Transitar una nueva vida
Hace 17 años, una herida de bala casi lo deja cuadripléjico. Tras la rehabilitación, decidió encarar un cambio de rumbo.
Cuando tenía 16 años, mi vida estaba patas para arriba, no tenía trabajo, no estudiaba, tenía un hijo pequeño y padecía una adicción.
Salí a robar y, en una persecución policial, fui herido de bala. De pronto, se me nubló todo y caí al piso. Cuando intenté darme vuelta, las piernas me pesaban y me costaba moverlas. Una bala nueve milímetros había entrado por mi costilla del lado derecho, me rozó la médula y salió despedida por el lado izquierdo. Se me inflamó la médula espinal, pero gracias a Dios me salvé de quedar cuadripléjico.
Mis parientes me llevaron al hospital Misericordia, al que regresé tras una estancia en el de Urgencias.
Me dolía muchísimo la herida, no sentía las piernas. La pasé muy mal los primeros días, porque además yo no era un paciente común, debido a que estaba detenido y esposado.
Después de lo que me pasó, pensé mucho en el daño que le había hecho a mi familia, en todas las cosas que hicieron mis padres por mí y que en su momento no valoré, en los errores que cometí.
Lo que me pasó me produjo una crisis tan grande que me di cuenta de que tenía que cambiar mi rumbo. Fue un antes y un después en mi vida.
Estuve seis meses detenido e internado en el hospital Misericordia y luego en el hospital Córdoba. Los médicos me advirtieron que el riesgo era quedar cuadripléjico, me decían que podía quedar en sillas de ruedas, pero gracias a Dios, a mi familia y a la rehabilitación, de a poco me fui recuperando. También tuve apoyo psicológico en esa etapa, si bien me ayudó a expresar lo que me había pasado, siempre tuve claro que el verdadero cambio lo tenía que hacer yo mismo. Ese fue mi desafío personal.
En la etapa de la rehabilitación, surgieron muchos miedos en mi cabeza. Tenía temor de ser un estorbo para mi familia, no sabía si iba a funcionar como hombre, si iba a volver a caminar y tuve pensamientos suicidas. Sentía mucha bronca y también una gran tristeza por todo lo que había sucedido, por haber llegado a esa situación.
En el hospital Misericordia comencé la rehabilitación y hubo personas que me ayudaron mucho. Ejemplo de ello fue la fisioterapeuta, que una vez me dijo: “Intentá mover las piernas”. Trataba de hacerlo pero no podía, hasta que un día logré mover un tendón del pie. Sentí una gran alegría y ella agregó: “¿Viste que vas a volver a caminar?”. Y así fue. No recuerdo su nombre, pero le agradezco de corazón su apoyo como profesional y, sobre todo, como persona.
Un nuevo comienzo
Después de estar seis meses con una bata, una de las cosas que más quería hacer era volver a vestirme y ponerme los zapatos, que fue lo que hice cuando me dieron el alta en junio de 2000.
Regresé a casa. Estuve dos años en rehabilitación para volver a pararme sobre mis pies con el caminador. Todavía usaba pañales y sonda, me higienizaban mis padres y mis hermanos. Mis amigos me llevaban al hospital a la madrugada y siempre tenía visitas de mis seres queridos.
Lo único que extraño un poco es jugar al fútbol, participar en los campeonatos de Villa La Lonja, al sur de la ciudad, donde vivo. Pedí a Dios volver a caminar y creo que él me ayudó, ya que después pasé a muletas y de ahí aprendí a subirme a una bicicleta.
En la cancha de mi barrio, me largaron como a los niños, tomé el ritmo de los pedales y comencé a dar la vuelta a la manzana. Sentía que podía ir para cualquier lado. Eso sí: me esperaban del otro lado para ayudarme a frenar la bici.
Esta actividad fortaleció mis piernas y me dio seguridad. Al poco tiempo, comencé a trabajar en La Luciérnaga. A través de un amigo y de mi hermano –quienes ya trabajaban en este proyecto– comencé a vender revistas.
El primer día sentí pudor, cierta vergüenza, así que le pedí a mi hermano que me acompañara a hacer mi primera parada en la peatonal, a la altura de la Iglesia Compañía de Jesús, mi lugar de trabajo desde hace 14 años.
Tengo una hija a la que durante cuatro años le hicieron diálisis y debió ser sometida a un trasplante de un riñón.
Estar en el proyecto de “La Lucy” también me ayudó a terminar mi secundaria en el Colegio Deán Funes. Perseveré y logré tener mis clientes, trabajo todos los días, desde las 8.30 hasta las 19, por más que llueva, esté feo o me duelan las piernas.
Mi sueño es darles una casa a mis hijos.
(*) Sebastián Oropel tiene 33 años. Es vendedor de la revista La Luciérnaga desde hace 14 años. Es el tercero de ocho hermanos y vive en el asentamiento La Lonja en barrio Suárez.
Está en pareja y tiene tres hijos: Facundo, de 18 años; Milena, de 12 años, a quien le trasplantaron un riñón luego de cuatro años de diálisis, y Valentina, de 3 años.
Colaboró en esta notaRosana Guerra

