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La más libre de las relaciones

Terapéutico. Freud dijo que un egoísmo bien entendido es necesario para vivir, pero tenemos que amar para no caer enfermos. El amor que el cultivo de la amistad promueve actúa como un bálsamo que alivia nuestras heridas cotidianas.

19 de julio de 2013 a las 12:01 a. m.
Ana Delgado (Psicóloga)
La más libre de las relaciones

La amistad es la más libre de las relaciones. Nace y se sostiene desde la libertad de elegir y ser elegido, sin presiones externas; de la libertad de estar y permanecer, sin que una legalidad explícita la regule. La importancia que en la vida tiene la amistad surge de las mismas condiciones que determinan su existencia. Nadie tiene el deber o la obligación de tener amigos o ser amigo nuestro. Pero sí tiene una ética que le es propia. Sin ella, la amistad no es posible. Se basa en el afecto, en el respeto mutuo, en el compromiso compartido, en la confianza, en la "benevolencia recíproca", como afirmaba Aristóteles.Sigmund Freud (considerado "padre del Psicoanálisis") decía que un egoísmo bien entendido es necesario para vivir, pero tenemos que amar para no caer enfermos. El amor que el cultivo de la amistad promueve actúa como un bálsamo que alivia nuestras heridas cotidianas. Con su tierna y cálida presencia, el amigo nos rescata del resistente ensimismamiento. Con él, se comparte la intimidad. Con él, esperamos compartir las penas y festejar los logros. Podremos hacer oír nuestras opiniones y escuchar alguna crítica del amigo, porque confiamos en que están sustentadas en el afecto. La forma en que pensamos, sentimos, actuamos y nos conectamos con los otros, es decir, nuestra forma de ser, está determinada por nuestra historia y, fundamentalmente, por los vínculos familiares con padres y hermanos. La representación interior que tenemos de ellos, transformados, fantaseados, se transfieren a las relaciones futuras: de pareja, de trabajo, sociales y de amistad.

Con toda la complejidad que supone, en el mejor de los casos, armonizar las tendencias sexuales, amorosas, agresivas y hostiles propias de todas las relaciones humanas. En el origen de todas ellas está el deseo, que surge de la búsqueda del otro con quien compensar nuestras carencias.

El amigo asume frecuentemente el lugar atribuido, idealmente, a la imagen fraterna. Los intensos sentimientos que despiertan los amigos se atribuyen al vínculo fraterno. Por eso, se puede considerar a la amistad como una "hermandad elegida". Pero en la amistad los sentimientos ambivalentes, los deseos agresivos y eróticos son sublimados, es decir, inhibidos y se transforman en sentimientos de ternura, de cariño, de tolerancia.El amigo es un semejante en quien vemos reflejada nuestra forma de ver el mundo. Si bien en la elección la identificación es esencial, las exigencias de respeto y tolerancia a las diferencias que nos constituyen a cada uno como seres únicos, es imprescindible. La confidencia, el desnudar la intimidad que supone el vínculo de amigos, sólo es posible en un ambiente de confianza mutua.Existe una tendencia a confundir la amistad con otro tipo de vínculos: compañerismo, camaradería o, simplemente, para denominar a conocidos virtuales o circunstanciales. Y, desde esta confusión, puede llamarse amistad a un vínculo que no lo es.Los celos y deseos de exclusividad son propios de una relación amorosa; las rivalidades y competencias, de vínculos donde está en juego algún poder. De modo que, si en una relación aparecen o predominan estos sentimientos, podemos suponer que se encubre u oculta otro vínculo. No siempre se es consciente de esto. No sería beneficioso hacer sacrificios para ganar afectos, ni esperar siempre una correspondencia puntual de los favores. No se puede ser amigo de quien no quiere ser nuestro amigo. Cuando el deseo decae, o el compromiso desfallece, la amistad tiende a desaparecer. La meta de la amistad es el cultivo mismo de la amistad.En cada lugar que desarrollamos nuestras actividades podemos hacer amigos. Cambian con los años y toman características propias de las etapas y circunstancias de la vida que atravesamos. Quizá sea en la adolescencia cuando la relación de "amigas íntimas" adquiere un matiz más intenso, pasional y casi exhibicionista.

De amores exaltados y ofensas rápidas, los adolescentes encuentran en los amigos el sostén para independizarse de los lazos familiares. En la juventud y la adultez, etapas de mayor producción y obligaciones de la vida, esperamos compartir inquietudes e intereses. Necesitamos de los consejos de los amigos para disminuir equivocaciones.

En la vejez, disfrutar de la compañía y contar con la asistencia de los amigos, seguramente hacen más tolerable las limitaciones propias de esa etapa. Pero siempre, en cualquier circunstancia y en cualquier momento de la vida, la presencia del amigo nos devuelve otra mirada de nosotros mismos que enriquece y fortalece nuestra identidad.

La autora

Ana Delgado es licenciada en Psicología, egresada de la UNC. Profesora titular en la Universidad del Salvador (cátedra Desarrollo III). Miembro titular en Función Didáctica de la Asociación Psicoanalítica Argentina (APA) y ‘Full Member’ de la Asociación Psicoanalítica Internacional (IPA).