Un maestro de la cirugía
Hace dos semanas murió Fernando Ortiz Monasterio, un formador de varias camadas de argentinos, incluso cordobeses, que les cambió la vida a muchos niños.
El 31 de octubre, falleció Fernando Ortiz Monasterio, a quien muchos consideran el más extraordinario cirujano plástico de la historia. Y creo que personas como él merecen ser recordadas. No es argentino, es cierto, pero formó a varios cirujanos argentinos, incluyendo a siete cordobeses, y tengo el honor de haber sido uno de ellos, entre 1984 y 1987.
Recibí de él no solo la instrucción médico-quirúrgica de la cirugía plástica, sino –como él solía decir– “el compartir la aventura intelectual y el estímulo para romper todas las barreras del conocimiento, todos los días y para siempre”. Escribió este pensamiento en un libro que me regaló poco antes de mi regreso a Córdoba.
Ortiz Monasterio nació en la Ciudad de México el 23 de julio de 1923 y se crio en un hogar lleno de amor, pero con poco dinero. Su padre, ingeniero de profesión, fue un soñador que no tuvo suerte en los negocios. Por eso pagó sus estudios secundarios dibujando caricaturas para un semanario infantil.
A los 17 años, inició sus estudios de medicina en la Universidad Nacional Autónoma de México (Unam). Para solventarse económicamente, daba clases de Biología y de Anatomía en una escuela pública de enseñanza media. El 6 de julio de 1946, se graduó con el título de médico cirujano.
Un año antes de graduarse, había salido de la Ciudad de México para prestar servicio social en el campo.
De 1946 a 1951 realizó su residencia en Cirugía General en el Hospital General de México. Allí, conoció a otro joven cirujano, el doctor Alfonso Serrano, quien hacía poco se había especializado en cirugía plástica en Estados Unidos. Cautivado, Ortiz Monasterio observaba a su joven colega reparar contracciones ocasionadas por quemaduras, modelar orejas nuevas para pacientes que las habían perdido por cáncer o accidentes, y restituir el uso de las manos a personas cuyos dedos habían quedado paralizados. “Esto es fantástico”, se dijo. “Sólo hay una forma de extirpar un apéndice, y apenas dos o tres de reparar una hernia. Pero, en la cirugía plástica, el único límite es la propia imaginación”.
En 1952, tras terminar su residencia, ganó una beca de 165 dólares al mes que le permitió ingresar en un programa de dos años de adiestramiento en Cirugía Plástica en la Universidad de Texas, en Galveston. Se desempeñó tan bien que el director del programa, Truman Blocker, lo ayudó a hacer los trámites para continuar su aprendizaje con eminentes cirujanos plásticos en Dallas, Chicago, Nueva York y Saint Louis. Cuando terminó su preparación, en 1954, el doctor Blocker y otros colegas le sugirieron que ejerciera su profesión en Estados Unidos, pero él deseaba volver a México a ayudar a su propia gente.
Y vaya si lo hizo. Dedicó su vida al hospital, a sus pacientes, especialmente niños malformados, y aún hoy los proyectos de atención a chicos sin recursos de lejanas zonas de México se continúan realizando.
Cuando llegué a México, y fui conociendo su maravillosa forma de ser, comencé a comprenderlo.
A corazón abierto. Los extranjeros no teníamos sueldo en la residencia; cuando Ortiz Monasterio observó que tampoco tenía demasiado dinero para sobrevivir, me dio una beca de su bolsillo, que me ayudó a vivir aquellos mágicos tres años.
Un día me preguntó: “¿Tú cómo llegas a mi casa?” (íbamos a estudiar casi todos los días a su biblioteca). “Y, maestro (todos le llamábamos así), en colectivo y el resto, caminando”. “Por favor, Raúl –conti-nuó–, no puedes perder tanto tiempo. Vas y eliges un carro, yo te lo pagaré y el día que regreses a Argentina lo dejas frente a mi casa para mi hijo menor”.
Cuando nació Naty, mi hija mayor, presentó una sepsis (infección) neonatal a los siete días; era fin de semana y el pediatra aconsejó su inmediata internación en el Instituto Privado de Pediatría de México. Mi esposa y yo, angustiados, pensamos: “Y cómo vamos a pagar esto”. Pero aceptamos internarla, era la vida de ese maravilloso ser, y a los pocos días Naty se restableció. El maestro acababa de llegar de un curso que había dictado en Austria; lo llamé por teléfono, le conté la situación y simplemente me dijo: “Raúl, pasa por mi oficina”. Me dio un cheque en blanco y jamás aceptó devolución. Le dije: “Maestro, algún día le devolveré tanto que me ha dado”. Y me respondió: “No, a mí no me debes nada. Pero cuando llegue el día, ayuda a un joven que lo necesite. Habrás saldado tu deuda”.

