Temas del día:

“Doy fe: todos pueden dejar de fumar”

Mal de época.Gloria Paladini adquirió el hábito a los 14 años, cuando no se difundían los daños que provocaba el tabaco. El diagnóstico de Epoc la impulsó a dejarlo y las leyes antitabaco la ayudaron.

16 de mayo de 2014 a las 12:03 a. m.
“Doy fe: todos pueden dejar de fumar”
Bicicleta. Gloria se sube a ella periódicamente y pasea por la zona norte de la ciudad (Raimundo Viñuelas/La Voz).

Comencé a fumar cuando tenía 14 años, pues en esa época nadie hablaba del daño que causa el cigarrillo. Mientras cursaba el secundario, acostumbraba fumar en el baño. Generalmente, nos 
reuníamos los sábados en casas de familia, en lo que llamábamos “asaltos”, y al día siguiente la casa todavía seguía impregnada con olor a cigarrillo: las cortinas, los sillones y, por supuesto, la ropa. Ahora me doy cuenta: mientras fumamos, perdemos el olfato y hasta nos gusta el olor a tabaco.

Siempre respeté la casa de mis padres, sólo se fumaba afuera, a pedido de papá, a quien engañé durante 20 años haciéndolo a escondidas. El problema, grave para mí, se presentaba cuando hacíamos viajes largos en su auto, donde no podía fumar. Era un suplicio y, al llegar a destino, prendía hasta dos cigarrillos seguidos pues sentía que mi organismo necesitaba la nicotina que no había consumido durante horas de viaje.

Desde que tuve mi propio auto adopté el hábito de subir y encender un cigarrillo, antes de poner en marcha el motor (no recuerdo la obligación de abrocharse el cinturón). Cuando subía alguien que no fumaba esa persona casi se descomponía y eso que vaciaba el cenicero a diario.

Creo que la naturaleza es sabia, hacía tres años que me había casado y un día comenzó a molestarme el olor a cigarrillo, pero seguía fumando hasta que el médico comprobó que estaba embarazada y me pidió que no envenenara a mi bebé. Obedecí durante ocho meses y me molestaba que alguien consumiera tabaco cerca de mí. Apenas llegué a casa con mi hija, prendí un cigarrillo con placer.

Hace 40 años se podía fumar casi en todas partes, salvo en cines y teatros. Hasta en los aviones había espacio para fumadores.

En 1989 me sentí discriminada en el aeropuerto de Nueva York donde, al verme fumar, me pidieron que saliera de ese ámbito cerrado. Ya en la calle, me encontré con varios indignados que se sentían expulsados.

Para mí fumar era un placer, aunque mi marido me lo opacaba cada vez que, cuando me veía la intención de prender un cigarrillo, me decía: “¡Otro más!”. Esto hizo que comenzara a intentar abandonar el hábito.

Concurrí a la casa de un señor que vivía en La Calera, quien aseguraba que al salir de allí no tendrías más ganas de prender un cigarrillo. Exigía dejarle la etiqueta y el encendedor.

La ansiedad me hizo comprar cigarrillos de lechuga. También compré remedios, cuyos prospectos decían que perdías el maldito hábito de fumar. Desgraciadamente, no podía: toda acción ameritaba encender un cigarrillo.

Desde muy joven comencé a jugar golf en Villa Allende, en una cancha de 18 hoyos. Nunca comenzaba una vuelta sin prender un cigarrillo, pero me asusté cuando advertí que una etiqueta de 20 se terminaba antes de terminar la vuelta, que te exigía caminar 4 o 5 horas. En esas vueltas, prendía un cigarrillo para festejar un buen tiro y otro para castigarme cuando lo hacía mal.

Después comenzaron fuertes dolores en el pecho y la dificultad para respirar. Me faltaba oxígeno, tosía toda la noche y amanecía peor, hasta que el médico me diagnosticó Epoc. Si seguía fumando, me moría.

Por suerte, finalmente encontré un médico que realmente me convenció y me ayudó a dejar el hábito.

También me lo hizo más fácil la ley que prohíbe hacerlo en los lugares cerrados. Por ejemplo, cuando trabajaba de profesora, esperaba el recreo para cruzar la calle y encender un cigarrillo a escondidas de mis alumnos. Es decir, tenía conciencia de que no debía dar mal ejemplo.

Después de comer en un restaurante, ameritaba encender un cigarrillo, pero cuando lo prohibieron, levantarme de la mesa ya me hacía sentir mal educada. Prácticamente suspendí el café, pues era otra de las cosas que “debían acompañarse” con un cigarrillo. Por suerte, hoy no pienso lo mismo.

Hoy puedo asegurar que estoy sana, sigo jugando golf, practicando yoga y andando en bicicleta. Y me dan pena aquellos que, sabiendo lo malo del hábito de fumar, no pueden abandonarlo.

No es necesario tener un cigarrillo para sentirse grande u olvidar las penas, creo que lo más importante es sentirse 
sano.

Es indispensable poner voluntad y procurar una buena alimentación para sentirse bien a los 70.

Perfil

Gloria Paladini de Tobi vive desde hace 70 años en el Cerro de las Rosas. Todos los días viaja en bici hasta el CPC de Argüello. Es profesora de Historia jubilada y participa en un taller de narración, además de estudiar cine e Italiano.