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A los hijos hay que dejarlos crecer

Cuando los padres frenan el desarrollo. Demoras en dejar los pañales, eternas mamaderas y lenguaje poco claro, señales de que no vamos por buen camino.

26 de diciembre de 2012 a las 12:02 a. m.
Valia Yankilevich (Especial)
A los hijos hay que dejarlos crecer

"¿Q ué dijo?" –"Que quiere agua", dice la mamá, con la certeza de entender a la perfección esa media (o cuarto) de lengua que tiene el pequeño. –"Tatatiti toto…", describe ella el lenguaje de la niña.–"¿Por qué no lo lleva a una fonoaudióloga y la deja crecer?", responde la psicóloga. Sólo algunas escenas que se repiten. Madres que se erigen casi como únicas intérpretes de pequeños que deberían haber alcanzado un desarrollo madurativo y de lenguaje como para comunicarse no solo con el entorno familiar más cercano, sino con sus pares y el mundo extra hogar. Con la mejor de las intenciones, frenan el normal desenvolvimiento de los niños y se convierten en obstáculos de sus relaciones.Cada etapa del niño tiene comienzo y fin en edades determinadas. Y es necesario superar una para pasar a la siguiente. Pretender no ver que pasa el tiempo y la maduración no acompaña es problema de los adultos, no de los niños. A veces sucede que, sin darse cuenta, y desde el más profundo amor, no permiten que transiten el camino del crecimiento y la comunicación conforme los parámetros social y clínicamente esperables. Les es grato tener un bebé en casa. Pero el bebé crece. Normalmente, los padres llevan a los niños a control médico periódico en sus primeros años, preocupados principalmente por su desarrollo físico. En el consultorio los miden, los pesan y los revisan, para constatar que el pequeño crezca conforme su edad cronológica. Pero estos no son los únicos aspectos a los que la medicina está atenta.Héctor Pedicino, miembro de la Sociedad Argentina de Pediatría, plantea que los padres naturalmente cuidan a sus niños y ellos naturalmente crecen. Pero los adultos deben acompañarlos y ayudarlos, no frenar ni exigir de más.Y hay una serie de manifestaciones que marcan claramente etapas en los niños, que a veces se soslayan por comodidad, desconocimiento, sobreprotección o dificultad de los adultos para asumir algo tan simple como que los chicos crecen. Chupete. "Si hubiera sido necesario, Dios lo hubiera creado". Eso es lo que Pedicino plantea a sus pacientes, convencido de que es un adminículo que trae más problemas que ventajas. Puntualmente, complica la salud buco-dental y la constitución de los dientes. "Hay que sacarlo cuanto antes. Al año, o un poco más, ya no lo deben usar. "Al ponerlo, tienen que empezar a pensar en sacarlo", ironiza. Pero se sabe que hay quienes permiten su uso hasta avanzada edad, con los problemas que acarrea. Mamadera. "No debería existir", opina también, tajante, Pedicino. Aunque hace la salvedad de que se puede apelar a ella sólo cuando el bebé no pueda ser amamantado. Al año y medio, ya no tiene razón de ser. La criatura está en condiciones de tomar en taza, usar sorbete o vaso con pico. Pero muchos, por comodidad, les dan la mamadera. Más problemas para la boca y, también, para el habla. Pañal. El bebé puede dejarlo entre los 2 años y medio y los 3 y se sugiere que la mejor época es el verano. Si a los 4 años o más no tiene control de esfínter, hay que preocuparse. Y si lo tiene, sacarle el pañal. El habla. En el 90 por ciento de los casos de niños que tienen problemas para hablar, o no desarrollan bien su lenguaje, la causa es que la mamá los entiende. El pediatra asegura que no intentan modificar su lenguaje, porque igualmente alcanzan su objetivo de comunicarse. Desde el consultorio, y sutilmente, a veces se recomienda a los padres consultar a un psicólogo que los guíe en dejar crecer al bebé. Límites que ayudan. La fonoaudióloga María Alicia De Bórtoli considera que los adultos deben poner los límites y permitir así el crecimiento de los niños. "Porque cuando salen de su entorno y su pares no los entienden, los que sufren son ellos", explica. "Prefiero hablar desde lo positivo y plantear cuáles son los factores que hacen al normal desarrollo del habla", aclara. Lo primero, es saber si oye bien y está sano neurológica y funcionalmente. Si es así, la necesidad y el estímulo llevarán al niño a comunicarse. Si al señalar los objetos se los dan, poco se esforzará por aprender sus nombres y pedirlos. Si tiene su boca ocupada por un chupete, difícilmente podrá pedir lo que desee. Si le pone nuevos nombres a los objetos y los adultos también adoptan esos nombres, no podrá comunicarse más allá de su medio más cercano que lo ­entiende. "Son necesarios tiempo, paciencia y estímulo para que el niño desarrolle su lenguaje. Si lo apuramos, es probable que comience a repetir sílabas", afirma.

Según la especialista, aproximadamente a los 3 años la criatura debe tener una jerga casi completa, aunque subsistan algunos sonidos en transición. Ya manejan la estructura de la frase, más allá de las dislalias (dificultad en articulación de fonemas), sustituciones y errores en los tiempos verbales.

Es importante comprobar que el niño comprenda lo que oye, dando órdenes simples y evaluando la respuesta. “El diagnóstico se realiza principalmente a través del juego libre y dirigido. Sabremos, en­tonces, si existen alteraciones en la elocución, comprensión, emocionales y/o neurológicas”, describe.

“Las mamás somos grandes negadoras de lo que le pasa a nuestros hijos”, sostiene. Si a los 3 años sólo su entorno íntimo lo comprende, algo no está bien. “Para cumplir la función de socialización, el lenguaje ­debe ser claro. Si no lo es, pro­bablemente sus pares los aparten, sean objeto de burlas y no siempre están preparados para defenderse.

En ocasiones, un chico es tildado de tímido cuando no lo es, sino que le cuesta comunicarse y se va aislando porque no lo entienden"."No todas las familias le dan importancia a un buen lenguaje desde temprana edad, porque como 'no pica ni duele, puede esperar'. Difícilmente tendrán siempre al lado a su mamá para interpretarlos".

Pediatra y fonoaudióloga coinciden que hay que considerar también el lugar que ocupa el pequeño en la familia, los roles y límites. Con frecuencia, al ser el hijo menor, todos los miembros lo quieren como el “bebé eterno”, y eso no es ayuda.

Evitar males mayores

Desde que nacen, las madres comienzan a descifrar los mensajes de los niños. A diferenciar el llanto de hambre, del de dolor. A medida que pasa el tiempo, gana espacio el mundo de las palabras. “Es en ese momento cuando hay que dejar a un lado el simple hecho de entender qué demandan y dejarlos expresarlo correctamente. Ayudarlos tanto en lo cognitivo –pronunciar y darle nombre a cada una de sus necesidades– como en el plano emocional; es decir, darles la confianza de poder expresarse frente a personas que frecuentan menos, previniendo de este modo el llamado “mutismo selectivo”, frecuente en niños de entre 4 y 8 años”, sostiene la psicóloga María Belén Bonalumi.

Una buena expresión de sus deseos, necesidades y sentimientos forma niños seguros, independientes y con una autoestima fortalecida. Las repercusiones negativas surgen cuando comienzan la esco­laridad. Si el niño no se expresa correctamente, ­habrá un retraso madurativo y su performance académica se resentirá de manera significativa.

A nivel interpersonal, se encontrará aislado o ­“sometido” a otro par que manejará sus deseos y amistades.