Lo que empezó como un error de logística terminó en una negociación digna de una serie de espionaje. Florencia recibió en su casa un ramo de flores que no era para ella, sino para una tal Romina, firmado por su propio marido, Pedro. Con una paciencia oriental, la esposa inició una investigación digital que dejó a Sherlock Holmes como un principiante.
Tras rastrear seguidores de Instagram, publicaciones en grupos de compraventa de Facebook y hasta perfiles de LinkedIn, Florencia confirmó lo que sospechaba: Romina no solo existía, sino que era compañera de trabajo de su esposo. Con todas las pruebas sobre la mesa, encaró a la tercera en discordia por WhatsApp.
Al principio, Romina intentó negar todo, pero Florencia fue implacable. "Se le debe haber cruzado el ganado y mezcló las direcciones, pobre", lanzó con ironía antes de mandarle capturas de sus empleos compartidos. Acorralada, a la amante no le quedó otra que pedir perdón, pero ahí fue cuando la historia dio un giro de 180 grados.
El gran giro de la novela
Florencia le confesó que hace rato quería abrir la pareja, pero que Pedro se negaba por celos. "El caradura no quería compartirme, pero el único que disfruta de comer afuera es él", explicó. En lugar de pedirle que se alejara, le hizo un pedido concreto: que saliera con su marido este sábado a las 20 horas.
¿El motivo? La esposa también tiene un interés en la oficina y necesitaba la casa sola para su propia aventura. "Fijate cómo resolvés con tu marido, pero yo necesito a Pedro fuera de casa. Si abro la boca se te cae todo", sentenció Florencia, sellando un pacto de silencio y conveniencia que dejó a todos mudos en las redes.