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Cómo ahuyentar turistas

Miles de visitantes golpean en vano las puertas del Museo de Arte Religioso Juan de Tejeda, ubicado frente a la Catedral. Falta de dinero, abandono del patrimonio y peleas se combinan para que este centro cultural permanezca abandonado y cerrado. Video.

11 de noviembre de 2012 a las 12:01 a. m.
Cómo ahuyentar turistas
Sin chances de ingresar. El Museo de Arte Religioso Juan de Tejeda es un centro de referencia latinoamericano en su especialidad (José Gabriel Hernández/La Voz).

Centro histórico de la ciudad de Córdoba. Miércoles 7 de noviembre. Son las 11 de la mañana, un calorón como para acobardar lagartos sopletea la fachada de la Catedral y, a unos trancos de ahí, frente a la antigua puerta del Museo de Arte Religioso Juan de Tejeda, tres rubios flacos con mochila en la espalda y el rostro congestionado se derriten sobre la vereda.

David, Scott y Lise son canadienses y están de paseo por la Argentina. Su guía internacional de viajes tiene señalado al museo como uno de los puntos más interesantes de esta ciudad: es un centro de referencia latinoamericano en obras de arte religioso y arquitectura colonial.

Como si eso no bastara, el museo está ubicado en el exacto punto G de cualquier amante del patrimonio histórico: a centímetros de la Catedral, a centímetros de la Plaza San Martín y a una caricia de la Manzana Jesuítica, nada menos.

Pero Córdoba, veleidosa y distante, hace dos años que se condena al lujo de tener esa esquina clausurada al interés de las visitas. “Estamos trabajando para ofrecer un mejor servicio. El museo permanecerá cerrado por restauración”, dice el cartelito colgado a la entrada del Juan de Tejeda que leyeron David, Scott y Lise.

Los tres terminaron lamentando su suerte, agua mineral de por medio, en el bar de la esquina. “¿Y cuándo es que lo abren?”, pregunta Lise, que es estudiante universitaria en la ciudad de Winnipeg. Y... no se sabe, Lise, cuándo lo abrirán. Con esta ciudad, nunca se sabe...

Joya desperdiciada. Basta conversar con cualquier conocedor o admirador del patrimonio cultural cordobés para que se deshaga en elogios al hablar del valor histórico, religioso –cultural, en definitiva– que acumula el Museo Juan de Tejeda. Pero hoy en día esas alabanzas vienen siempre acompañadas de un lamento: el escasísimo apoyo que recibió el lugar en los últimos años.

Por este motivo, comenzó a romperse: vigas que se partían, tejados que se arqueaban, paredes que estallaban en floretones de humedad, cuadros que se arruinaban, instalaciones eléctricas al borde del chispazo suicida.

El edificio del museo tiene un patio que cuenta, a su vez, con una ventana mágica, que revela uno de los secretos mejor guardados por los cordobeses. Tan guardado lo tienen, que muchos ya lo han olvidado y son capaces hasta de jurar que no lo conocen, lo que quizá sea la clave de su conservación. El patio que sobrevive en el centro del claustro donde funciona el museo es uno de esos pocos sitios urbanos del mundo donde una persona puede asomarse y ver exactamente lo que veían los habitantes hace más de dos siglos. Esa es su magia. Las instrucciones para lograrla son estas: 1) Entre en el museo y salga al patio. 2) Levante la cabeza 3) Conmuévase.

Desde allí, parado en ese patio, se ven los altos de la Catedral y el hechizo consiste en que sólo se ve eso. Uno está parado en el ombligo de una ciudad de cerca de un millón y medio de habitantes y sólo se ve el tejado del museo, sus arcadas coloniales, sus flores y, arriba, la torta decorada de la Catedral, sin un solo cable, sin una sola azotea con antenas, sin balcones con ropa colgada, sin un poste del alumbrado, nada. Un módico viaje en el tiempo.

El Museo de Arte Religioso nació a fines de la década de 1960, cuando las monjas del Monasterio de la Orden de las Carmelitas Descalzas de Santa Teresa de Jesús donó un claustro y un patio para que fueran transformados en museo y la gente pudiera acceder a un lugar que había permanecido cerrado por siglos, y conocer la riqueza arquitectónica y las creaciones de arte religioso.

La colección del museo incluye objetos que pertenecen a las carmelitas, otros que integran el tesoro de la Catedral de Córdoba, elementos de otras órdenes religiosas locales y donaciones privadas.

Como nunca se terminó de ponerlo en condiciones, una importante parte de los bienes del museo jamás formaron parte de la muestra permanente del mismo, debido a la falta de recursos para protegerlos y para evitar robos. Otra parte del tesoro de la Catedral, la más valiosa, que podría exhibirse en el museo como ocurre en otras grandes ciudades con patrimonio colonial, está guardado hace décadas en una bóveda blindada, ya que el Juan de Tejeda no da las garantías de protección que se necesitan.

Sin plata y sin personal. ¿Cómo es posible que una ciudad que hace bandera de su patrimonio colonial, que gasta millones en promoción turística de sus tesoros arquitectónicos, que ha sacralizado su pasado religioso, tenga cerradas hace dos años las puertas de uno de los principales tesoros representantes de toda esa riqueza?

Una de las claves de la respuesta es la historia del propio museo. Cuando las carmelitas tomaron la decisión de crearlo, donaron ese predio al Arzobispado de Córdoba, quien hasta ahora es el responsable del destino del Juan de Tejeda, a través de una fundación dirigida por el sacerdote Carlos Ponza. Desde 1970, cuando nació formalmente, el museo estuvo a cargo de una personalidad cultural como fue el pintor y museólogo Víctor Manuel Infante, quien lo creó, lo dirigió y trabajó 25 años ad honorem , hasta que se retiró en 2006.

