Apocalipsis sin glamour
Desde que se tiene conciencia, el hombre ha profetizado y sobrevivido a cientos de glamorosos apocalipsis, plenos de gigantes meteoritos, ángeles vengadores, cataclismos abominables o voraces zombis. Juan Carlos Carranza.
Pero, hasta ahora, todos esos pronósticos agoreros, vaya paradoja, han fallado de manera catastrófica.
La realidad es que nos queda poco más de un mes para la próxima hecatombe global, vaticinada por una interpretación del calendario maya: el 21 de diciembre de 2012. El problema no es tanto que un rayo cósmico haga estallar el planeta en mil pedazos, sino que algunos, pese a que pudieron esperar, ya pagaron la cuota anual de Rentas.
“Tal vez esto explica por qué la Municipalidad de Córdoba está pensando en cobrar un impuesto a las cocheras particulares. Es una estrategia para distraer la mente de los vecinos frente a tan dramático final de su existencia”, dice Cacho Yerom, estudiante crónico de la cultura maya.
Varios portales de Internet reproducen por estos días las predicciones de un lama tibetano conocido como el “Oráculo de Shambala”, quien incluso ya informó a la Nasa lo que sucederá el mes próximo.
Sin entrar en detalles –porque este hombre habla del fin de campos electromagnéticos y otras cuestiones incomprensibles para nuestras mentes oscuras– el lama da algunos consejos prácticos para afrontar el fin del mundo.
En primer lugar, dice el “Oráculo de Shambala”, no hay que enredarse con deudas. En realidad, los bancos no tendrían que prestar más dinero, a sabiendas de que después no podrá recuperarlo.
El día anterior al apocalipsis, el 20 de diciembre, el lama aconseja a la gente dejar las ciudades e irse al campo. Esto es muy útil para los editores de diarios, quienes ya pueden ir previendo sus titulares: “Por el fin del mundo, ocupación total en las sierras”.
Otra predicción inquietante del monje es que a partir del 21 de diciembre no habrá más electricidad. Será en vano, entonces, llamar a las guardias de Epec (Empresa Provincial de Energía de Córdoba). Además, porque todos los empleados estarán en las sierras, como nosotros.
Finalmente, el oráculo nos tranquiliza porque asegura que el apocalipsis tendrá una duración de dos semanas. No obstante, sus consecuencias se extenderán varios meses. Sólo a finales de marzo, sostiene el lama, el planeta se recuperará por completo. “Si un fin del mundo implica perder sólo un mes de clases, no es tan malo después de todo”, reflexiona Yerom desde su búnker.
Final romántico. Siempre será más romántico (y soportable) morir mientras el cielo se desploma en una lluvia de estrellas o sintiendo que el Titanic nos baña los pies en aguas heladas. Por desgracia, nuestro final tiene menos brillo del que imaginaron los profetas. Si todo sigue como hasta ahora, vamos a sucumbir como una muchedumbre hacinada, lentamente y con mucho calor.
Claro que esta profecía, basada en factores demográficos y alteraciones climáticas, probablemente también sea desechada por generaciones futuras con risueña condescendencia.

