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Dos casos similares, con finales distintos

No es la primera vez que un juego en el que se mezclan armas y sustancias termina con la muerte de una persona. 

15 de diciembre de 2018 a las 12:01 a. m.
Dos casos similares, con finales distintos

El 25 de agosto de 2017, un grupo de amigos charlaba y se divertía frente a una casa en barrio Quintas de Argüello, de Córdoba. De pronto, según se demostró en la causa, Alan Martínez (23) sacó una pistola calibre 22 y se puso a manipularla. En esas circunstancias, le pegó un balazo a su compinche Nazareno Ángel Ruggia (24).

El disparo le dio en el tórax y, al cabo de unas horas, Ruggia murió en el Urgencias. De acuerdo con la causa, hasta último momento Martínez no sólo mintió respecto de lo sucedido, sino que, además, amenazó a Ruggia (cuando agonizaba) y sostuvo que todo se había tratado de un asalto. Incluso, hizo que todos declararan que el muchacho había sido baleado por ladrones.

¿Qué sucedió? Que la víctima pudo contarle todo a su hermana y esta se lo dijo a la Policía.

Meses atrás, la Cámara 3ª del Crimen terminó condenando a Alan Martínez a 12 años de cárcel efectiva por el delito de homicidio agravado por el uso de arma de fuego. El fiscal Marcelo Hidalgo había reclamado una pena de 14 años de prisión.

La defensa del acusado, en tanto, insistió hasta último momento en una figura penal mucho más benigna: un homicidio culposo (por imprudencia).

Una de las “gracias” más repetidas del hoy condenado, según declararían los testigos en el juicio, era sacar una pistola y ponerse a jugar. La cargaba, la descargaba, apuntaba a uno, apuntaba a otro, y la guardaba. Se ponía más intenso cuando se drogaba con pastillas mezcladas con alcohol, según los testimonios.

Otro drama fatal con un arma de fuego y que llegó con una grave acusación terminó con condenas por homicidio culposo.

Con el arma del policía

La misma Cámara 3ª del Crimen condenó a tres años y dos meses de prisión a un policía y a un amigo por su responsabilidad en la muerte de la novia del uniformado. La víctima se llamaba Micaela García, tenía 24 años y murió de un tiro en la cabeza en una casa de barrio General Urquiza, de la ciudad de Córdoba, en 2017.

Aquel 2 de julio de ese año, el policía Jonathan Nieva (26) charlaba con su novia Micaela en una habitación y se disponían a irse a bailar. El policía no cuidó bien su pistola. En esas circunstancias, entró al cuarto Luciano Andrés Giménez (36), quien le arrebató el arma a su amigo policía. Haciendo una humorada, supuestamente, disparó contra la cabeza de la chica y la mató. El homicida, quien estaba drogado con cocaína, escapó y se entregó horas después.

Ambos acusados fueron imputados por homicidio calificado por violencia de género y por el vínculo, lo que suponía una eventual condena a prisión perpetua.

Pero la jueza de Control Mara Cristina Giordano señaló que era un homicidio culposo, lo que fue ratificado por la Cámara de Acusación.

Al finalizar el juicio, la madre de la víctima perdonó a los condenados, que llorando le pidieron disculpas.