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El pálido adiós de los “viejos” abandonados

Las tristes historias se multiplican en los geriátricos. Hay hijos que se desentienden de sus padres. La corrupción 
a partir de los subsidios.

03 de septiembre de 2010 a las 12:01 a. m.
Redacción La Voz
El pálido adiós de los “viejos” abandonados
En soledad. En muchos geriátricos, los ancianos son abandonados por sus familiares. Una situación que duele (La Voz).

Son las 5 de la tarde y Mabel está acostada en su habitación, con suero, y sus otras tres compañeras de cuarto la miran. Sólo una de ellas puede caminar, y es la que les ofrece galletitas, cambia los canales en el televisor viejo o va a llamar a la encargada cuando alguna está llorando o necesita alguna cosa. Mabel es una sobreviviente, me dice el dueño el geriátrico. La rescató hace dos años de un galpón en el que hacinaban a una docena de viejos al sur de la ciudad de Córdoba. Uno acababa de morir de frío, los otros estaban a punto de seguirlo. Mugre, olor insoportable, malos tratos, eran parte del menú en ese establecimiento que terminó cerrando debido a las denuncias de los vecinos, cansados de tener que darles refugio a los internados que cada tanto se escapaban por hambre o por cansancio. El dueño de otro geriátrico, ubicado en la zona céntrica de la ciudad de Córdoba, cerca del río Suquía, cuenta cómo es el negocio de los linyeras, que practican algunos competidores suyos. "Vas y te levantás 10 mendigos, ponele, y te los llevás a tu geriátrico. Tenés que tener un contacto en el Gobierno para que te pasen un monto mensual por cada uno, ponele 500 pesos. Después vos agarrás, y a los viejos se los llevás al dueño de otro establecimiento, al que le pagás 250 pesos por cada uno y te quedás con la diferencia". ¿Y cómo alimentás y cuidás a una persona con 250 pesos al mes?, le pregunto. "A los viejos los vuelven a la calle. Y como desde el Ministerio o desde la Municipalidad te avisan cuando te van a hacer inspecciones, ese día los podés volver a llevar, les das de comer y los presentás bien, como si vivieran ahí".

Familias ausentes. "Acá el problema más grave es con los viejos con familias que no se quieren hacer cargo de ellos", sigue contando. "Acá he tenido viejos que se me han enfermado mal, he llamado las ambulancias, los he llevado a internar, después se murieron, tuve que hacer los trámites con la empresa de sepelios y pasaban los días y ninguno de los hijos venía a hacerse cargo. De la funeraria me llamaban y me decían que el cuerpo se había podrido, que el cajón del Pami se había arruinado y tenían que pasarlo a otro de mejor calidad. Que si no pagaba todo me iban a dejar el cadáver acá frente al geriátrico. Y los hijos seguían sin aparecer. Al final yo pago, los hago enterrar y los hijos no llaman ni para preguntar en cuál cementerio están sus padres".

Facultades alteradas. Laura tenía a su madre, afectada de demencia senil, en un geriátrico del barrio Urca que le cobraba tres mil pesos por mes.

La cambió a otro de barrio Argüello, de costo más accesible, y gracias a que la tenía cerca de su casa la visitaba todos los días. “Un día llegué y la encontré dura, tirada en un sillón, con hipotermia. Nadie del personal la atendía. Tuve que llamar yo a la ambulancia y llevarla a la clínica donde quedó una semana internada en terapia intensiva, al borde de la muerte. El médico de la ambulancia me dijo que era algo habitual: recoger viejos casi muertos en geriátricos donde nadie los atendía. Fui y presenté las quejas a los dueños del lugar, pero no me dieron bola.

Tiempo después, cuando ya cambié a mi madre a otro lugar, me llamó una ex empleada del geriátrico que me había visto aquel día y me contó que a mi madre la habían encontrado tirada, durmiendo en el parque, y la habían levantado y dejado en el sillón. Me pidió disculpas por no decírmelo antes, pero si hablaba, la echaban”.

Incontrolables. "Una vez –cuenta el dueño del geriátrico en la zona céntrica de la Capital– me traje a una mujer a la que la hija la dejaba atada a la cama todos los días cuando se iba a trabajar. Me dijo que no podía controlarla, y que por eso la ataba. Me la traje, toda escarada, hambrienta, muda, y en poco tiempo volvió a caminar, a hablar y recuperó peso. Pero luego, como la hija tenía que pagar el cumpleaños de 15 de la nieta, vinieron y la sacaron para usar la plata de su jubilación en la fiesta. No sé qué pasó con ella". Otro dueño de geriátrico, que tiene varios establecimientos, cuenta que más de una vez ha recibido a hijos que piden que les ayude a darle un "buen final" a sus padres internados.

“Los viejos tienen alguna propiedad que quieren venderles, para ellos son un gasto grande, entonces los hijos vienen y me piden que los mate. Es así de terrible. Yo no accedo a eso, entonces los cambian de geriátrico y al poco tiempo vienen algún familiar a buscar papeles que hayan quedado acá, y ahí te enterás de que murieron”.