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Crónica del último almuerzo 2010 de Mirtha Legrand

Un periodista de La Voz del Interior describe el “backstage” de uno de los clásicos de la televisión argentina. Participó en un debate sobre sectas y fenómenos paranormales.

15 de diciembre de 2010 a las 12:01 a. m.
Redacción La Voz
Crónica del último almuerzo 2010 de Mirtha Legrand

–Sergio, ¿viste un ovni alguna vez?No puede ser. ¿Qué estoy haciendo acá? Estoy sentado junto a un obispo luterano que cuenta cómo exorcizó a una modelo de 15 años poseída por tres demonios, tengo 150 gramos de maquillaje en la cara, intento acuchillar una pechuga escurridiza cubierta en salsa de salmón y en ese preciso momento, la conductora del programa me pregunta si veo ovnis. ¿Qué contesto? ¿Cómo llegué acá?Una hora antes había entrado al Canal América, en el barrio de Palermo. Una guardia me acompañó hasta un camarín y me dejó frente a dos espejos rodeados por 25 lamparitas. Me puse la camisa y el saco alquilado para la ocasión, entró un productor a dejar sanguchitos y agua. Otra productora me llevó a Maquillaje, y después me arrojaron al pasillo, opaco como un cadáver, frente a una sala tapizada con monitores.

En una hora comenzará el último programa de la temporada 2010 de Mirtha Legrand. Versará sobre sectas y fenómenos paranormales. Están invitados la máxima autoridad nacional de la Iglesia de la Cienciología, Gustavo Libardi; el obispo luterano exorcista, Manuel Acuña; el especialista en sectas Alfredo Silletta y este periodista. Somos todos debutantes en la mesa más conocida del país, a excepción de Silletta, que suma 28 invitaciones.Cuando nos llevan al estudio ella ya está a la cabecera de una mesa lujosa, artificial bajo spots de todo tamaño y color, cámaras Canon gigantescas, micrófonos, y el enjambre de productores y maquilladores que zumban sobre la conductora.Legrand nos trata como si fuéramos amigos de la vida. Su virtud es hacernos entrar rápido en confianza. Diferente es el trato a sus colaboradores. "Si van a aplaudir con tan pocas ganas, mejor quédense en silencio", les advierte durante uno de los cortes. Alrededor de la conductora hay una coreografía de carteles: nuestros nombres en la mesa apuntando a sus ojos, apuntes en pequeñas fichas que tiene al costado del plato, afiches con que sus asistentes le recuerdan datos de los invitados o la necesidad de ir a un corte.La comida se ve exquisita. Pero es sólo para verla. Los platos se suceden frente a nuestros ojos pero ninguno come nada, hacemos como que mordemos unos pedacitos. Nadie quiere estar con la boca llena cuando pregunte algo la conductora. Silletta lo hace engranar al cienciólogo. El obispo luterano es meloso como un tacho de miel. Mirtha me pregunta sobre Córdoba, sobre La Voz del Interior, sobre el diario Los Principios –le recuerdo que cerró en 1977–sobre si hay gente loca en Capilla del Monte y si es cierto que las sectas son peligrosas. Trato de llevar la conversación a la necesidad de que Argentina dicte una ley para defender a las víctimas de las sectas, aunque cada respuesta corre riesgo de derivar a otras, inesperadas.Mirta tiene su fotógrafo personal que nos flashea sin descanso. Al final nos invita a posar con ella para que nos llevemos un recuerdo. Nos regala un reloj de marca y, fuera de cámara, un bolsón con dos kilogramos de café, dos cajas de té, una colonia con jaboncitos. Nos dice que es su último programa del año y que no regresará a la tele porque el kirchnerismo y algunos artistas la han lastimado. Por ahora irá a Mar del Plata en el verano.La producción me dice que el taxi que me llevará a Aeroparque me espera. Apenas tengo tiempo de decir chau. "Saludos a todos los cordobeses", dice Mirtha, sin dejar de posar para las fotos con los familiares del exorcista. Se sabe reina de la televisión argentina. Trata que sus invitados se sientan parte de su familia real por dos horas. Luego, la producción llama el taxi y te dice que muy lindo todo, y te vas.