El rito de los buenos deseos
En el mismo momento en que más de 850 mil alumnos y docentes participaban del rito anual que marcaba el inicio de un ciclo, en Chuña esperaban con ansiedad la fiesta oficial. Mariana Otero.
En el mismo momento en que más de 850 mil alumnos y docentes participaban del rito anual que marcaba el inicio de un ciclo, en Chuña esperaban con ansiedad la fiesta oficial. Fue ayer, cuando las grandes ciudades se llenaban de bullicio y el paraje de 700 habitantes del departamento Ischilín escuchaba el discurso del gobernador. Los chicos de Chuña habían sido noticia el año pasado, cuando triunfaron en una feria de ciencias que los llevó a Estados Unidos con un proyecto de industrialización de tunas. En la Capital, en aquel entonces, los ojos estaban puestos en los estudiantes que protestaban por edificios rotos y la ley de Educación. Las dos noticias recorrieron el país. No era para menos. Una era la epopeya de un puñado de pibes que estudiaban en una escuela sin computadora y con escasos recursos, pero que llegaron lejos fabricando cosméticos sobre la base de una planta que llevaría trabajo al pueblo. La otra era la movida de otro puñado de adolescentes que instaló el tema educativo en la agenda pública. 2010 terminó así: convulsionado y esperanzado. 2011 comienza con deseos: escuelas en condiciones, menos burocracia y planes de estudio coherentes. Pero también podríamos imaginar más.En un hipotético listado de anhelos, los padres pedirían que sus hijos estudien y que los profesores vayan todos los días a clase. Los profesores exigirían buenas condiciones de trabajo y consideración al esfuerzo invisible del aula. Los chicos insistirían en que no los dejen solos y que destierren el aburrimiento de las aulas. Los funcionarios soñarían con liquidar el fracaso escolar y que la inversión en educación se viera. La lista podría ser interminable, en Chuña y en todas partes.

