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Sin miedo a crecer

A penas pasan los 30 años de edad y ya armaron una fábrica y, sobre todo, una marca de calzados que genera tendencia en el mercado nacional.

13 de febrero de 2011 a las 12:02 a. m.
Sin miedo a crecer

A penas pasan los 30 años de edad y ya armaron una fábrica y, sobre todo, una marca de calzados que genera tendencia en el mercado nacional. Diuff es, en cierto modo, producto de una tradición familiar, pero también es el resultado directo del amor, de querer encontrarle un sentido a la vida, de las ganas de hacer y de crear. Con una planta en Villa Carlos Paz, varios locales propios y las franquicias en camino, esta es una historia que está en pleno desarrollo, con varios capítulos más por ver. –Siempre me sucede en estos casos. Lo primero que me llama la atención es que sos muy joven. ¿Edad? –33, igual que mi señora, Mariana, que es mi socia. –¿Cuánto hace que fabrican calzado? –Desde 2001. –¿Viene de familia esto de los zapatos? –Sí, mi abuelo y mi papá fueron zapateros y, por decantación, tras algunos trabajos entre medio, yo también. Mi viejo tiene una fábrica en Córdoba y yo puse la mía acá, en Villa Carlos Paz. –Es decir, fue algo natural para vos meterte en el rubro. –También tuvo mucho que ver una tía, dueña de Martina Di Trento, una empresa de venta por catálogo. Ella le había pedido a mi padre que le hiciera una línea de calzado de niños para complementar la de indumentaria que ella había lanzado en ese momento. Fíjese que en el momento en que sucedió eso, yo me dedicaba a distribuir La Voz en el valle de Punilla (ríe). –Las vueltas de la vida... –Mariana repartía el diario conmigo… Nos pusimos de novios a los 15 años. Incluso había armado una empresita para limpiar piletas. Pero arranqué con la fabricación del calzado infantil el 7 de julio de 2001. –¡Te acordás de todo! –Ese fin de año fue complicado, pasó la temporada de verano y en invierno, en Martina Di Trento, deciden sacar la línea de niños; luego vino la devaluación del peso, eso me generó algunos problemas financieros, pero continué fabricando para otros clientes. –¿A quiénes? –Negocios importantes a los que se les había cortado la importación y necesitaban calzado infantil. Me ayudó mucho el apellido, que goza de cierto prestigio entre los proveedores, así que muchas de las máquinas que compré fueron con cheques, plazos y promesas (sonríe). Después de eso, todo el proceso fue de menor a mayor. –¿A los diseños de dónde los sacaban? –Siempre los dibujamos nosotros, porque siempre nos gustó viajar y mirar otras cosas para llegar al producto que queremos. Le hemos trabajado "a fasón" a Falabella, Crayón, Carrefour e incluso a Ricky Sarkany. De cualquier modo, hoy tenemos un equipo de diseño y nosotros supervisamos. –¿Sarkany vende calzado infantil? No sabía. –Sí, nos conoció por un stand que teníamos en una feria en Buenos Aires y el vínculo se prolongó cinco años. Hace poco volvimos a conversar con él, pero nosotros ya estamos muy lanzados con nuestra marca. Es un tipo fantástico. –Así como contás las cosas, suena muy fácil hacer calzado. Y yo escucho que muchos fabricantes se quejan. –Es complejo porque lleva mucha mano de obra especializada, más aún aquí en el interior. Falta gente de oficio, hay que saber de moldería, de telas, de aparado, de costura. Aunque no parezca, decidir quedarnos en Villa Carlos Paz fue un desafío para nosotros, lo pensamos mucho con mi mujer antes de hacer la nueva planta. –Que dicho sea de paso, está muy linda. –Fue muy difícil el comienzo, noches de no dormir, pero hay que ir buscándole la vuelta a cada complicación, a cada problema y tratar de no