande, veía a mi mamá. Cuando veía un nene, me veía a mí. Escuchaba el dialecto. Todo me hacía acordar a nosotros”, explica.

Le presentaron a todas las personalidades del pueblo. Cuando conoció al intendente de Trebisacce, “Carmelo” le dijo: “hay dos momentos felices en mi vida: cuando fui papá, y cuando usted me trajo acá”. Después de 65 años vengo a tocar a mi casa donde nací, a la iglesia que me contaba mi mamá”, refiere. Le hicieron hasta una fiesta y un reportaje en el diario local: es la que lleva plastificada en el reverso del cartel donde promocionan sus eventos.

La ciudad, de unos 10 mil habitantes, le pareció bella. La parte vieja en la montaña, y la nueva cerca del mar. “Sin desmerecer, a mí me tira la sangre. Yo nací en Italia. Aunque haya vivido acá tanto tiempo, yo me siento italiano. Cuando veo un calabrés, yo el idioma me lo acuerdo perfecto”, dice, y empieza a matizar el castellano con el dialecto del lugar que lo vio nacer.

La calle, un buen lugar 

“¡Si le dijera que me dicen! Hay gente que llora cuando le toco una canción. Vienen me dan beso en la mejilla, me abrazan. Yo acá vengo cómodo, pero cuando voy a los eventos me arreglo bien, voy con traje”, asegura, y muestra una pequeña foto donde se lo ve de etiqueta y que guarda en el bolsillo de su camisa que, el día de la entrevista, combina con una bermuda azul.

“Carmelo” recuerda con especial cariño una sorpresa que le dieron un día en la peatonal. Esa jornada, alguien le pidió que tocara una marcha y él comenzó sin saber que atrás comenzaría a acompañarlo la Banda de la Policía, aquella en la que pasó gran parte de su vida y donde, ahora, toca uno de sus hijos.

“Cuando vengo me quedo una o dos horas. Pero a veces no me dejan tocar, porque charlo con uno o con otro”, cuenta.

Para el saxofonista calabrés, la calle es un buen lugar para mantener el ánimo y hacer lo que más ama. “Si no vengo, es un bajón”, insiste. Y al verlo tocar con pasión es inevitable creerle.

Colaboración en textos y fotos: María Belén Poncio, de la Unión de Colectividades de Inmigrantes de Córdoba (Ucic).