El cadete invisible
Nuestro torrente sanguíneo, el cordobés, arrastra las informaciones bancarias desde el día de su nacimiento.
Lo mejor que tenía aquella ferretería de la calle Humberto Primo es que, una vez cada 24 horas, te mandaban al Banco de Córdoba para hacer los depósitos del día. Abreviando: la ferretería tenía una bicicleta igual a las de Bonafide y yo había llegado a cubrir las seis cuadras que nos separaban en cuatro minutos y medio.Por si alguien lo ha olvidado, hubo una época dudosamente dorada en esta ciudad en la que, hicieras lo que hicieras, no lo podías hacer si –al comienzo– no habías sido cadete. O chepibe, como los llamó Roberto Arlt en una aguafuerte memorable.Pero volvamos donde dejamos la narración. Yo era cadete, usaba un guardapolvo gris de tres botones y, antes de pedalear, ajustaba cada botamanga del pantalón con un broche de sujetar la ropa. Por la grasa. Por la facha. Por el estilo. Y no macaneo: lo primero que te preguntaban cuando buscabas trabajo es si sabías andar en bicicleta. Si contestabas por la afirmativa te llevaban al patio de la empresa, te hacían subir a una bici de la Segunda Guerra Mundial y, delante del jefe de personal, tenías que hacer unas piruetas. Entregadle a un adolescente una bicicleta y enviadlo al Banco de Córdoba a depositar dos billetes de 100 pesos y habréis fabricado un loco. O sembrado la semilla de un poeta. El Banco de Córdoba formaba parte destacada del círculo mágico que nacía en la esquina del bar Sorocabana. Cada banco representaba a una nación, o a una ciudad, y por eso el Banco de España y el Río de la Plata era el banco de los gallegos, el Banco de Italia era el de los tanos y el Israelita era el de los moishes. Nuestro torrente sanguíneo, el cordobés, arrastra las informaciones bancarias desde el día de su nacimiento. De memoria: el Banco de Londres estaba frente a la plaza San Martín, el Banco de la Nación en la esquina de la Catedral y el Banco de Córdoba estaba en la calle San Jerónimo. Y San Jerónimo era el patrono de Córdoba. No había manera de equivocarseCuando llegaba Navidad el gerente del Banco de Italia llamaba a mi abuelo por teléfono y combinaban la hora para compartir un capuchino.Cuando terminaban de brindar el gerente le regalaba un almanaque. El Banco de Córdoba, salvando las distancias, recordaba a los paisajes del Canaletto, alto, brumoso, fresco y elegante. Todavía, en nuestros días, a manera de museo, se conserva tal como era, aunque yo no he vuelto a entrar. Ni siquiera lo hice cuando estuve arruinado. O el escozor de una ruina inminente me pisaba los talones. No podía –ni puedo– arriesgar una de las imágenes más poderosas que recuerdo. Baudelaire decía que con los recuerdos no había que joder, y que había que tener frente a ellos "la misma delicadeza que la mosca que vaga sobre el vidrio".No sé de dónde había sacado que al Banco de Córdoba iba nada más que gente hermosa, pero sigo pensando lo mismo. Le echás dos baldes de agua y es Venecia. Cantás en voz alta en el foyer y se convierte en un homenaje a Pavarotti.Bueno, yo iba con el depósito asegurado con un clip en la parte más profunda del bolsillo y después de asegurar la bicicleta con un candado fabricado en Alemania, ¡me sacaba el delantal! y entraba al banco. ¡Eso es lo que quería decir desde el comienzo!En la biblioteca del banco no había libros sino gruesos manuscritos. ¡Eso es lo que quería decir desde el comienzo! Yo estaba atravesando gloriosamente la edad del pavo y, consecuentemente, no tardé en enamorarme de una cajera (la única mujer) que operaba en la segunda ventanilla según se entra mirando a la derecha. Nadie fue más grande que yo en aquella catástrofe sentimental que ni siquiera llegó a despegar. Los pavos –se sabe– son verdaderos nabos para los lances amorosos y yo era el más nabo de todos porque jamás conseguí que ella (alta, rubia y rozagante al estilo de Ingrid Bergman) me dirigiera la palabra. O me mirara. O me dijera buenos días. Pero yo seguía con el acoso y le escribía mensajes que entreveraba con los billetes en los depósitos. No sé lo que le escribía. No quiero saber qué es lo que le decía. Todo lo que sé es que ella recibía la boleta, los billetes y los contaba. Puro Hitchcock. Pero cuando llegaba al mensaje lo pasaba de largo. Uno, dos tres, cuatro... cinco, seis, siete. El mensaje estaba entre el cuarto y el quinto, pero ella lo pasaba de largo como si hubiera sido una carta del Hombre Invisible. Después sellaba la boleta, le calzaba un garabato y eso era todo. Había culminado una nueva jornada en nuestras pobres vidas. Entonces abandonaba el banco, el palacio de la guita, un poco a la manera de quien toma aliento después de haber realizado un gesto irreflexivo. Me volvía a poner el delantal y me perdía pedaleando en dirección a Humberto Primo. Todavía no sé adónde han ido a parar los dioses.Menos mal que el banco sigue ahí, como una estatua escondida en medio de la selva financiera.Ilse, princesa, supongo que ya no estás en ningún lado. A pesar de todo quiero que sepas que fuiste la que mucho, la que más he deseado. El Cadete Invisible.