tropezar dos veces con la misma piedra. Y de laburar... Con mi mujer no conocemos otra fórmula que no sea el laburo. –Bueno, dejaron de hacer calzado para afuera, ¿y…? –A partir de 2007 nos dedicamos únicamente a construir nuestra marca. Y allí pusimos toda la energía. Por ejemplo, contamos con 800 puntos de venta en todo el país a través de negocios del calzado, pero nunca quise venderles a negocios de esta ciudad y de Córdoba. ¿Por qué? Quería abrir locales exclusivos. En 2010 abrimos cuatro locales Diuff. La próxima etapa es abrir otros dos y franquiciar. Cortito y sonoro. –¿De dónde salió la marca Diuff? ¿Qué quiere decir? –No quiere decir nada. Resulta que cuando comenzamos esto, los dos éramos bastante chicos, teníamos 20 años, y veíamos Los Simpsons por televisión. Dijimos, qué marca les ponemos. La cerveza de Homero era marca Duff. "¡Duff!", dijimos. Pero como no pudimos patentar esa marca porque ya la usaba otro producto, pusimos la "i" al medio. Salió Diuff, cortito, y suena bien. –Ponen mucho dinero en márketing, veo. –Muchísimo, ya ni sabemos precisamente cuánto incide en nuestros costos (ríe). –Eso es algo que muchos fabricantes cordobeses de calzado nunca aprendieron: invertir en la marca todo el tiempo. ¿A ustedes los complica la importación? –Sí, pero para luchar contra el calzado importado hay que estar en la innovación permanente. De todas formas, creo que la política actual cuida el mercado interno. El calzado importado, tanto de Brasil como de China, no son fuertes en materia de calidad y moda. Hay que hacer cosas diferentes. Crear la moda. –Es decir, una clave es imponer moda. –La diferenciación hace que la mamá, por más que el calzado chino sea más barato, ponga un peso más y compre algo lindo y de calidad. –¿Hasta qué edad los padres les elijen los zapatos a los chicos? –Cada vez más pequeños se convierten en consumidores, diría que desde los 7 años ya eligen. Por supuesto que existen excepciones. También nos pasa que muchas mamás vienen a comprarles a sus hijos y terminan llevándose algo para ellas, porque hacemos hasta talle 40. –¿A qué volumen de producción llegaron? –Son unos 12 mil pares de calzado por año, más unos 70 mil pares de ojotas. Esta industria se caracteriza por tercerizar mucho trabajo, como costura, aparado, estampas, ojales. Pero la actividad en la fábrica es intensa porque hacer un zapato sigue siendo una actividad, en cierto modo, artesanal. –¿Cuál es el rango de precios de sus productos? –Estamos en un nivel de medio a alto. También manejamos excelentes liquidaciones. Incluso los locales están ubicados en lugares que apuntan a ese segmento de consumo. –¿Hay una filosofía que cruce de punta a punta la empresa? –Sí, hemos tenido que profesionalizar recursos humanos a fin de transmitir el concepto de que no podemos dormirnos en los laureles. La base del éxito es laburar y ser equilibrado. –¿Cómo los trata la inflación? –Nos perjudica y es un problema de todos. La inflación ha afectado muchísimo a los sueldos. Nosotros subimos los precios alrededor de un 20 por ciento de una temporada a la otra y es producto del incremento de todos los gastos. Pero hay una sensible pérdida de competitividad. –Bueno, los dos son muy jóvenes y han llegado a armar una empresa interesante. ¿Cuál es el sueño? –Ser felices (sonríe). Junto con Mariana siempre pensamos que lo que no crece, se viene abajo. En un momento pensamos en ponerle freno, pero nos dimos cuenta de que si no crecemos, no es que nos estancamos, retrocedemos. El objetivo es imponer una marca a nivel nacional. Somos agradecidos y optimistas, aun con todos los problemas que uno debe resolver todos los días. Mi secreto es no tener miedo.