En estos 42 años, el museo careció de un acuerdo estable (tal como sigue pasando con otros museos de la ciudad), por el cual el Estado provincial y el municipal, junto con el Arzobispado, participaran de algún tipo de compromiso para apoyarlo, mantenerlo y mejorarlo. Sólo en 1992 se firmó un acuerdo con la Municipalidad capitalina, por el cual esta se comprometió a aportar cinco empleados para que trabajaran ahí.

Los empleados se fueron jubilando y llegamos a la actualidad en que el museo no cuenta con ningún empleado (la última, hija de Infante, está en vías de jubilación). Si el museo abriera mañana, no habría quién lo limpie, quién lo vigile ni quién atienda al público.

Desde 2010, está dirigido por un arquitecto designado por el Arzobispado, Guillermo Moreno, quien llevó como colaboradora a su esposa, la profesora Susana Palacios. Llegaron, vieron y decidieron cerrar las puertas al público para poder iniciar un plan de restauración de seis años, con fecha estimada hasta 2016.

Las tareas de restauración están a cargo de la empresa propiedad de Moreno y Palacios, llamada Casas con Contenido, que hizo los arreglos que se pudieron hacer hasta ahora, y planea participar de las futuras tareas de rehabilitación y extensión de la recova.

Moreno cuenta que cuando llegaron hace dos años, el museo era una lágrima. “Telarañas, mugre por todos lados, dejadez, las plantas sin podar, no había inventario ni documentación ni relevamiento fotográfico de las obras, no tenía gestión administrativa ni cultural”. Un museo sin inventario es un peligro: ¿cómo cuidar lo que no se sabe que se tiene?

Moreno y Palacios dicen desconocer, por ejemplo, con cuántas piezas cuenta el patrimonio del museo, aunque desde el municipio afirman que en su momento se entregó el inventario en papel y en su forma digital. Si es por carecer, el museo carece hoy hasta de teléfono. Tiene, al menos, página web y página en Facebook.

El director señala que el Juan de Tejeda hoy no puede abrir sus puertas porque carece de tres cosas fundamentales: baños para el público, un sistema de seguridad con cámaras de video, y personal. ¿A cuánto ascendería la inversión en el edificio? La cifra es escandalosamente baja si se la compara con lo gastado en fechas recientes en otras obras callejeras en la misma zona de la ciudad: se necesitaría un millón y medio de pesos. Y el museo abre.

Otra vez en clausura. Hoy está vedado el ingreso para todos los turistas y otros mortales, con excepción de unas pocas excursiones para colegios o actos vinculados con el Arzobispado, que se organizan con anticipación. "Está abierto con visitas programadas", explica el director, tratando de suavizar la realidad.

Desde la Municipalidad de Córdoba, que ya no cumple el convenio de 1992, el secretario de Cultura, Francisco Marchiaro, dice que la voluntad oficial es “ayudar a reactivarlo. Esperamos una respuesta del clero; estamos en conversaciones para definir el modelo de gestión”. “Un museo religioso que nos gusta mucho es el San Alberto (en calle Caseros)”, dice y agrega “las monjas de esa congregación crearon un espacio dinámico, con una buena directora. Ojalá pudiera replicarse eso en el Juan de Tejeda”.

La Provincia aportó dos subsidios por un total de 320 mil pesos en los dos últimos años, que fueron usados, principalmente, para acondicionar los tres espacios ubicados en el ingreso al museo. Pero falta acondicionar nueve salas más.

Cuando el grabador se apaga, funcionarios y especialistas en patrimonio cultural critican la ausencia de personal técnico especializado para el museo y revelan rencillas, broncas personales y desencuentros que también explican la situación del edificio.

Las monjas carmelitas son hoy una pequeña comunidad, de aproximadamente una docena de mujeres, algunas de ellas de edad avanzada y con problemas de salud, que apenas dan abasto para hacer frente a los cuidados que necesita este monasterio enorme edificado hace casi 400 años por Juan de Tejeda, en agradecimiento a Santa Teresa, a quien se encomendó cuando su pequeña hija estuvo a punto de morir.

Las religiosas viven de los alquileres que cobran por los locales comerciales que rodean la manzana. Dicen que ese dinero es insuficiente y que necesitan apoyo para poder culminar el proyecto de readecuación del museo y la recova.

Para hacer esta obra, las carmelitas resignarán los alquileres de tres locales comerciales que estaban ubicados en esa esquina. Será, quizá, la primera vez que en las manzanas de órdenes religiosas que existen en el centro capitalino retroceda, aunque sea unos metros, la avanzada comercial y urbanística de la que se fueron rodeando los antiguos conventos y monasterios que aportaron su famoso eco de campanas a la historia de esta ciudad.

Mientras tanto, Córdoba convive con la paradoja de que un claustro religioso que mantuvo cerrado durante siglos abrió sus puertas para que el mundo lo conociera; y el mundo –ellos, nosotros–, no pudo conseguir mantenerlo abierto. Y volvió a estar cerrado, como hace cuatro siglos.

En la Web

Museo de Arte Religioso Juan de Tejeda: www.museotejedacordoba.com.ar. En Facebook, la página se llama Museo de Arte Religioso Juan de Tejeda. Para conocer el proyecto que se pretende para la recova y la restauración del museo, se pueden ver fotos en la página de la empresa Casas con Contenido, www.casasconcontenido.com

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